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miércoles, 13 de junio de 2012














Blhoja 067 - A 30 AÑOS DE MI VIAJE INOLVIDABLE


1982 - 2012. A 30 AÑOS DE LA GUERRA DE MALVINAS

Junio 
14

La bandera como disfraz

                                       En el día de hoy de 1982, la dictadura argentina perdio
                                    la  guerra.  Mansamente se rindieron, sin que  se  hicieran
                                    ni  un  tajito al afeitarse,  los generales  que  habían jurado
                                    dar la vida por la recuperación de las islas Malvinas, usur-
                                    padas por el imperio británico.
                                       División militar del  trabajo:  estos  heroicos  violadores 
                                    de mujeres atadas, estos  valientes  torturadores  y ladro-
                                    nes de bebés y de todo lo que pudieron robar, se  habían
                                    ocupado  de las  arengas  patrioteras, mientras mandaban
                                    al  matadero a  los jóvenes reclutas de las provincias  más
                                    pobres, que  en  aquellas lejanas islas del sur murieron  de
                                    bala o de frío.
                                                                                               Eduardo Galeano
                                                                                 LOS HIJOS DE LOS DIAS
                                                                                                                   2012



9 DE ABRIL DE 1982


Volando a Malvinas en un Focker de la Armada Argentina:






Una calle de PUERTO RIVERO (luego llamado PUERTO ARGENTINO), visto desde la caja de un camion Mercedes Benz de la Armada Argentina:




Costanera (al este de Puerto Argentino)




10 DE ABRIL DE 1982


Monte Tumbledown (al este de Puerto Argentino)













MEDIADOS DE ABRIL DE 1982


En una de las tres posiciones de Mortero 60 en la cima del Monte Tumbledown apuntando en dirección sudoeste







13 DE JUNIO DE 1982

Durante la noche del 13 de junio, cayo muerto Diego Ferreyra luego de haber recibido los impactos de las esquirlas de uno de los proyectiles que cayeron en la zona donde estaba nuestro campamento.
Sus padres en la provincia de Corrientes se enteraron de su muerte por medio de un telegrama.

Entre la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio, luego de replegarnos hacia el puesto comando, Juan Carlos Dávalos se separó del grupo y nunca mas lo volvimos a ver. Tras una intensa búsqueda y al comprobar que no se encontraba entre las listas de prisioneros, se lo dio por desaparecido y luego por muerto.
Un tiempo después de haber regresado al batallón, el teniente jefe de la compañía, acompañado por un cabo segundo, viajaron al pueblo de Juan Carlos en la provincia del Chaco, llevando una valija que era de su propiedad con ropas y regalos para sus padres (según contó muchas veces Juan Carlos), ademas de un par de zapatos, la gorra y el traje de gala de infante de marina (seleccionados entre los que se encontraban en mejor estado) y una bandera argentina.
Sus padres recibieron un par de trapos a cambio de su hijo.

Los dos cumplían con el servicio militar obligatorio.







Se asoman cada noche 

uniformados de musgo  

desde la tierra parturienta 
 
Miran las luces del muelle 
 
y todavía sueñan  

con regresar algún día 
 
Oler de nuevo el barrio 
 
y correr hacia la puerta  

de la casa más triste  

y entrar como entran  

los rayos del sol 
 
por la ventana
  
en la que ya nadie 
 
se detiene a mirar 
 
donde ya nadie 
 
espera la alegría


Gustavo Caso Rosendi
Soldados




20 DE JUNIO DE 1982

Puerto de Ushuaia. Desembarcando del Rompehielos Almirante Irizar (convertido en buque hospital durante la guerra) 

Seis días después de la rendición y tras haber estado prisioneros en el aeropuerto de Puerto Argentino, llegamos al puerto de Ushuaia en la mañana del 20 de junio, desde allí fuimos trasladados al aeropuerto y volamos a Río Grande, donde se encontraba el batallón al que pertenecíamos. BIM 5.






