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domingo, 14 de septiembre de 2014
















Blhoja 097 - FRAGMENTOS DE ECUADOR: 





Los nombres de Orozco, Rivera, Portinari, Tamayo y Guayasamín forman la estructura andina del continente. Son altos y abundantes, crispados y ferruginosos. Caen a veces como desprendimiento o se mantienen naturalmente elevados, unidos territorialmente por la tierra y por la sangre, por la profundidad indígena.
Guayasamín, entre los unos y los otros, emprendió en su obra el Juicio Final que les pedíamos a los solitarios del Renacimiento. Pocos pintores de nuestra América tan poderosos como este ecuatoriano intransferible: tiene el toque de la fuerza, es un anfitrión de las raíces, de cita a la tempestad, a la violencia, a la inexactitud. Y por ello, a vista y paciencia de nuestros ojos, se transforma en luz.
Suponemos que el realismo ha muerto. Y hemos celebrado el funeral porque no lo mataron los quiméricos, los irrealistas, sino los propios realistas que lo realizaron, extinguiéndose hasta presentarnos un realismo sin carne y sin hueso: la imitación de la verdad.
Guayasamín es uno de los últimos cruzados del imaginismo; su corazón es nutricio y figurativo, está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas agobiadas, de tortura y de signos. Es un creador del hombre más espacioso, de las figuras de la vida, de la imaginación histórica.
Yo le tengo en mi santoral de santos militares, aguerridos, jugándose siempre el todo por el todo en la pintura. Las modas pasan sobre su cabeza como nubecillas. Nunca lo aterrorizaron.
Presento, y es mucho honor para mí, a este pintor germinativo y esencial, seguro de que su universo puede sostenerse aunque nos amenace como un derrumbe cósmico.
Pensemos antes de entrar en su pintura porque no nos será fácil volver.

Pablo Neruda  (Catálogo de la exposición de La Edad de la Ira en el Museo de Bellas Artes, Santiago de Chile, 1969)





IMAN GUAYASAMIN

¿Maypachamantan Guayasamin kallpayki oqarikun?
Qaqchaq urpi, yawar qapariq
¿maypachamantapunin ukupacha kanchariq ñawiki
cielo kañaq makiyki?
Uyuriway, rauraq wayqey.
Ñakay pacha mitata
runa kiriq punchauta,
waqachiq tuta
runa, runa mikuq uyanta,
wiña wiñaypaq churanki
mana pipa kuyuchiy atinanta
¡maykamaraq changanki!

Runa wagacun
wayrapa kallpanta mikuchun,
qan rayku.
Wayasamin sutiyki
intipa quepa ñeqen churinkunapa qaparisganmi
Quito muyup apu wamanikunapa katatatasqan
waqascan, riti mirasqan,
cielomantapas astawan sinchi sombran.
Manan chayllachu:
Estados Unidos, China, Tawantinsuyu
tukuy llaqtapi runakuna ñakasqanta,
imaymana mañakusqanmanta
qan, rauraq waygey, qaparinki,
Apurimaq mayu astawan hatun
astawan mana tanichiq simiwan.
¡Allinmi, waygey! ¡Estabín, Oswaldo!



QUE GUAYASAMIN

¿Desde qué mundo, Guayasamin, tu fuerza se levanta?
Paloma que castiga
sangre que grita.
¿Desde qué tiempos se hicieron tus ojos que descubren
los mundos que no se ven,
tus manos que el cielo incendian?
Escucha, ardiente hermano,
El tiempo del dolor,
de los días que hieren,
de la noche que hace llorar,
del hombre que come hombres,
para la eternidad lo fijaste
de modo que nadie será capaz de removerlo,
lo lanzaste no sabemos hasta qué límites.

Que llore el hombre
que beba el suavísimo aliento de la paloma
que coma el poder de los vientos,
en tu nombre.
Wayasamin es tu nombre;
el clamor de los últimos hijos del sol,
el tiritar de las sagradas águilas que revolotean Quito,
sus llantos, que acrecentaron las nieves eternas,
y ensombrecieron aún más el cielo. No es solo eso:
el sufrimiento de los hombres en todos los pueblos;
Estados Unidos, China, el Tawantinsuyo
todo lo que ellos reclaman y procuran.
Tú, ardiente hermano
gritarás todo esto
con voz aún más poderosa
e incontenible que el Apurimac.
Está bien hermano,
está bien, Oswaldo.



Jose Maria Arguedas

(Peru, 1911-1969)
del libro de poemas en quechua Katatay

Iman Guayasamin / Qué Guayasamín:
                                                                                                homenaje al pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín fue escrito
                                                      probablemente entre 1964 y 1965. José María Arguedas concluyó el 
                                                                                                       poema en quechua, pero dejó inconclusa la versión en castellano. Esta ha sido concluida por Jesús Ruiz Durand.













                                   "Lágrimas de Sangre"Óleo sobre tela 220 x 120 cm. Ecuador, 1973.

