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martes, 22 de junio de 2010












Blhoja 031 . TIERRA DEL FUEGO 2000 – USHUAIA 2


Fin del mundo.
Fin del siglo/milenio.
Fin del viaje.
Fin de la guita.
Caminar.
En la combi que nos llevo desde el puerto hasta el Parque Nacional Tierra del Fuego, éramos cuatro además del chofer. Osvaldo, yo y una chica y un pibe que sentados separados daban la impresión de no conocerse.
Se detuvo en el medio del camino y descendimos, vimos que ellos hicieron lo mismo.
El pibe no tenia la menor idea de donde estábamos, la chica al igual que nosotros habíamos seguido el consejo de la empleada de turismo que nos atendió en uno de los puestos en la ciudad.
Casi diez kilómetros de caminata por el bosque costero. Penetrar en ese silencio fue alejarse del mundo. Después de una marcha a modo de introducción, llegamos a un camino que a pocos metros finalizaba en la Bahía Ensenada. Allí el viento golpeaba fuerte y agitaba las aguas del Canal de Beagle. En frente de la bahía esta la isla Redonda y al fondo, al final de las aguas, la costa chilena. Encontrar la senda fue fácil y seguirla también, salvo en algunos tramos que se hacía confusa pero estacas amarillas y marcas en los árboles nos guiaron hasta el final. El mayor recorrido lo hicimos sobre la costa, con paisajes espectaculares y algunas aves.
Para mi fue una experiencia similar a los cuentos de bosque que me contaban de chico, sin migas de pan, sin lobos ni canastos, sin ladrones y perseguidores, pero con la expectativa y el candor de llegar al final feliz.




La otra caminata fue en ascenso.
La cadena Martial rodea por el norte a Ushuaia y es el fin de la cordillera de los Andes territorial. En su cúspide mas alta se encuentra el Glaciar Martial punto de arribo de todo aventurero. Se llega por un camino sinuoso que va dejando atrás a la ciudad hasta la base de una pista de esquí, de unos mil metros. A un costado una aerosilla que solo funciona en invierno. Y un bosque frondoso acompaña unos metros mas arriba del final de la pista y la cabaña andina. Luego el sendero marcado sobre la roca bordeando un arroyito de agua de glaciar. Por momentos es muy empinado y cuesta seguir, pero con un breve descanso se retoman las fuerzas y el deseo de tocar esa masa helada que parece estar allí nomás. Tres horas y media tardamos en llegar al punto mas cercano del glaciar. Faltaban unos pocos metros, pero fue imposible llegar. El fuerte sol de febrero, estaba derritiendo el hielo que mojaba toda la roca haciendo el ascenso muy resbaladizo.
No importo no llegar al hielo. Importó haber hecho la travesía. Importó la vista majestuosa del Canal de Beagle abriéndose a mis pies. Importó que ese lugar del mundo, no alto en comparación a otras cimas, con su soberbia inobjetable, me izo comprender, lo creídos que a veces somos, lo poco que somos ante ese poder silencioso.




Ya me voy.
Dejo el paraíso.
11 de la mañana del 16 de febrero del 2000. Estoy alcanzando el final del viaje. Solo queda llegar a Río Grande y subirme al Aerolíneas Argentinas rumbo Buenos Aires y de allí un bus a Rosario. Y se viene inesperadamente el último flash de mis viejas fotos del sur. Rondaba y rondaba la imagen de un avión acercándose y yo mirando a través de unos ventanales, pero no sabía en que parte de mi memoria ubicarla, hasta que cuando llegó el avión y salio de la pista para entrar a la playa donde abordarlo, yo estaba en la planta alta del edificio, en el bar, en el mismo lugar que lo vi aquel año de 1982, cuando dejaba por primera vez Tierra del Fuego. Así que esta segunda vez, y como dice el dicho, auguraba una nueva partida, en un futuro próximo o lejano, pero una tercera vez al fin.