sábado, 4 de septiembre de 2010













Blhoja 035. FRAGMENTOS PARA MIS HERMANOS DE VIDA





-- Se quemó la bombita –me llegó su voz por sobre el ruido de sus pisadas bajando de a dos los escalones por vez antes de que yo me atreviera a dar el primer paso. Todavía estaba tanteando la pared desconchada de la humedad y avanzando la punta de cada pie como una lombriz husmeando cuando lo sentí llegar abajo y encender el interruptor, iluminando la enorme cámara con la luz de un amanecer repentino. A veces, cuando después de una noche en vela sacudidos por el temblor constante de los bombardeos veíamos desde el monte la primera claridad azul del día esbozarse en el cielo negro y feroz y caíamos muertos de agradecimiento en el único sueño profundo de esa noche interminable, volvíamos a despertar con el primer sol en los ojos y en ese silencio increíble, con los oídos todavía zumbando como lo seguirían haciendo hasta los bombardeos de la noche siguiente, se ofrecía a nuestros ojos la misma visión que ahora nos sorprendió, como si los diez años transcurridos hubieran sido solo un sueño de esa brevísima media hora de paz. Ante mis ojos, desde lo alto de las escaleras, dormidas entre la bahía lisa como una sábana estirada y el semicírculo de montes como almohadas abolladas que las rodeaban, se extendían las doscientas y tantas casas de la efímera y entera capital de las Islas, la villa de Puerto Argentino, tal como pudo haberla visto una gaviota pasajera o un avión haciendo un vuelo rasante una mañana tranquila de fines de abril, cuando todavía ningún cráter, ningún edificio desparramado con todo a la vista, ningún árbol desgajado andaban anunciando que la historia había llegado de visita al pueblo.
-- ¡Chaau –exclamé--, esta igual!
Ignacio se dio vuelta y sonrió. Se le habían puesto los cachetes colorados.
-- ¿Esta quedando bien, no? –dijo volviendo a mirarla, como si en su presencia sólo por breves segundos le fuera lícito quitar los ojos de ella.
Apurando los escalones que faltaban le pasé la mano por el hombro, y una vez mas la contemplamos juntos. Tenía casi diez metros de largo por cinco de ancho, y entre sus bordes y las paredes del sótano su creador, rindiéndose ante lo inevitable, había dejado apenas el espacio suficiente para pasar de costado, siempre que no fuera muy gordo. Por lo mismo había variado un poco las proporciones; los montes se apiñaban mas cerca del pueblo, las viviendas estaban un poco mas juntas; pero fuera de esos detalles el realismo era total. Una por una había reproducido las casas iguales, levantando paredes de cartón o fósforos pegados, pintándolas de blanco o amarillo, techándolas con aluminio de envases de cerveza azul, rojo o verde, acanalado –me explicó orgulloso—con un tenedor. Entre jardín y jardín –huertas, mas bien—había levantado cercos de gomaespuma, que también crecía en las copas de los pocos árboles del pueblo, los únicos de la isla. Para las paredes de piedra de los edificios importantes no lo había satisfecho el efecto del cartón pintado, y las había recubierto con escamas de laja cuidadosamente recortadas. Reconocí con facilidad las dos iglesias, el salón de baile, el correo, la casa del gobernador. Soldados minúsculos montaban guardia en defensas camufladas con gasa teñida –me aclaró—con borra de café, rodeados de embrollos de filamentos de alambre anudado a intervalos regulares para simular púas, dirigían sus miradas todavía escépticas al cielo virgen pintado sobre las paredes de ladrillo, a los pozos prolijos cavados en los montes de cartonpiedra o, desde el contorno serpenteante de la Avenida Ross y sus tres muelles rectos, a las inmóviles aguas de nylon corrugado de la bahía sin barcos. Había conseguido jeeps y tanques y cañones antiaéreos bastante parecidos a los originales, modelos de plástico o plomo importados de Alemania o Japón y pintados cuidadosamente a mano. Un Hércules como el que nos trajo a las islas descargaba pertrechos en la punta sur del aeropuerto, la única que había entrado, y en todos los montes colimbas, por rutina y por obligación, cavaban trincheras: los correntinos del Regimiento 4 en los macizos de Harriet y Dos Hermanas, los infantes de marina en Tumbledown, William y Sapper, el 7 colgado de los bordes de Wireless Ridge y Longdon. Era como estar de nuevo allí.
--¿Te acordás?—me decía Ignacio corriendo de una punta a la otra--. Acá fue donde lo hirieron a Diego.
-- Qué bien te salió la turba—dije señalando el descampado entre el pueblo y la ladera rocosa de los montes.
--Tocala—me dijo con una sonrisa de padre orgulloso.
Lo hice, y mi dedo se hundió en el terreno blando, la oquedad llenándose enseguida de agua verdosa.