Este cuadro representa una síntesis del sufrimiento que se vive en ese momento (1973), el dolor y el sacrificio causados por individuos aparentemente humanos. Lo explica claramente la inscripción que lleva en el ángulo inferior derecho, por encima de la firma y de la fecha: "Homenaje a Salvador Allende, Pablo Neruda, Víctor Jara. Nosotros los pueblos".











¿Pintor revolucionario? Sí. Revolución estética y revolución ideológica. Pero si la primera es producto de su extraordinaria capacidad expresiva, de su potencia de ser, de su anhelo de hablar lenguaje pictórico integral, sin anécdota, localismo ni literatura; la segunda, en camino, la revolución ideológica, es el trasunto de la esperanza y la justicia, consubstanciales en un hombre de bien, habitante del mundo en la época contemporánea. [...]
Oswaldo Guayasamín sigue el "camino del llanto" (Huacayñán) de su pueblo. Pero no con espíritu pesimista o de derrota: es la voz, la inmensa voz pictórica salida de su obra creadora que, con los medios irrefutables e implacables del dolor y las injusticias, surge sin ademán ni tono cartelista, la gran rabia y la gran esperanza. [...]

Benjamín Carrión  (Introducción a Huacayñán. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1953)







click al sitio oficial











La pérdida es irreparable, porque los hombres de su alta talla moral no se repiten. Ecuador ha perdido al Maestro, un notable e ilustre hijo. Cuba un amigo leal y sincero. América Latina, un honorable americano que supo reflejar en su arte, no sólo el sufrimiento de sus compatriotas, sino también sus culturas y sus virtudes…
No podemos admitir que murió, porque los hombres como él no mueren: se multiplican en sus pueblos…

Fidel Castro Ruz






Fue un hombre de convicción latinoamericana y luchador por la democracia. Su obra refleja su profundo compromiso con el progreso social y con los pueblos marginados y explotados. América pierde a uno de los hombres más destacados en el mundo del arte, pero también a uno de los más solidarios y humanistas que ha dado nuestra América en toda su historia. No hay palabra para expresar los sentimientos y los recuerdos que guardo y guardaré de este hombre que ha dado lo mejor de si por nuestros pueblos. Su memoria permanecerá en nosotros y será aliento permanente para quienes buscamos un mejor futuro para la humanidad.

Rigoberta Menchú Tum, Premio Nóbel de la Paz



PROFETA DEL PORVENIR: Palabras de Fidel Castro





MANTENGAN ENCENDIDA UNA LUZ QUE SIEMPRE VOY A VOLVER

Oswaldo Guayasamin

martes, 29 de marzo de 2011












Blhoja 046 – TAHUANTINSUYU 2008 IV – Perú: En el ombligo del mundo




“--Papá –le dije (…) ¿No me decías que llegaríamos al Cuzco para ser enteramente felices?”  (*)


Yo estaba feliz de haber llegado a Cusco. La combi que nos trasladó al hotel tomo la avenida Pardo. Hacía unos minutos habíamos pasado por el monumento a Pachacutec, el “transformador del mundo”. El, seguido por Túpac Yupanqui, su hijo, organizo y concilió a las distintas tribus que fue dominando desde Quito, al norte, hasta el río Maule, al sur, integrando culturalmente a sus habitantes. No solo se destacó por su gran espíritu guerrero, sino que fue un gran gobernante, que luego de la planificación de la nueva ciudad de Cusco, se encargo de unificar geográfica e idiomáticamente al Tahuantinsuyu (los cuatro cuartos de la tierra) creando redes viales y de comunicación, sistemas administrativos de eficiente control y priorizo la organización del trabajo y el reparto de alimentos; le dio también gran importancia a la arquitectura, que a pesar de los conquistadores españoles, aún se conserva como muestra de su solidez.
Pronto comenzaron a rodearnos antiguas edificaciones dándonos la bienvenida al casco histórico de la ciudad. Nos detuvimos ante un enorme portón en la calle Shapi. Allí en ese moderno hotel de paredes tradicionales, estaríamos pocos días, luego nos mudarían una calle mas arriba, alejándonos así a dos cuadras de la plaza de armas.

Estábamos en el ombligo del mundo, (Qosco) y por la adoquinada calle Plateros entramos a Waq´aipata:

-- Fue la plaza de celebraciones de los incas –dijo mi padre. Mírala bien, hijo. No es cuadrada, sino larga de sur a norte.
La iglesia de la Compañía, y la ancha catedral, ambas con una fila de pequeños arcos que continuaban la línea de los muros, nos rodeaban. La catedral enfrente y el templo de los jesuitas a un costado. (…). En los portales caminaban algunos transeúntes; vi luces en pocas tiendas. Nadie cruzó la plaza.
-- Papá –le dije. La catedral parece más grande cuanto de más lejos la veo. ¿Quién la hizo?
-- El español, con la piedra incaica y las manos de los indios.
(…)
-- ¿Llueve sobre la catedral? –pregunté a mi padre. ¿Cae la lluvia sobre la catedral?
-- ¿Por qué preguntas?
-- El cielo la alumbra; está bien. Pero ni el rayo ni la lluvia la tocarán.
-- La lluvia si; jamás el rayo. Con la lluvia, fuerte o delgada, la catedral parece mas grande. (*)