sábado, 12 de junio de 2010







Blhoja 030 . TIERRA DEL FUEGO 2000 – USHUAIA

Volver a estar en Ushuaia justo en el 2000. Nunca pensé estar en ese fin de siglo/milenio en ese lugar al que tenía como, no se si decir “la meca” de mis viajes porque tal vez sea mucho… o poco, pero era un lugar deseado.
Desde que la vi por primera vez en el ´82, desde el buque que nos trajo de Malvinas, volver fue el máximo anhelo. Volver y conocerla ya que había pasado fugazmente. Caminarla. Disfrutarla. Metérmela toda encima.
No fue tan así.
Fin de siglo, fin de milenio. Fin del viaje. Fin de la guita.
Ushuaia es la ciudad mas austral del mundo aunque Chile lo cuestione ya que mas al sur, casi en frente en la Isla Navarino, se encuentra la población de Puerto Williams con algo mas de 2000 habitantes (estadísticas del año 2002).
Al título de “ciudad mas austral…”, Ushuaia lo utiliza para presentarse en el mundo y porque es una ciudad turísticamente internacional es muy cara. Pero con poca plata, sobrevivimos cinco días. Un lindo hotel barato. Comprar comida en el super y el recorrido turístico fuera de lo impuesto. Nada de faro del fin del mundo ni tren del fin del mundo. Tampoco estancias del fin del mundo. Todo muy caro.
Salvo caminar.
Y caminamos.
Una ciudad algo distinta a la de la postal.
La postal nos muestra un grupo de edificaciones bañadas por un manso azul y abrigadas por titánicos brazos puntiagudos coronados de blancos eternos.
Amarillentas luces manchando la oscura pintura que sostiene embarcaciones de todas las calañas.
O un furioso anaranjado atardecer tiñendo arriba y abajo y dejando oscuras siluetas tangibles.
Un paraíso.
Pero también estaban las casas de obreros con trabajadores sin fábricas.
El recuerdo de las gomas quemadas en el puerto y los canales de teve mostrando a los maestros reclamando por salarios dignos.
También, la amabilidad de la gente.
Las calles tranquilas y difíciles de subir. El viento que empuja y que tira pa´tras.
El olor de la noche a madera de pino quemada, en el frío verano sureño pronto a terminar.
A pesar de las diferencias con las postales, en Ushuaia, entre el mar y la montaña, edificaría mi paraíso privado.







PD: Disculpen el error en el titulo del video: USUHAIA 2000




miércoles, 2 de junio de 2010












Blhoja 029 .TIERRA DEL FUEGO 2000 - CAMINO A USHUAIA

Madrugamos ese 13 de Febrero. El bus partió a las 7 rumbo a Ushuaia. Estaba cada vez mas cerca y mi corazón meta galopar. Encendí mi filmadora para guardar esos paisajes que comenzaron llanos, con algunas ondulaciones de vez en cuando. Verdes amarillentos manchados por el techo rojo de algún galpón de estancia, el reflejo plateado de algún riacho serpenteante y el oscuro marrón rojizo de decenas de guanacos que pastoreaban tranquilamente sin molestarse por el paso del bus. La ruta Nacional 3, en un principio se acerca al mar y luego comienza a meterse en manchones boscosos que se combinan con la estepa magallánica y pequeños turbales. El horizonte se ondula cada vez mas y de pronto aparece un pequeño poblado llamado Tolhuin. Con un poco mas de mil habitantes esta joven población nacida en 1972 se ubica a 130 kilómetros de Río Grande, quedando a mitad de camino hacia Ushuaia. El micro ingresa al poblado y se detiene en la tradicional panadería que hace a la vez de estación, donde descienden y hacienden pasajeros mientras que el chofer y gran parte de los viajeros aprovechamos a tomar algo calentito y comer algunas exquisiteces. Seguimos viaje y a unos pocos kilómetros descendemos en la cabecera del Lago Fagnano donde se encuentra la Hostería Kaiken. El bus continúa su viaje y quedamos solos en medio del estupendo paisaje. Sigo estando en lugar reconocible. La parada en ese sitio tiene como objetivo echar una mirada al panorama, pero con otros ojos. Dieciocho años atrás lo veía por primera vez, vestido de colimba, con diez o doce compañeros y un cabo pelotudo (como dije en otra blhoja) a lo gritos, arruinando el sonido original de eso que era, un paraíso.
Y seguía siendo un paraíso, pero sin la escenografía de ese reducto militar. Solo quedaba una casa casi en ruinas y el destrozado bunker construido en el ´78, cuando el conflicto con Chile, y que sirvió en el momento en que allí estuve, como dormitorio, para los que fuimos a pasar esa semana de trabajo y sosiego.
El lago, imponente como entonces, calmo y majestuoso, me saludaba como reconociéndome o creí que eso hacía mientras lo contemplaba embelezado. Aquí también busqué las nostalgias del pasado que no pararon de zumbar por mi cabeza durante estos años y al fin quedé satisfecho. Conforme con haber vuelto al lugar y enterrar definitivamente ese pasado como un fantasma y hacerlo renacer como recuerdo. Notable diferencia, ya que como dice Eduardo Galeano, recordar, es volver a pasar por el corazón.

LA RAÍZ DE LA PALABRA “RECORDAR”
Radialistas.net




Y hablando del gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, hace poco lo escuchaba decir que cada vez escribe menos, que cada vez piensa mas lo que va a escribir y reescribe y utiliza cada vez menos palabras para contar sus historias: historias cortas, cortísimas y efectivas. Porque va aprendiendo esa lección que alguna vez le dio el otro gran escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, que decía que los chinos creían que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio. Lamento queridos lectores exponerlos a tantas palabras, es que me falta tanto para llegar a tal grado de excelencia. De igual forma, no creo que leyendo a Galeano (aunque lo recomiendo fervorosamente) se enteren que me paso, después de salir del lago Fagnano. Aquí sigue. Claro esta, sin la calidad del maestro.