--¡Ahh! ¡Es igual! ¿Cómo lo hiciste?
--Espuma de goma, cubierta por una capa de tierra y yerba mate. Cada tanto la rocío con agua para que mantenga la consistencia ensopada ideal. Lo de la yerba es cábala –me guiñó el ojo--. Indica que esta tierra es 100% argentina.
Corría al lado mío mientras yo la circundaba, ávido por señalarme detalles que podrían pasárseme por alto, apuntando y gesticulando ante cada roca, cada arroyo seco, cada rebaño de ovejas, cada campo minado. Para él no había generalidades; todo era ferozmente individual, cada elemento había sido creado por sus propias manos y era único e irremplazable. “La forma de estas rocas era así, las ventanas del hotel, esta esquina”, me preguntaba, y yo le decía que sí, sí, como si fuera posible acordarse. Nadie, ni siquiera los mismos kelpers, conocía esta zona de las islas mejor que él.”Cuando volvamos seré una ayuda invaluable”, repetía mientras yo memorizaba la disposición de las defensas de la costa, los accesos al pueblo, los puestos de radar. “Tendrán que encargarme la estrategia. Podríamos bombardear Stanley hasta hacerla desaparecer y reconstruir Puerto Argentino a partir de mi maqueta, con la ventaja adicional de librarnos de los cambios que habrá sufrido en estos diez años. Hasta kelpers, puse, mirá”, y apenas porque un manchón rojizo o amarillento los distinguía del oliva general podía uno reconocerlos en las diminutas figuras. “Algún día serán colonos argentinos”.
Al principio nos había parecido absurdo que se tomara tanto trabajo para construir algo destinado a ser arrasado en un día, pero él estaba tan entusiasmado que los dejamos hacer. “Va a ser mucho mejor si esperan un poco, muchachos, qué gracia puede tener si lo hacemos así nomás a las apuradas”, decía, pero por entonces ya era evidente que trataba de ganar tiempo. Su excusa era la extensión. “Pero, che, como no vamos a incluir Dos Hermanas, el 4 se lo merece”. Muy pronto las cuatro paredes del sótano lo dejaron sin argumentos. Se pasó un par de meses desesperados en planes de cortar lo hecho en pedazos y rearmarlo en un lugar que ofreciera posibilidades ilimitadas de expansión territorial; pero todos sospecharon que así el proyecto se prolongaría indefinidamente, y nadie lo apoyó. “Seamos realistas”, le decíamos. Fue entonces que optó por otra vía: la intencional. Hasta ese momento se había tratado de un esquema vago, con cajitas de cartón en lugar de casas y vehículos de plastilina: un modelo en tres dimensiones útil para repetir una guerra y barajar posibles alternativas.
La nueva tarea era mucho más desmesurada: quería reproducir con exactitud cada piedra, cada ventana, cada cerco caído y cada participante individual; lograr como una fotografía en satélite captar cada detalle de esa mañana de abril cuando la guerra era todavía una posibilidad remota, y erigir la perfección de su modelo en un amuleto contra su llegada. Ignacio había descubierto, de manera puramente intuitiva, que el espacio es infinitamente divisible y que mientras uno profundice en esta división puede obligar a mantenerse inmóvil al tiempo. Siempre habría un detalle que agregar a la cada vez más perfecta reproducción de ese maravilloso 30 de abril, y mientras tanto, hasta que este alcanzara su plenitud, el 1 de mayo tendría que esperar. Se volvió obsesivo. Empezó a leer libro tras libro, a recorrer una por una las casas de los ex combatientes para pedirles fotos, cartas, para interrogarlos durante horas. “¿Y había dos cipreses así de altos, acá? ¿Y la huerta de esta casa estaba cuidada? ¿De que color era el cartel del almacén? ¿Para que lado estaba mirando?” Pasaba horas mezclando pigmentos en una paleta para lograr los tonos exactos; ensayó semanas con filtros y focos para lograr “el efecto preciso de sombra y reflejos de la luz austral a esa hora del día”. Hubo que amenazar con cortarle los fondos cuando se propuso, también, reproducir el interior de cada casa a través de ventanas de celofán. “¿Pero que sentido tiene reconquistar la ciudad, muchachos, si no es la misma ciudad?”, argumentaba, pero en eso fuimos inflexibles.”¿Dos años más esperando para que pintes a una kelper gorda sentada en el inodoro? Vos te perdés en los detalles, viejo. Los pendejos no te dejan ver la concha”, le contestábamos. “Ustedes no entienden, ustedes no entienden”, murmuraba entonces, pero yo ya había empezado a entender. Se había enamorado tanto de su ciudad que la otra había dejado de importarle.