Angostas calles suben a los costados de la gran catedral donde la piedra inca se mezcla con los edificios coloniales. A su llegada, en 1532, los españoles destruyeron las edificaciones incas, especialmente las de uso religioso, utilizando las piedras para hacer sus propias construcciones.
Por calle Triunfo se llega a San Blas o el barrio de los Artistas, donde una gran cantidad de tiendas y talleres de artesanías repartidos en sus callecitas retorcidas y apretadas hacen que este sea el lugar de visita imprescindible para el que llega a la ciudad. 
El barrio, el “Balcon del Cusco”, con sus paredes blanquecinas y amarillentas construidas sobre muros incas, balcones azules con sus geranios y sus techos de tejas a desnivel, sus calles escalonadas hacen que penetres en un mundo mágico. Y aún más, disfrutando de ese exquisito calzón elaborado a unos pasos de la mesa, por las expertas manos de ese muchachito panadero, mojado de sudor debido a esos malabares con sus manos y brazos, y por el calor del horno de barro que tenía a un lado. En ese pequeño saloncito con paredes gruesisimas y techos altos, atendido por su propia dueña, que nos contó, que en ese lugar, hacía unos cuantos años, había estado, ni mas ni menos, que don Fabio Zerpa; seguramente, buscando influencias extraterrestres para justificar tanta magnificencia incaica que brota por los poros del maquillaje colonial.

Y alli está, la angosta Hatun  Rumiyoc, la callecita que enmarca al palacio del Inca Roca (gobernador inca entre 1350 y 1380) transformado por el español y ahora Palacio Arzobispal. El muro está formado por piedra de diorita finamente pulida y con efecto de altorrelieve como un almohadillado. Las piedras de las construcciones de Cusco, son la mejores trabajadas de todo el Tahuantinsuyu. Allí se encuentra la famosa piedra de 12  ángulos.



--¡Mira al frente! –me dijo mi padre. Fue el palacio de un inca.
(…)
Formaba esquina. Avanzaba a lo largo de una calle ancha y continuaba en otra angosta y más oscura, que olía a orines. Esa angosta calle escalaba la ladera. Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba unos pasos, lo contemplaba y volvía a acercarme. Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca. En la calle oscura, en el silencio, el muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de las piedras que había tocado (…) la corriente que entre el y yo iba formándose.
(…)
Eran mas grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado que por el lado de la calle angosta, era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase patética constante: ‘yawar mayu’, río de sangre; ‘yawar unu’, agua sangrienta; ‘puk´tik, yawar k´ocha’, lago de sangre que hierve; ‘yawar wek´e’, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse ‘yawar rumi’, piedra de sangre, o ‘puk´tik, yawar rumi’, piedra de sangre hirviente?. Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman ‘yawar mayu’ a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman ‘yawar mayu’ al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.
--¡Puk´tik, yawar rumi! –exclame frente al muro, en voz alta.
(…)
Mi padre llegó en ese instante a la esquina.
(…)
--(…) ¿Alguien vive en este palacio de Inca Roca?
--Desde la conquista.
--¿Viven?
--No has visto los balcones?
La construcción colonial, suspendida sobre la muralla, tenía la apariencia de un segundo piso. Me había olvidado de ella. En la calle angosta, la pared española, blanqueada, no parecía servir sino para dar luz al muro.
--Papá  –le dije. Cada piedra habla. Esperemos un instante.
--No oiremos nada. No es que hablan. Estás confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan.
--Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se están moviendo.
Me tomó del brazo.
--Dan la impresión de moverse porque son desiguales, más que las piedras de los campos. Es que los incas convertían en barro la piedra. Te lo dije muchas veces.
--Papá, parece que caminan, que se revuelven, y están quietas.
Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho contemplé nuevamente el muro.
--¿Viven dentro del palacio? –volví a preguntarle.
--Una familia noble.
(…)
-- (…) Son nobles, pero también avaros, (…) Todos los señores del Cuzco son avaros.
-- ¿Lo permite el Inca?
-- Los incas están muertos.
-- Pero no este muro. ¿Por qué no lo devora, si el dueño es avaro? Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver. ¿No temen quienes viven adentro?. (*)


Por la avenida El Sol, a pocas cuadras de la plaza, un gran parque descansa junto al gran templo Inca, el Koricancha, uno de los mas importantes donde se adoraba al Sol, a la Luna, a las Estrellas, al Arco Iris. Los españoles encontraron en ese lugar una gran mina de oro, ya que había estatuas, replicas de plantas, animales y de sus deidades, paredes, todas echas o cubiertas en ese preciado metal. Los incas solo lo utilizaban como ornamento, gala para sus dioses; pero el conquistador lo transformó en lingotes y se lo llevo a España. Pero también destruyó sus paredes y edifico sobre ellas, lo que hoy es, el convento de Santo Domingo. Gracias al terremoto de 1950, quedaron al descubierto grandes fragmentos de las estructuras del santuario original, que hoy están a disposición de todo aquel que quiera ver esa monumental obra.