Cerca de las doce, una combi se fue acercando al camino de acceso a la Hostería y se detuvo para que subamos. Comenzábamos una travesía de unos 100 kilómetros. El Lago Fagnano hace una división en el paisaje y de ahora en mas la ruta comienza a subir por las altas cumbres de los Andes. Bosques de lengas, guindos y ñires, dominan el paisaje. De pronto, en una curva y a unos 450 msnm la ruta de ripio (en 2010, esta completamente asfaltada) que a un lado esta amparada por un murallón de roca, hacia el otro cae abruptamente en un precipicio y aparece zigzagueante el Lago Escondido. Estamos en el corazón de la cordillera que nos acompaña con sus altos picos, algunos manchados de hielos eternos; amplios y profundos valles, enormes turberas y un magnifico bosque que colorean estratégicamente este tapiz natural de nuestro regio territorio fueguino.







sábado, 22 de mayo de 2010












Blhoja 028.TIERRA DEL FUEGO 2000 – RIO GRANDE

Porvenir es la capital de la provincia de la Tierra del Fuego chilena. Ubicada en la bahía Karkamke (voz selk´nam que significa aguas bajas) o bahía Porvenir, fue fundada en 1894. Llegamos en un bus que tomamos en la bahía Chilota, donde desembarcamos del trasbordador que nos trajo desde Punta Arenas. Luego de 5km llegamos a lo que me pareció una pequeña aldea con nombre esperanzador, quizás para desafiar a ese páramo en el medio de la nada. Nada, si es que se le puede llamar así a un ondeado paisaje minimalista de verdes opacos y bañando por un Estrecho de Magallanes que a simple vista no tiene la complejidad panorámica de un Lago Argentino con su imponente Glaciar Perito Moreno, o una cordillera de los Andes con sus múltiples formas y colores. En “esa” nada, el viento incansable limpia y ensucia las calles del poblado; sacude los pastizales, duros a fuerza de su terco aporreo; agita las aguas del Estrecho, que a esa altura se confunden en pertenecer a las del Pacífico o a las del Atlántico. También se confunden los territorios, aquí Chile, aquí Argentina. Pero descubro que algo los diferencia: allá quedó el polvoriento camino de ripio, aquí comienza la serena línea de asfalto de la ruta 3. La famosa Ruta Nacional 3 que recorre el sur argentino sobre la costa atlántica, desde la ciudad de Buenos Aires hasta la Bahía Lapataia, confín del territorio nacional en la Tierra del Fuego.
Pasamos la estación fronteriza y luego de unos kilómetros aparece una imagen conocida, el inconfundible peñasco del cabo San Sebastián. Las puertas que se abrieron en el Estrecho de Magallanes comenzaban a mostrarme territorio conocido. Las aguas del Atlántico se acercaron a la ruta y yo pendiente, junto a la ventanilla del bus, de encontrar lo que sabía que llegaría en cualquier momento, entre la ruta y la costa un cementerio. Ahora estaba distinto o creía recordarlo distinto. No estaba rodeado de una cerca de cemento como veía ahora, sino que rejas de hierro oxidado, en partes caída, bordeaban el antiguo cementerio Ona y en frente, cruzando la ruta, la Misión Salesiana. Siendo colimba hacía eso, co-rría, lim-piaba, ba-rría… pintaba, hacía un jardín, emparchaba paredes, arreglaba caminos o senderos… Allí había estado hacía 18 años. Mientras esperábamos el Mercedes que nos fuera a buscar para llevarnos al batallón, luego del arduo día de trabajo, recorrimos el museo aborigen y caminamos hasta el cementerio Ona, que ahora estaba rodeado por esa cerca de cemento pintada de blanco. O la Misión había crecido mucho, o el recuerdo alteraba el espacio.
Me sorprendió la ciudad de Río Grande, ya no era el pequeño poblado de unos diez mil habitantes, con casas bajas y calles mayoritariamente de tierra. Ahora era una gran ciudad de cincuenta mil habitantes que había crecido raudamente en los ´80 democráticos, gracias a la instalación de empresas, principalmente de electrónicos y electrodomésticos, aunque en estos tiempos se veía alicaída por el desastre económico que provoco el menemato durante los ´90 en la industria nacional a causa de la salvaje competencia con los productos importados. De igual forma la ciudad seguía y sigue siendo un polo de atracción laboral y es una de las mas pobladas del territorio austral, superando a la capital de la provincia, Ushuaia.
De la oscura población que conocí colmada de militares y sus verde oliva, jardines coloridos ocupaban ahora interminables senderos en avenidas y plazoletas. El mar seguía alejándose cientos de metros y dejando un bañado con diferentes conchas y algas. El edificio de Aerolíneas en el que soñábamos conseguir un pasaje para el norte, seguía siendo blanco con techos a dos aguas pintado de azul, pero ahora con el letrero de Austral. Lo que en otro momento fue una oscura empalizada que aislaba de la población al enorme terreno que ocupa el Batallón de Infantería de Marina Nº 5, ahora estaba reemplazada por muros de distintas formas, pintados en colores pastel, ingenuos y maricones, ligándolo a la ciudad. Ya no era la madriguera de machos marciales y patrióticos. Ya no era el Batallón heroico reconocido por las fuerzas inglesas como el mas feroz contrincante en Malvinas. Solo quedaban oscuros edificios con algunos militares y muchos fantasmas y un enorme terreno silencioso y estéril.
Busque y busqué lugares y recuerdos. Y vi mi fantasma. Y vi el fantasma de muchos queridos que hacía mucho que no veía, y de queridos que nunca más volvería a ver. Y vi malos fantasmas que no querría verlos nunca más. Recorrí esas cambiadas calles y encontré esos lugares y encontré esos recuerdos.
Algunos estaban iguales.
Otros por suerte, estábamos distintos.