--Si me diesen fondos ilimitados, y un equipo de hombres a mi mando—repetía ahora apoyando las manos en el cruel borde que la realidad le había impuesto a su mundo—podría seguir hasta completar la isla entera. Ahora no es como antes; tenemos mapas, conocimiento del terreno. Después, la otra isla sería pan comido. Puedo hacerlas tan perfectas que nadie notaría la diferencia. ¿Te imaginás? Podríamos instalarlas en La Plata, abrir en la República de los Niños un Mundo Malvinas estilo Disneylandia. El día que quieran hacer una película se van a dar cuenta.
Me miraba con los ojos muy abiertos y una sonrisa temblorosa, rogándome que no le destrozara el sueño con dos palabras, quizás hasta esperando que esta visita me hiciera convencer a los demás de la necesidad de esperar. Imagino que alguna vez, desesperado, consideró la antigua treta de desarmar de noche lo que construía de día, pero debió darse cuenta de lo inútil que resultaría: no era a nosotros a quien quería engañar, sino al tiempo mismo. La ciudad que había durado sólo setenta y cuatro días alcanzaba a través de él vida eterna; y yo estaba ante alguien que había encontrado un propósito en la vida, y que se había entregado de lleno a él con exclusión de todo lo demás, desechando como ilusorias otras realidades, caminando por el resto de su vida como por un sueño, sordo a toda voz que no le llegara desde las costas de su tierra prometida. Me dio envidia, y decidí vengarme.
--Para mí ya está terminada—dije.
Me contestó con la infaltable excusa del creador.
--Para vos, puede ser. Pero yo la miro y no veo más que lo que falta. Vos la ves de afuera y juzgás sólo por apariencias. Pero sólo yo puedo saber cuando está realmente terminada.
--¿Y cómo vas a hacer cuando no te pasemos más fondos?
Puso una cara como si le hubiera retorcido el brazo, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
--Felipe… ¿vos también?
--Vos sabés que hay quienes pasaron hambre por apoyarte en esto. Pero la idea era usarlo para planear la recuperación. Vos estás desvirtuando un proyecto colectivo para tus fines puramente personales.
Era como hacer sufrir a un chico, fácil y sin riesgos. Además quería asegurarme de que no pudiera luego negarse a mis pedidos.
--¿Cómo podes decirme eso, Felipe?—dijo lloroso--. Mirá como estamos juntos acá—dijo, señalando la trinchera de cubiertas viejas y lasa azul y blanca donde a veces nos había tocado la guardia. Aparte de nosotros dos estaban Sergio y Tomás, y al parecer comíamos algo y tomábamos mate todos juntos, charlando y pasándola bien, deseando que esa charla no termina nunca, porque en el silencio después de la última palabra irrumpirían los bombardeos, el miedo constante, la cuenta regresiva hasta las muertes y las mutilaciones y la entrada de los ingleses al pueblo. “Quieren asustarnos nomás. Van a ver cómo todo se arregla sin tirar un tiro”, nos decía Tomás, por los siglos de los siglos, repitiéndolo como un mantra contra la caída de los primeros alaridos del cielo, y nosotros asentíamos, confiados en que la mera repetición de sonidos bastaría para detener el momento y hacer sus palabras realidad.
--Están buenos los neumáticos. ¿Cómo los conseguiste?
Sonrió orgulloso, secándose una lágrima con la manga.
--Caramelos salvavidas de frutas, manoseados con los dedos tiznados. Y lo bueno es que no hace falta pegamento.
--Otra muestra del ingenio argentino—acoté--. Pero te alejás de los hechos. Ese día yo estaba encerrado con la radio. Me tenían todo el día traduciendo la BBC.
--¿Y qué querés, que te deje adentro y no figurar? A ustedes no hay pija que les venga bien. Ya Ramiro me volvió loco con que le pusiera una ametralladora 12.7 en Harriet, cuando él nunca salió del pueblo ni cargó más que un FAL torcido. Mirá, ahí lo ves, si no le tenía que devolver la guita. En fin, no me opongo. Ahora podemos elegir. Por eso nos puse juntos a todos, Felipe. Aun cuando se enojen conmigo y no quieran verme más, al menos acá vamos a seguir amigos para siempre—dijo, sonriendo de tal manera que me conmovió.
--La verdad que esta lindo—concedí, otra vez ganado para su causa--, y voy a ver si hablo con los muchachos para que den una prórroga. No va a poder ser para siempre—le advertí, pero creo que sólo escuchó la primera parte. Estaba tan desesperado que cada día ganado tenía para él el gusto de la eternidad. Me quedé un rato largo, volviendo a ubicar en su red de distancias y relaciones precisas los recuerdos vagos e incorpóreos de hace diez años, haciendo preguntas y grabándome detalles. Me llevé una pila de libros y revistas que casi me enterraron bajo su peso; y ya en lo alto de las escaleras, antes de perderme con mi fardo en la noche, Ignacio, indicando que sí había escuchado hasta el final, me gritó desde abajo.
--Si no los convencés—me dijo--, tengo otro mensaje.
--Cuál—grité.
--Que no voy a entregarlas de nuevo. Que van a tener que matarme antes de sacármelas de nuevo.