Una mancha de árboles apareció en la falda de la montaña.
--¿ Eucaliptos? –le pregunté
-- Deben de ser. No existían antes. Atrás está la fortaleza, el Sacsayhuaman. (…) Las murallas son peligrosas. Dicen que devoran a los niños. (…)
-- ¿Cantan de noche las piedras?
-- Es posible.
-- Como las más grandes de los ríos o de los precipicios. Los incas tendrían la historia de todas las piedras con “encanto” y las harían llevar para construir la fortaleza. (*)
Lo que queda de Sacsayhuaman contempla herida, desde arriba, a la cosmopolita metrópoli.

En 1536, Manco Inca utilizo el lugar como base táctica para luchar contra el invasor Pizarro, pero fue derrotado y también la fortaleza. Destruyeron sus torres y edificaciones quedando hoy, solo un 20% de lo que fue. Construida en el período del Inca Pachacutec, se utilizaron 20000 hombres durante mas de 50 años. La piedra mas grande mide 8,5 metros de altura y pesa 361 toneladas; las tres murallas paralelas distribuidas en 22 zig zags, fueron diseñadas de tal forma que cualquier atacante podría ser detectado inmediatamente. Desgraciadamente no pensaron, ni siquiera imaginaron que tendrían algún día un enemigo con armas tan características:

 Blas Valera (**), (citado por Garcilaso de la Vega) al comentar esta tremenda desproporción bélica y el valor de los peruanos, dice: ‘En lo que toca al arte militar, tanto por tanto, igualadas las armas exeden los del Perú a los de Europa. Por que dénme los capitanes más famosos franceses y españoles, sin los caballos, arneces, armas, sin lanza ni espada, sin bombardas y fuego, sino con sola una camisa y sus pañetes y por cíngulo una honda y una cabeza cubierta, no de celadas y yelmos, sino de guirnaldas de plumas y flores, los pies descalzos por entre las breñas, zarzas y espinas; la comida yerbas y raíces del campo; Por broquel un pedazo de estera en la mano izquierda, y de esta manera entraran en campo a sufrir las hachas y los tridentes de bronce, las piedras tiradas con la honda, las flechas enarboladas y los flecheros que tiran al corazón e a los ojos. Si de esta manera saliesen vencedores, diriamos que merecían fama de valerosos entre los indios. Más así como fuera posible poder sufrir ellos tal género de armas y batalla, así también, humanamente hablando, era imposible poder salir con la victoria. Y, en contra, si los indios tuvieran la potencia de las armas que los de Europa tiene con industria y arte militar, así por tierra como por mar fueran más dificultosos de vencer que el gran Turco. De lo cual es testigo la misma experiencia, que la vez que se hallaron españoles e indios iguales en armas murieron los españoles a manadas…”




Lo sagrado del Valle de los Incas, seguramente se debió a la gran riqueza que aportó a la comunidad. El verde intenso que cubre los lados adyacentes del río Vilcanota fue un emporio estratégico para la región, con su clima privilegiado y sus fértiles suelos proveyeron abundantes frutas, plantas alimenticias especialmente el maiz y también la Coca, hoja utilizada en ceremonias religiosas y otros actos rituales. Quizás a esta altura del viaje, ya estaba tan compenetrado en la cultura inca, que este valle, que seguramente en Argentina tenemos por doquier y que había visto a montones, saber que para aquellos pueblos que vivían sobre montañas no tan benignas con la fertilidad del suelo era tan augusto, me alegro sobremanera y disfruté mas aún de esa belleza. Y todavía faltaban muchas mas historias para enamorarme de esa cultura; historias sobre el valle y el tratamiento de la tierra fértil y la no tan fértil en las laderas de las fríos y áridos cerros andinos.
Ollantaytambo fue el lugar del encanto. Luego de recorrer parte de ese verde valle y ver de lejos los famosos andenes agrícolas. Contemplar los pintorescos pueblitos que surgieron a la orilla del preciado río, llegamos a este pueblo que conserva casi intactas sus calles de piedras y sus construcciones incas. Aquí se puede ver la organización de lo que era una ciudad inca. También aquí se encuentra una de las mas espectaculares construcciones: la gran Fortaleza de Ollantaytambo.
Nuestro guía estaba enamorado del lugar y todo ese amor lo transmitía. Como dije en algún momento, las historias muchas veces no coinciden, se entremezclan los testimonios que dejaron escritos los españoles que vieron otra cultura con los ojos de su propia cultura; los cuentos que pasaron de boca en boca y que con el paso de los siglos se fue trastocando; los mitos que se crearon alrededor de tantos símbolos desparramados por doquier y los que antropólogos, arqueólogos, historiadores fueron armando de esa cultura ágrafa  que tanto testimonio material han dejado.
Nuestro guía enamorado se perdía en relatos de cómo habían posicionado tal o cual piedra, tal o cual escalón para que en cierto y determinado momento del día o de un día del año en particular, el sol formara sombra para indicar tal o cual cosa. Que tal construcción o aquel monumento fue construido pacientemente tras largos tiempos de estudio para que en su entorno natural, haciendo uso de luces y sombras les recordara a sus pueblos su condición de sobrenatural. Pero también alegaba con pasión esa aptitud de convivir con la naturaleza, respetarla y condicionarse a sus reglas. Como aceptarla y como tratar de convivir sin que arruine sus sembradíos que tanto trabajo les costaba ya que esos suelos rocosos no producían alimentos. Y de esa necesidad y ese respeto surgieron los famosos andenes, construidos sin destruir las laderas y sin que las laderas que desaguaban las aguas de lluvia destruyeran su producción. Por eso la admiración por esas obras de ingeniería fabulosas que aun persisten.
Arriba de la fortaleza y como cierre del espectáculo una enorme piedra a medio tallar. No fue a propósito, alguien no los dejo terminar su obra. Pero gracias a ese abrupto final muchas cosas se aprendieron; también te descubren que allá, al otro lado del río, en las montañas de Cachicata estaba la cantera de piedras con que se construyó la fortaleza, y un camino de rocas, enormes rocas abandonadas, demuestran que no es como algunos quieren imponer diciendo que fueron extraterrestres los que transportaron esas pesadas moles, despreciando así, un intenso y costoso trabajo de miles de hombres que dejaron su sudor y hasta su sangre quizás, para que en este 2008, pudiéramos admirar esa prodigiosa epopeya.