miércoles, 12 de mayo de 2010











Blhoja 027.CHILE 2000 - ESTRECHO DE MAGALLANES

Viernes 11 de febrero del año 2000. 9,00 horas: parte la barcaza Melinka desde Punta Arenas hacia Porvenir, ciudad capital de la Tierra del Fuego chilena. Dos horas y media de navegación por el Estrecho de Magallanes.

Los vehículos están acomodados en su sitio, los pasajeros buscando el calor en la cabina y yo con mi flamante cámara filmadora pretendo conservar para la posteridad estos momentos que me producen mucha emoción. Pronto voy a navegar por este lugar emblemático y no me voy a perder ni un segundo de lo que aquí ocurra. Ya tenía claro que es mucho mas importante lo que se graba en la retina. Ver el paisaje en una pantallita de 3 o 4 pulgadas es un desprecio, pero la tentación es enorme. De ahora en mas, buscar el equilibrio. Primero disfrutar, después grabar.
Y creo que todo se me mezcló. Veía el Estrecho desde la estrecha pantallita y sentía el viento frío que me lastimaba la cara y las manos. El sol no llegaba a entibiar lo que la ventisca enfriaba, pero sí le daba un calor especial a la proyección en el pequeño visor de LCD. Todo se mezcló. El maravilloso paisaje con la maravilla de la tecnología. El fresco e indescriptible presente con el no tan lejano y emotivo pasado.



Este cruce era una puerta a ese pasado. No sabía de que manera lo tomaría: con alegría, con dolor, con melancolía. Si lo disfrutaría o lo padecería, pero era una gran necesidad volver al sur.
Nunca había estado en el Estrecho, si bien estuve a pocos kilómetros, en Río Grande. Eso ocurrió cuando hice mi servicio militar obligatorio y en una oportunidad casi logro ver el Estrecho desde el aire. En una de las campañas de entrenamiento, no recuerdo si a fines del ´81 o a principios del ´82, estando en el campo, nos hicieron cruzar un montecito y subir una lomada hasta llegar a un claro donde descansaba un verde helicóptero. No conozco ningún detalle técnico, salvo que tenía a cada lado, una puerta corrediza detrás del asiento del piloto por la cual nos hicieron subir y a los pocos minutos, descender. Ese fue el entrenamiento que la Infantería de Marina Argentina nos proporcionó de cómo embarcar y desembarcar en un helicóptero en caso de situación bélica. Me acordé del Sargento Saunders en la serie Combate y todo esto no se asemejaba en absoluto. El Sargento Saunders movía a su tropa con otra energía que la de nuestro cabo primero. Cuando disparaba, sus ametralladoras o fusiles no paraban y si les disparaban, las balas se hacían sentir, con sonido y a veces golpeando en la carne de sus muchachos. Volaban por los aires tras una explosión y se embarraban y sangraban y gritaban de dolor y de entusiasmo y se veían como héroes. Subían y descendían de los helicópteros en marcha, a metros del suelo… Está bien que lo nuestro eran solo maniobras de entrenamiento donde se escuchaban algunos tiros, algunos disparos de mortero o de cañón y el enemigo eran unos tachos anaranjados que resplandecían a lo lejos. En algún momento pasaron unos aviones de combate. Seguro que en la guerra sería distinto, casi parecido al Combate de la tele.
Esa tarde nos prometieron un viaje en helicóptero hasta el Estrecho de Magallanes. Nos mantuvieron por unas horas expectantes hasta que nos revelaron que era muy tarde y que solo harían un viaje con los cabos y un colimba que teníamos que elegir. Como todos los grupos se habían ido a sus respectivos campamentos la elección era entre los trece del grupo Mortero 60, ya que nuestro campamento estaba allí nomás y el cabo que era piola nos dejo ver el entrenamiento de desembarque del resto de la compañía. No deliberamos mucho y decidimos por unanimidad que Juan Carlos debía ser el elegido. Y allí se fue con la alegría de oreja a oreja, corriendo desgarbado con su fusil al hombro.
Juan Carlos nunca debió estar allí. A pesar de esa alegría, nunca tendría que haber sido aceptado para el servicio militar obligatorio. No se si tenía alguna enfermedad psíquica, pero su edad cronológica no coincidía con su edad mental. Tenía dificultades en el habla y motoras. No quiero ser cruel, pero es como se dice comúnmente, “le faltaban caramelos”. Y todos lo queríamos mucho, y era el adoptado del grupo, y siempre estábamos junto a él para ayudarlo. Y el era muy generoso y cariñoso.
Estando en Malvinas, compartíamos la carpa. En noches de desvelo y charlas contaba sus sueños y el mas deseado era llegar a su pueblito, Quitilipi, Chaco, al ranchito donde vivían sus viejitos, con la valija que había comprado, llena de ropa para todos… y con su pilchita nueva darle envidia a los vecinos… y pasar antes por Buenos Aires, donde un camada de allí le había prometido regarle un tocadiscos. Lo elegimos porque pensamos que con su extrema pobreza, nunca tendría la posibilidad de volver. No se si de los trece, alguien mas que yo volvió al lejano sur, pero en ese momento fue una buena excusa para tapar esa pena que sentíamos por su condición.
Juan Carlos nunca volvió, ni al lejano Estrecho de Magallanes ni al ranchito de sus viejitos en Quitilipi, Chaco. Murió en la guerra de Malvinas. Guerra en la que no subimos a helicópteros y que tampoco fue como la de Combate.
El teniente jefe de la compañía Nácar y un cabo segundo, una fría mañana de junio partieron desde el aeropuerto de Río Grande hacia el pueblito del Chaco. Llevaban la valija marrón llena de ropa para todos y las pilchitas de Juan Carlos que nunca llegó a usar. Eligieron un traje de gala de Infante de Marina con los botones dorados bien brillantes, el cinturón bien blanco y la hebilla igualmente brillante, lustraron un buen escogido par de zapatos negros acordonados, y doblaron cuidadosamente una bandera argentina.
En mi imaginación nunca logré ver el momento en que estos militares le entregaban estas pertenencias a los padres de Juan Carlos. Muchos años después, viendo una pesada película de Spielberg, Rescatando al soldado Ryan, quedé sobrecogido por una escena y me apodere de ella para reflejar ese momento. El momento en que unos Infantes de Marina Argentinos, le entregaban a la madre de un soldado de la patria, un par de trapos a cambio de su hijo.