Las Islas
(1998)






            














miércoles, 12 de mayo de 2010











Blhoja 027.CHILE 2000 - ESTRECHO DE MAGALLANES

Viernes 11 de febrero del año 2000. 9,00 horas: parte la barcaza Melinka desde Punta Arenas hacia Porvenir, ciudad capital de la Tierra del Fuego chilena. Dos horas y media de navegación por el Estrecho de Magallanes.

Los vehículos están acomodados en su sitio, los pasajeros buscando el calor en la cabina y yo con mi flamante cámara filmadora pretendo conservar para la posteridad estos momentos que me producen mucha emoción. Pronto voy a navegar por este lugar emblemático y no me voy a perder ni un segundo de lo que aquí ocurra. Ya tenía claro que es mucho mas importante lo que se graba en la retina. Ver el paisaje en una pantallita de 3 o 4 pulgadas es un desprecio, pero la tentación es enorme. De ahora en mas, buscar el equilibrio. Primero disfrutar, después grabar.
Y creo que todo se me mezcló. Veía el Estrecho desde la estrecha pantallita y sentía el viento frío que me lastimaba la cara y las manos. El sol no llegaba a entibiar lo que la ventisca enfriaba, pero sí le daba un calor especial a la proyección en el pequeño visor de LCD. Todo se mezcló. El maravilloso paisaje con la maravilla de la tecnología. El fresco e indescriptible presente con el no tan lejano y emotivo pasado.