Esa última noche en Cusco, sentado a la mesa del pequeño restaurante de la calle Plateros donde comí por primera vez carne de alpaca, saboreando una exquisita sopa de quinoa, me acorde de Saramago que en su “Viaje a Portugal” reflexionaba: “Hay que darles la vuelta con toda calma, esperar callado a que las piedras respondan, y, si hay paciencia, cada vez saldrá de alli arrepentido el viajero, éste o cualquier otro. Arrepentido por no quedarse más tiempo, pues no está bien quedarse sólo un cuarto de hora junto a una construcción que tiene (quinientos) setecientos años…”


(*)   Jose María Arguedas, del libro “Los ríos profundos” - 1956
(**) Blas Valera: cronista de la orden jesuita.





















lunes, 28 de febrero de 2011













Blhoja 044 – FRAGMENTOS, introducción a una realidad social: Todas las sangres



Fue después de la celebración de la primera siembra en los andenes nuevos que Rendón Willka decidió viajar a Lima. Había desempeñado dos cargos religiosos menores y obtenido el derecho a ser quinto regidor. Era el mozo que dirigía los trabajos comunales de la juventud, tanto en Lahuaymarca como en los que debían cumplir, por fuerza, en la villa de los señores, pero no bajaba a San Pedro, por acuerdo de los vayarok’ [1], en estos casos.
Después que los vecinos lo expulsaron de la escuela, él siguió deletreando en su librito escolar; no dejó de escribir con un lápiz las mismas frases y aun logró agregar otras palabras del castellano que aprendió después.
Cuando ya era casi un mozo, un wayna, su padre había decidido enviarlo a la escuela pública de San Pedro. Fue el primer indio que se matriculó en la escuela de los vecinos. El inspector escolar y el Gobierno no accedieron a la solicitud de los indios que sólo pidieron una maestra para Lahuaymarca, porque la comunidad construyó un lugar risueño, con ventanas grandes y un jardín en el que sembraron geranios y rosas blancas, únicas plantas ‘de los señores y de la iglesia’ que podían resistir el clima de altura.
Loa Aragón de Peralta y todo el vecindario de San Pedro se opusieron a que se autorizara la apertura de la escuela de la comunidad.
--En eso nos diferenciamos de los indios. Si aprenden a leer ¿qué no querrán hacer y pedir esos animales? –dijo en un cabildo el propio alcalde.
--Los indios no deben tener escuela –sentenció el viejo señor.
Y no se discutió mas el asunto. La palabra de Aragón de Peralta se cumplía en el distrito.
Por eso, el director de la escuela de San Pedro fue a consultar con el viejo señor si debía matricular al ya mozo Demetrio Rendón Willka, en la sección preparatoria.
--Si ya es mozo admítalo. Los chicos los harán correr. Aunque son porfiados estos indios no soportarán las burlas de nuestros hijos. ¿No sabe usted que los niños san más crueles que los grandes, cuando quieren fregar o martirizar a los débiles?
--Bien, señor –asintió el maestro.
El padre de Rendón Willka agradeció al maestro por la admisión de su hijo en la escuela; le dijo que en ese mismo instante un comunero descargaba en la casa del director dos sacos de papas y otro de trigo y que los aceptara como humilde obsequio de su nuevo alumno.
Los estudiantes se asombraron de ver a un indio grande con un silabario en la mano y una bolsa para los cuadernos, como la de los más pequeños escolares; sobre los cuadernos, asomaba el marco de madera de un pizarrín. Y era eso lo más sobresaliente: debajo de la bolsa escolar, el indio llevaba otra, hinchada de maíz tostado, de mote, de cecina y trozos de queso. Lo usual era que los comuneros llevaran su fiambre en una pequeña manta de lana tejida. Demetrio fue presentado aun en ese detalle como un escolero. Habían tejido para él una bolsa, algo semejante a las de coca de los indios mayores, pero más alargada y con una cinta que servía para que el primer estudiante de la comunidad se terciara al hombro esa nueva prenda escolar indígena. Demetrio tenía que caminar diez kilómetros, todos los días, de Lahuaymarca a San Pedro.