viernes, 16 de abril de 2010











Blhoja 025 . CHILE 2000 – PUNTA ARENAS




La mañana estaba lluviosa el día que partimos de Puerto Montt. La forma mas rápida de llegar a Punta Arenas era un vuelo de Lan Chile. Me hubiese gustado salir de aquí en el Navimag que recorría varios puertos y los fiordos chilenos del sur, pero como ya dije, no había pasajes. En bus era imposible ya que hay que cruzar a Bariloche y de esa forma se hace larguísimo y no tenía tanto tiempo. Por lo tanto a las 11 de la mañana nos subimos al Lan en el aeropuerto El Tepual.









Mi anhelo era ver desde el aire el relieve patagónico, principalmente los campos de hielo, pero desgraciadamente todo era gris nube, así que dormí casi las dos horas que dura el vuelo. Ya estábamos llegando cuando se fue despejando y pude al fin deleitarme con esas marcas de tierra y agua que tanto me cautivan. El ver desde el aire el paisaje terrestre me resulta tan atractivo, que estoy todo el viaje mirando por la ventanilla, soy un vouayer topográfico.








Sandy Point (Punta arenosa) como era llamada esta zona en las cartas de navegación inglesa, dio origen al nombre de la ciudad fundada en 1848. Fue un importante puerto al encontrarse en la unión de las navegaciones de los dos océanos, pero perdió su gloria cuando en 1914 se abrió el Canal de Panamá.
Yo pensaba encontrarme con una ciudad “aldeana”, como Puerto Montt o Castro, pero me sorprendió la edificación estilo europea.




Anchas calles, limpias y arboladas, grandes y elegantes edificios en rededor de una pulcra plaza, mucho comercio, mucho movimiento de gente; bancos, tiendas, hoteles; una estatua al navegante que dio nombre al estrecho que baña las costas de la ciudad, otra al cardenal Samoré en agradecimiento a su mediación por la paz entre Argentina y Chile durante el conflicto del Beagle, y un apellido predominante: Menéndez.
En mi ignorancia pre Malvinas, solo sabía que era un terrateniente dueño entre otras, de la estancia María Behety, en Tierra del Fuego, cercana a Río Grande y lugar en el cual yo había estado, junto al batallón, los días anteriores a la recuperación de Malvinas, donde habíamos dormido como ovejitas en los corrales del galpón de esquila mas grande de America del Sur. Luego supe, gracias a Osvaldo Bayer y su ”rebelde Patagonia”, lo que este personaje y parte de su familia, habían llegado a ser y hacer. Una ciudad homenajeando al gran impulsor de su economía en los tiempos primeros del siglo XX, pero también al que pagaba una libra esterlina por un par de testículos o de orejas de aborígenes, logrando así el exterminio de los selk’nam.
Muchos vecinos debemos soportar esos homenajes ciudadanos a estos infames e inescrupulosos villanos legendarios, mientras que verdaderos luchadores populares son olvidados sistemáticamente por la historia oficial.


El hotel de la esquina de la plaza era muy caro para nuestro presupuesto, pero el conserje amablemente nos envío a un Hospedaje a una cuadra hacia arriba. Entramos por un portón de madera a un gran patio techado y al final una puerta y una escalera. La dueña del Hostal del Rey se estaba yendo; con el bolso de las compras en el antebrazo nos llevo a la habitación, y nos mostró: --el baño en frente y la cocina, al lado de la escalera. Siéntanse como en su casa yo me tengo que ir.
En la habitación una cama de dos plazas y una de una. Un enorme y antiguo ropero de dos puertas, una con candado y otra libre para usar. Sobre la cama grande, un retrato de quizás los abuelos o los padres de la señora. El baño, en frente, con un estilo a ciertas películas de Almodóvar, muy kitsch. Una enredadera de plástico unía el espejo con la mesada del lavatorio, este lleno de frascos de perfumes (quizás de recuerdos de pasajeros), jabones y muchos de ellos con cintas y moñitos de colores rodeándolos. Otras plantas del mismo material, ocupaban algunos rincones, una rosada cortina de plástico (seguramente con algún dibujo, no recuerdo), cubría la ducha. Una mesita redonda, de hierro cromado, con vidrio abajo (lleno de “cositas”) y otro vidrio arriba, también lleno de cositas: plantitas, piedritas, frasquitos, barbies. Y el recubrimiento de la tapa del inodoro en color rosado. Una pinturita, hasta daba pena usarlo.


La sorpresa por una ciudad con una extraña belleza , tan alejada del mundo y con una prolijidad sospechosa, principalmente en lo que se llama “el centro”. Me daba la sensación de que me observaban. Persecuta de un prejuicioso, tal vez. Siempre supuse que era un lugar militarizado aunque no recuerdo ver mucho militar por ahí, si edificios relacionados, quizás por ser zona limítrofe y tan desolada. Lo que si, es una gran zona ganadera, principalmente ovina y la industria pesquera, minera, forestal y turística también tienen su relevancia.
Estar frente al Estrecho de Magallanes me despertó recuerdos, gratos y no tanto; pero el estar en ese espacio, fue muy significativo.







Punta Arenas posee una Zona Franca o sea un centro comercial libre de impuestos. En realidad no compare precios ni con Chile, ni con Argentina. En un negocio compramos una Sony Handycam Vision, CCD-TRV75 NTSC, con pantalla LCD para casette Hi8mm. No se si era la mejor, el último modelo o que, pero era una belleza que nadie me la pudo sacar de mi mano ni bien la calce.




En realidad me avergüenzo de las primeras filmaciones que fueron en Punta Arenas, por lo tanto no voy a difundirlas, solo unas pocas fotos tomadas por la pobrecita Cannon OWL AF de 35mm, hasta que se terminó el rollo. Esta es la hacedora de las tomas que vienen ilustrando la mayoría de las blhojas y que seguirán haciéndolo por unas cuantas mas, pero hasta aquí “¡LA FOTO YA FUE!”










viernes, 4 de diciembre de 2009













Blhoja 006.EL VIAJE INOLVIDABLE, segunda parte.


Y como dije antes, no todo fue tan malo.
Estaba bueno recorrer Río Grande vestido de “civil”, sus calles tranquilas, la mayoría de tierra. Acercarse a la playa y emborracharse con el fresco olor del mar, con quien nos estábamos reconociendo; caminar su ancha avenida principal donde en alguna de sus tiendas compre mi primer par de zapatillas Adidas, donde compre mi primer reloj: un Casio digital de resina negro con luz y alarma.

Pararse frente al edificio de Aerolíneas Argentinas añorando el terruño, deseando que por alguna casualidad algún avión nos acerque al norte tan lejano; recorrer bares repletos de colimbas donde lo mas audaz era tomar vino Resero blanco con Coca Cola y después pasarse por algún otro bar “non sancto” al que llamábamos kekos, los cuales abundaban en cantidad y sosegaban con su entrega de amor…





Como éramos “colitas”, el ´81 fue poco instructivo en el ámbito militar. Nos llevaron una sola vez de campaña y fue muy divertido. Los ánimos militares se enardecieron pero a su vez se humanizaron y estábamos como entre amigos; el campo con su soledad y su inmensidad nos unía, la estrategia de guerra nos aunaba.

Esos viajes por la Tierra del Fuego, parecían interminables, pero en definitiva nos movíamos muy cerca de Río Grande. Los estancieros cedían sus tierras para la instrucción militar y además hacían la vista gorda al saqueo de sus rebaños y nosotros disfrutábamos de la exquisitez de esos corderos.
Una mañana nos levantaron y nos subieron a los camiones. ¿Adónde íbamos?.
Supe que llegamos a la estancia María Behety después de andar todo el día de un lado a otro arriba de esos Mercedes. Nos metieron en el galpón de esquila más grande de Latinoamérica y cada grupo fue alojado en un corral pero con piso de madera. Los jefes se notaban un poco nerviosos y el maltrato común se exasperó y no éramos más que grupos de ovejas a punto de la esquila.
A la mañana siguiente en la formación, después del desayuno, el jefe de la compañía nos informo del desembarco en Malvinas.