El maestro, agradecido por el obsequio, iba a pedir a los niños que fueran considerados con el joven indio. Pero vio a éste sentado en el poyo, entre los mas pequeños, que lo miraban preocupados o miedosos y no despectivos. Sólo los mas grandes se precipitaron a observarlo. Demetrio permaneció sentado, contemplando a los señoritos con expresión tierna y sumisa en el rostro, pero enérgica e inquebrantablemente resuelta en la actitud. Era evidente que nadie lo haría moverse de su sitio.
--¿Qué miran? –preguntó indignado el maestro. Él era de una provincia lejana.
--Es un indio –dijo Pancorbo, alumno de último año.
--¿Nunca habías visto otro? –le preguntó el maestro.
--En la escuela no. Va a apestar.
--No huele a nada, señor –exclamó el pequeño que estaba sentado junto a Demetrio.
--En cambio, acaso tú, Pancorbo, hueles –dijo el maestro.
--Será, pues, pero no a indio.
Demetrio era mucho mayor que ese Pan corvo. Sin levantarse, el mozo comunero le obsequió al pequeño que lo defendió una moneda de oro, un quinto de libra que traía guardado en una bolsita color de arco iris.
--Para que juegues, pues, niñito –dijo.
Todos los muchachos se reunieron más estrechamente junto a Demetrio.
El pequeño, un De la Torre, no se decidía a recibir la moneda. Demetrio la puso en una de las manos del niño e hizo que cerrara los dedos hasta formar un puño.
--¡Quinto! ¡bonito! –dijo en castellano.
--¡Ya! A sus sitios –ordenó el maestro, aprovechando el desconcierto de Pancorvo y de sus camaradas.
Los alumnos obedecieron en silencio, pero observaban con frecuencia a Demetrio que, con la ayuda de su amigo recién conquistado, pronunciaba las letras en voz alta, como todos.
Pocas semanas después, bien aleccionados por sus padres los estudiantes mayores empezaron a hostilizar al indio, especialmente durante los recreos. Cierta mañana, ya en el mes de septiembre, lo rodearon varios de éstos.
--¿Y para mí no tienes un quinto, oye, Willka? Eres bestia. Mira, tan viejote y en silabario –le dijo uno de ellos.
--Lee en quechua, animal. ¿No ves que no sabes castellano? ‘A, Bi, Ci…’ Se dice Be, Ce.
--La boca del indio no puede –le dijo otro.
Demetrio se sentaba bajo un triste arbolito de lambras que, increíblemente, había logrado crecer en una esquina del patio de recreo, defendido por un muro de piedras y barro que los niños de segundo grado levantaron el año anterior, en noviembre. Se sentaba sobre el muro y formaba pareja con el árbol,        que había vencido la furia del sol, de los escolares mas avanzados y destructores, y de las heladas.
--A, Bi, Ci, Chi, Di, Ifi… --le gritaron en coro, varios muchachos.
Se reían delante de él. Pero Demetrio no le oía. Entonces, un Brañes, le sacó del bolso el pizarrín; lo arrojó al suelo y lo destrozó a pisotones. Demetrio no hizo sino apretar los músculos de su rostro.
--¡Maricón! ¡Cobarde! ¡Indio! –vociferaba el Brañes, un niño como de catorce años.