Los días que siguieron estuvieron cargados de arengas patrióticas. Nos formaban constantemente para peguntarnos si realmente queríamos ir a Malvinas, las hermanitas perdidas. Claro que todos decíamos que si con el mismo énfasis con que algunos le habían jurado a la bandera defenderla hasta perder la vida, otros los “colitas” como suponíamos que lo haríamos cuando nos toque hacerlo.
El viaje a las Islas Malvinas no estaba en mis planes. Había soñado llegar a la Antártida, pero nunca se me había cruzado por la cabeza las Islas Malvinas. Era toda una sorpresa y una ilusión llegar mas allá. ¿En que iríamos, en avión o en barco?. El primer avión en el que subí, me trajo hasta acá, ahora tendría que ser en barco. ¡Cuando lo cuente en el pueblo!. ¿Quién fue a Malvinas?.
A la noche también nos formaban en la cancha de fútbol. Alerta roja a cualquier hora. Salir en calzoncillos con una camiseta mangas corta en la noche fueguina de abril. Algunos lograban ponerse las botas, o el pantalón, o la chaqueta… la mayoría semidesnudos aguardando aviones ingleses que venían a atacarnos y que nunca llegaron. Congelados volvíamos al calor de las camas que pronto extrañaríamos. Nadie decía nada. Nadie sabía nada.

El nueve de abril nos subieron a un Fokker de la Armada Argentina y ahí nos fuimos. Viajábamos solamente 13 colimbas con el cabo primero, jefe del Grupo Mortero60. Como repetía el Suboficial jefe de la compañía: “Mortero siempre con privilegios”. Le habían sacado los asientos, salvo dos últimos e iba cargado de municiones. ¡Que viaje espectacular!. ¡Nos íbamos de vacaciones!.

En un momento las vimos. Lo primero que se me ocurrió fue pensar: parecen de cartón. Con la misma forma que en los mapas, pero a diferencia de ellos, eran de color arena, rodeadas de un oscuro y profundo azul. Nunca había visto la tierra desde esa altura y ahora al mar lo veía casi en su totalidad. Me quede un largo rato mirando y mirando todo eso que parecía un sueño.




El paisaje que veía desde la ventanilla mientras el avión carreteaba era muy raro. Rocas blancas se elevaban en grupos junto a la pista. Un desierto extraño.
El viento que nos recibió era conocido. Lo habíamos dejado atrás hacia unas horas en Río Grande. El lugar me resultaba raro. Estaba en Argentina pero no reconocía el territorio. Me sentía un extranjero. Lo supe después cuando cruce la frontera por primera vez, en Chile no estaba en mi país. Ahora se que esa rara sensación era de estar en un lugar ajeno.
No tengo presente una constante perorata sobre lo que eran las Malvinas, su significado en nuestro folclore. Nunca preste atención, o nunca una maestra me insistió sobre el tema, por eso era más importante el viaje en si que el lugar al que llegaba. Muchos militares, muchos gritos, muchas órdenes. No era lo mismo que ir al campo, pero bueno… estábamos fuera del Batallón y eso era lo que valía.
En un momento nos subieron a un camión y nos sacaron del lugar. No había mucho para ver, desierto y rocas. Mucha hierba seca.




El pueblo era raro. Pocas casas con techos de chapa de distintos colores. Calles pavimentadas y lo mas llamativo, muy limpias. No se veía a nadie salvo algún que otro militar.

No recuerdo bien donde fue nuestra primera parada, pero recuerdo muy bien cuando partimos caminando por la costanera hacia quien sabe donde. Pasamos por unos enormes galpones, un muelle, la casa del gobernador y con el mar a la derecha nos fuimos metiendo en el improductivo paisaje. Se veían elevaciones en derredor de un verde amarillento muy triste. Estaba nublado, el viento nos golpeaba y creo que estaba feliz de andar caminado por este desconocido lugar, tan lejos de casa y con la tranquilidad que el grupo Mortero caminaba solo, sin la compañía de los insoportables cabos de los otros grupos.
Estuvimos unas horas en un galpón de esquila a la izquierda del camino y seguimos viaje hasta el fin de la ruta donde se encontraba Moody Brook, los cuarteles de la Royal Marine. Sin detenernos seguimos hacia el sudoeste. Ya estaba anocheciendo y veíamos muy poco. Cuando llegamos guiados por una pálida luz, nos esperaba el suboficial jefe de compañía para descargar un camión de provisiones. No habíamos comido, teníamos hambre. No lo recuerdo, pero seguramente robamos algo de comer.
Caminamos unos metros más y nos encontramos con el campamento. Nos ordenaron armar las carpas y mientras estábamos en eso, en la total oscuridad, comenzó a llover.



No voy a escribir sobre los hechos bélicos.
Tampoco quiero entrar en detalles de maltratos, hambre y frío. Miedo.