Demetrio se puso de pie, y Brañes iba a huir, porque la sombra del indio se levantó de repente sobre su cabeza. Pero Demetrio sin mirar al crío de señor, se dirigió hacia el salón de clases, vacío. Se sentó en el sitio del poyo que le correspondía. El director había visto a Brañes desde la puerta lateral del salón, pero no intervino. Tenía miedo al viejo señor y al vecindario. Él era oriundo de un pueblo lejano y no tenía título pedagógico.
Demetrio permaneció solo durante un rato en el salón vacío, sin carpetas ni cuadros históricos, ni mapas. Vio aparecer a su amigo De la Torre acompañado de dos pequeños. Se le acercaron a paso rápido. Gallegos, el mayor de los tres, depositó sobre las rodillas de Demetrio el marco roto del pizarrón.
--¡Demetrio! ¡Demetrio! –le dijo.
El indio acarició con el más profundo respeto las pequeñas manos del niño.
--Te queremos –le dijo ‘su amigo’, y se sentó junto a él.
Se le aproximó todo lo que pudo; luego le estrechó uno de los brazos y puso su cara sobre la camisa de bayeta del indio.
‘Sí, sí huele, pero no como mi casa, como las medias de mi padre cuando se las quita de noche. ¡Eso sí, apesta! Demetrio huele de otro modo. ¡Pobrecito, tan grande! Y no quiso pegarle al Brañes. ¡El corazón me duele!’
Un instante de confusión tuvo Demetrio. Los otros dos niños se sentaron también en el poyo, a su lado.
--¡Demetrio! –volvió a repetir el pequeño, mirando el marco destrozado y todavía tan limpio en los trozos que no fueron aplastados por los zapatos chuecos, de puro viejos, de Brañes.
Abrió los brazos el indio.
¡Dios bueno! –dijo.
Pero no bien había concluido de hablar y se había animado a estrechar a los niños, pues creía que alcanzaban su pecho y sus brazos para los tres, Brañes y Pancorbo irrumpieron en el salón. Quedaron paralizados al descubrir a De la Torre con la cabeza apoyada en el cuerpo del mozo; el marco roto sobre sus rodillas y lo otros dos niños contemplando felices al comunero. Éste no se atrevió ya a abrazar a los niños; hizo frente a los dos jovencitos, detrás de los cuales aparecieron otros más.
Pancorbo se decidió. Se acercó al grupo, resguardado por sus compañeros que lo siguieron.
--¡K’echa[2] de la Torre –dijo--. Te vendiste por un quinto de libra. Y tú, otro De la Torre, muerto de hambre, más que ese maricón Gallegos.
Ya Demetrio entendía el castellano; en pocos meses había aprendido también a deletrear. Sintió que los niños que estaban a su lado no se atemorizaron. Gallegos se levantó.
--¡Maricón tú! –le dijo a Pancorvo--. ¡Gallina tú! Yo también hambriento. Peor es ser gallina.
Pancorvo le dio un puñetazo en la boca al niño. Pero no tuvo tiempo de huir. Demetrio lo agarró del cuello. Lo levantó en el aire, mientras pataleaba, y lo arrojó contra el poyo.
--¡Excremento del diablo! –le gritó en quechua.
Los otros fugaron, no hacia el patio de recreo, sino al corredor que daba a la plaza. Cruzaron despavoridos el campo. Pancorvo no podía levantrse del suelo, y empezó a llorar a gritos. Gallegos sangraba de la boca.
--¡Váyanse, patroncitos! –rogó Demetrio a los niños.
--No –dijo Gallegos--. ¡No quiero!
--Me ha querido matar –dijo incorporándose dolorosamente Pancorvo, cuando el maestro llegó a la sala.
--Me ha querido matar –repitió.
--¿Ya Gallegos? –preguntó el maestro, comprendiendo lo que pudo haber ocurrido.
Demetrio miraba fríamente a Pancorvo y al maestro. Sacudió ligeramente la cabeza.
--Insultó por gusto a De la Torre, y a mí, señor –contestó Gallegos--. Este maricón me pegó porque defendí a Demetrio.
--¿Demetrio? –exclamó asombrado el maestro.
Porque el niño no dijo ‘el indio’ Demetrio, ni ‘el cholo’ Demetrio, ni siquiera ‘el Demetrio’.
--Dios lo ha castigado, señor Dios, pues…
Concluyó, y de sus labios brotó un pequeño globo sanguinolento.
El indio oía y volvió a sentirse otra vez confundido.
--Señor, patrón… --empezó en castellano, pero continuó en quechua--. Estos niñitos, palomas de Dios; del corazón sus lágrimas.
El salón ya estaba colmado de escolares de las secciones silabario, primero, segundo y tercer año.
El maestro quedó perplejo, sin saber que hacer.
Pancorvo escuchó pasos en el corredor de la escuela, y empezó a llorar nuevamente a gritos.
--¡Me han roto algo! ¡Estoy mal! –clamaba.
Lo encontraron derrumbado sobre el poyo, su padre, el alcalde, el gobernador, el varayok’ de turno, dos vecinos más y un mestizo, apellidado Martínez, que irrumpieron en la sala.
--¡Haga salir a los niños! –ordenó el gobernador al maestro.
El maestro obedeció. Pero los De la torre y Gallegos, el herido, no se movieron; permanecieron junto a Demetrio.
‘Parecen grandes’, pensó el maestro.
--¡Afuera! –gritó enérgicamente el alcalde.
Pero los niños se abrazaron a las piernas de su amigo. El rostro del indio se tranquilizó; volvió a iluminarse suavemente de esa especie de resignación y poderío que en algo se parecía a las rocas negras de los grandes abismos, cuando reciben el grito de los loros viajeros que gustan cantar en el aire de los abismos.
El padre de Pancorvo levanto a su hijo, y después, con la ayuda de los otros dos vecinos, arrancaron a los niños de las piernas del mozo indio.
--¡Déjeme a mi! ¡El Pancorvo me sacó sangre! –decía el pequeño Gallegos mientras lo arrastraban al patio.
--Es un testigo –se atrevió a intervenir el maestro--. Hay que dejarlo.
No le hicieron caso.
--Varayok’ –ordenó el gobernador--, carga a ese anticristo, al indio Demetrio.
El varayok’ obedeció. Se persigno antes. ‘eres de Lahuaynarca’, le dijo en voz baja al mozo. Y se lo echó a la espalda.
--Martínez: quince azotes bien dados, no sólo en las nalgas; dale unos tres en la cabeza, aunque le caiga algo al varayok’. Se atrevió a golpear a dos niños.
--¿A quiénes dos? –preguntó el maestro.