Porque también hubo risas y un gran compañerismo. Podíamos confiar en quien teníamos al lado. Hacía casi siete meses que estábamos juntos. Y estos últimos casi setenta días la pasamos a todas: hambre, frío, miedo, dolor, frustración... y hasta osamos divertirnos viendo desde la cima del Tumbledown como dos camilleros que llevaban a un herido, lo largaban al piso y corrían a esconderse entre las rocas cada vez que escuchaban la explosión del cañón que les disparaba desde unos pocos kilómetros. Seguramente, quienes tiraban, se estaban divirtiendo como nosotros.




Hubo un tiempo que fue hermoso
y fui libre de verdad,
guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal.
Poco a poco fui creciendo,
y mis fábulas de amor
se fueron desvaneciendo
como pompas de jabón.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación
y prepararás la cama
para dos.

También cantábamos. También estábamos creciendo.



A los pocos minutos del día 20 de junio estábamos embarcando en el Rompehielos Almirante Irizar, utilizado en esa circunstancia como buque hospital. Me recuerdo en el baño sentado en el inodoro y vomitando en la pileta casi al mismo tiempo. A causa del movimiento del barco, pero principalmente del empacho. Junto al Orejas rastrillamos durante cinco días la zona del aeropuerto, donde estábamos prisioneros, en busca de comestibles. Había mucha comida en comparación de lo que nosotros no habíamos tenido, pero nos dedicamos con exclusividad al Mantecol.
Escuche gritos y subí a la cubierta de donde provenían. El espectáculo fue maravilloso. Con el sol apenas entibiando, el viento helado, el celeste del cielo, el azul profundo del mar, el verde de los árboles manchados de un blanco resplandeciente me estaban presentando el Canal de Beagle. Hay una foto que encontré con mucha sorpresa en una revista Noticias del año 1991, ya habíamos bajado del buque, estamos en el puerto de Ushuaia. Al fondo el Rompehielos Almirante Irizar, el Canal de Beagle y la costa de la Isla Navarino. Estamos formados a punto de subir a los camiones que nos transportarían al aeropuerto, para luego volar a Río Grande, cuando un fotógrafo nos retrata, algunos muy serios y otros estamos muy sonrientes. No recuerdo el porque, pero supongo que por la foto, el regreso, pero quiero imaginar que fue por la enorme bienvenida visual que nos dio ese prodigioso paisaje fueguino.





Tristemente diría que ese Gringo, ese Juan, ese Angel, ese otro Juan, ese Eduardo... sonreimos sin saber los días por venir, los años duros. Las pesadillas, el ninguneo, los dolores, el desprecio, la angustia, el ocultamiento, el abatimiento...




El viaje a Malvinas hizo que me tope con una tierra inhóspita que poco a poco se hizo querer. Como todo viaje (lo dije en otra blhoja) me dejo una enseñanza. Esta fue peculiar. Constantemente aparecen esas lecciones y aunque muchas veces no le doy importancia, lentamente se imponen, casi de manera inconciente. Y también, muchas veces, me cierro para que no se interpongan, pero estoy seguro que van a calar muy pronto mi caparazón. Las veo venir.
Los amigos que quedaron son muy importantes. Lo fueron en ese momento. Fueron lo mas valioso que se tenía para poder seguir adelante. Todos juntos, cuidándonos. Es por eso que los reencuentros son una fiesta y lo son los encuentros con aquellos que aun estaban perdidos. Muchos nos recuperamos en gran parte. Otros lo están intentado y desgraciadamente algunos no lo pudieron superar.
Los que quedaron en Malvinas son una llaga difícil de cerrar, un dolor permanente. Nos están esperando y lo harán por siempre.
Algún día quiero volver a pisar ese suelo húmedo. Es una deuda, es una necesidad que cada vez se agiganta. No me importa que tenga que entrar como extranjero. Parte de mi vida quedó allí y una nueva nació en ese lugar, entre la turba, entre las rocas, entre el frío y la lluvia; entre las injusticias y el maltrato. Entre la amistad. Tengo que reencontrarme con el niño que dejé y tengo que ver por que no quede allí, como tantos compañeros.
Seguramente será otro de mis viajes, por que no: extraordinario.








Pobre gente la gente

que en nombre de su Dios
mata a otra gente.
Pobre Dios el de esa gente:
cruel, perverso, nunca escucha
los dolores de la gente asesinada,
por los odios que ese Dios
desata impune ante su gente.
Bautizados, si, pero asesinos.
Persinados, si, pero usureros.
Comulgados, pero corruptos
Y no faltan violadores
en las listas de los papas,
talibanes y demás piojosos.
Pobre gente la gente...
Civilizados sí, pero inseguros.
Millonarios sí, pero aterrados.
Posmodernos, pero jodidos.
Pobre gente, pobrecita, pobre gente, pobrecita,
pobre gente la gente:toda la gente!

Pobre gente
Liliana Felipe


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A TREINTA Y CUATRO AÑOS DE MALVINAS

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