--¡Usted se calla! Ya, Martínez.
El mestizo sacó un azote trenzado, con pequeñas puntas de plomo, que traía oculto bajo su poncho.
Y azotó al indio escolar bajo la sombra del salón principal de la escuela, delante del maestro.
A los seis u ocho azotes empezó a rezumar sangre sobre la bayerta blanca con que los indios jóvenes de Lahuaymarca vestían.
--¡Ya no papá! ¡Ya no! –pidió el niño Pancorvo, lanzándose sobre el mestizo--. ¡Martínez, ya no! ¡Ustedes, ustedes me dijeron que lo ofendiera, que lo fregara todos los días! ¡Ustedes, pues, papá!
E intentó detener al mestizo arrastrándolo con todas sus fuerzas por un extremo del poncho. Su propio padre lo contuvo apartándolo con los brazos.
--¡Cinco más! –ordenó el alcalde.
--¡Maestro! ¡Usted pues! –dijo gimiendo el mozuelo.
--Ellos saben. Responderán ante Dios –dijo el maestro.
--Sabemos y responderemos –contestó el alcalde.
Los últimos tres azotes los dirigió Martínez a la cabeza del indio. Acertó bien, porque el azote era de los medianos, y rompió el cuero cabelludo del mozo; de esas heridas brotó mas sangre. El niño Pancorvo ya estaba de rodillas.
Cuando el varayok’ soltó a Demetrio, el joven indio se dirigió al poyo, levantó con gran cuidado el marco destrozado de su pizarrín y su montera; sin mirar a nadie, ni a su varayok’, salio por la puerta principal de la escuela hacia la plaza.
Cuando tocaban las doce, él subía la montaña, con el sol en su apogeo.
--Nada –exclamó Pancorvo, el padre--. Es como no hacer nada. Se ha ido tranquilo. Es como si la sangre no fuera sangre para ellos, aunque no se atreverá a volver a la escuela.
--Así es, señores. Pero para este niño arrodillado es injusta sangre. A él si le ha herido fuerte.
Pancorvo descubrió que, de veras, su hijo, ese matador de pajaritos, ese chico flaco que atravesaba con espinos a los grillos, por parejas, y los hacía caminar arreándolos, así atrapados, afirmando que eran bueyes aradores, estaba rendido, con los ojos secos, mirando al suelo, un poco regado, del viejo salón polvoriento de la escuela.
--¡Carajo! Todo se trastorna –dijo el padre, porque no encontraba un modo adecuado de acercarse a su desconcertado hijo.
--¡Niño! ¡Ahistá tu corazón en el suelo! ¡Está consolando, pues; a mí también! –se animó a hablar el varayok’.
Entonces el mozuelo pudo levantarse; algo extraviado, no consiguió orientarse de inmediato hacia la puerta de la escuela.


TODAS LAS SANGRES


1- Alcaldes de indios. Llevan una vara como insignia de su autoridad
2- Diarrea








“La ilusión de juventud del autor parece haber sido alcanzada. No tuvo más ambición que la de volcar en la corriente de la sabiduría y el arte del Perú criollo el caudal del arte y la sabiduría de un pueblo al que se consideraba degenerado, debilitado o “extraño” e “impenetrable” pero que, en realidad, no era sino lo que llega a ser un gran pueblo, oprimido por el desprecio social, la dominación política y la explotación económica en el propio suelo donde realizó hazañas por las que la historia lo consideró como gran pueblo: se había convertido en una nación acorralada, aislada para ser mejor y más fácilmente administrada y sobre la cual sólo los acorraladores hablaban mirándola a distancia y con repugnancia o curiosidad. Pero los muros aislantes y opresores no apagan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejercicio; ni apagan, por tanto, las fuentes del amor de donde brota el arte. Dentro del muro aislante y opresor, el pueblo quechua, bastante arcaizado y defendiéndose con el disimulo, seguía concibiendo ideas, creando cantos y mitos. Y bien sabemos que los muros aislantes de las naciones no son nunca completamente aislantes.” (...)
“Fue leyendo a Mariátegui y después a Lenin que encontré un orden permanente en las cosas;  la teoría socialista no sólo dio un cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aún más de fuerza por el mismo hecho de encauzarlo. ¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico.”

Jose María Arguedas - 1968 
Fragmento de su discurso
en ocasión de recibir el premio
Inca Gracilazo de la Vega









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