Este cruce era una puerta a ese pasado. No sabía de que manera lo tomaría: con alegría, con dolor, con melancolía. Si lo disfrutaría o lo padecería, pero era una gran necesidad volver al sur.
Nunca había estado en el Estrecho, si bien estuve a pocos kilómetros, en Río Grande. Eso ocurrió cuando hice mi servicio militar obligatorio y en una oportunidad casi logro ver el Estrecho desde el aire. En una de las campañas de entrenamiento, no recuerdo si a fines del ´81 o a principios del ´82, estando en el campo, nos hicieron cruzar un montecito y subir una lomada hasta llegar a un claro donde descansaba un verde helicóptero. No conozco ningún detalle técnico, salvo que tenía a cada lado, una puerta corrediza detrás del asiento del piloto por la cual nos hicieron subir y a los pocos minutos, descender. Ese fue el entrenamiento que la Infantería de Marina Argentina nos proporcionó de cómo embarcar y desembarcar en un helicóptero en caso de situación bélica. Me acordé del Sargento Saunders en la serie Combate y todo esto no se asemejaba en absoluto. El Sargento Saunders movía a su tropa con otra energía que la de nuestro cabo primero. Cuando disparaba, sus ametralladoras o fusiles no paraban y si les disparaban, las balas se hacían sentir, con sonido y a veces golpeando en la carne de sus muchachos. Volaban por los aires tras una explosión y se embarraban y sangraban y gritaban de dolor y de entusiasmo y se veían como héroes. Subían y descendían de los helicópteros en marcha, a metros del suelo… Está bien que lo nuestro eran solo maniobras de entrenamiento donde se escuchaban algunos tiros, algunos disparos de mortero o de cañón y el enemigo eran unos tachos anaranjados que resplandecían a lo lejos. En algún momento pasaron unos aviones de combate. Seguro que en la guerra sería distinto, casi parecido al Combate de la tele.
Esa tarde nos prometieron un viaje en helicóptero hasta el Estrecho de Magallanes. Nos mantuvieron por unas horas expectantes hasta que nos revelaron que era muy tarde y que solo harían un viaje con los cabos y un colimba que teníamos que elegir. Como todos los grupos se habían ido a sus respectivos campamentos la elección era entre los trece del grupo Mortero 60, ya que nuestro campamento estaba allí nomás y el cabo que era piola nos dejo ver el entrenamiento de desembarque del resto de la compañía. No deliberamos mucho y decidimos por unanimidad que Juan Carlos debía ser el elegido. Y allí se fue con la alegría de oreja a oreja, corriendo desgarbado con su fusil al hombro.
Juan Carlos nunca debió estar allí. A pesar de esa alegría, nunca tendría que haber sido aceptado para el servicio militar obligatorio. No se si tenía alguna enfermedad psíquica, pero su edad cronológica no coincidía con su edad mental. Tenía dificultades en el habla y motoras. No quiero ser cruel, pero es como se dice comúnmente, “le faltaban caramelos”. Y todos lo queríamos mucho, y era el adoptado del grupo, y siempre estábamos junto a él para ayudarlo. Y el era muy generoso y cariñoso.
Estando en Malvinas, compartíamos la carpa. En noches de desvelo y charlas contaba sus sueños y el mas deseado era llegar a su pueblito, Quitilipi, Chaco, al ranchito donde vivían sus viejitos, con la valija que había comprado, llena de ropa para todos… y con su pilchita nueva darle envidia a los vecinos… y pasar antes por Buenos Aires, donde un camada de allí le había prometido regarle un tocadiscos. Lo elegimos porque pensamos que con su extrema pobreza, nunca tendría la posibilidad de volver. No se si de los trece, alguien mas que yo volvió al lejano sur, pero en ese momento fue una buena excusa para tapar esa pena que sentíamos por su condición.
Juan Carlos nunca volvió, ni al lejano Estrecho de Magallanes ni al ranchito de sus viejitos en Quitilipi, Chaco. Murió en la guerra de Malvinas. Guerra en la que no subimos a helicópteros y que tampoco fue como la de Combate.
El teniente jefe de la compañía Nácar y un cabo segundo, una fría mañana de junio partieron desde el aeropuerto de Río Grande hacia el pueblito del Chaco. Llevaban la valija marrón llena de ropa para todos y las pilchitas de Juan Carlos que nunca llegó a usar. Eligieron un traje de gala de Infante de Marina con los botones dorados bien brillantes, el cinturón bien blanco y la hebilla igualmente brillante, lustraron un buen escogido par de zapatos negros acordonados, y doblaron cuidadosamente una bandera argentina.
En mi imaginación nunca logré ver el momento en que estos militares le entregaban estas pertenencias a los padres de Juan Carlos. Muchos años después, viendo una pesada película de Spielberg, Rescatando al soldado Ryan, quedé sobrecogido por una escena y me apodere de ella para reflejar ese momento. El momento en que unos Infantes de Marina Argentinos, le entregaban a la madre de un soldado de la patria, un par de trapos a cambio de su hijo.









lunes, 7 de diciembre de 2009












Blhoja 007.FRAGMENTOS




TENÍA RAZÓN OSCAR WILDE
En el fragor del combate
no pude acertar al enemigo
Pero terminé con la alegría
pero acabé con la inocencia
pero malherí a la esperanza
 
Uno siempre termina matando
lo que más ama





Se asoman cada noche

uniformados de musgo  
desde la tierra parturienta  
Miran las luces del muelle  
y todavía sueñan  
con regresar algún día  
Oler de nuevo el barrio  
y correr hacia la puerta  
de la casa más triste  
y entrar como entran  
los rayos del sol  
por la ventana  
en la que ya nadie  
se detiene a mirar  
donde ya nadie  
espera la alegría






FANTASMAS DE MALVINAS




“Las abstracciones son peligrosas. Construyen entelequias, modelos de sociedades que como tales no existen, pero desde las que se juzgan otras formas diferentes de ver la realidad, o de los procesos que las personas vivieron en el pasado. Siempre serán una vara muy alta.
Al emerger de experiencias violentas, como una guerra, una dictadura o una revolución, distintas concepciones ideológicas buscan ya ‘refundar’, ya ‘recuperar’ las relaciones sociales y la historia. Para el caso es lo mismo: tanto para ‘empezar de nuevo’ como para ‘recuperar lo perdido’, hay que hacer tabla rasa del pasado, que es condenado o, inversamente, ensalzado hasta volverse, en ambos casos, irreconocible. Hacer las cosas de este modo salva las conciencias sobre responsabilidades pasadas o desaciertos en las elecciones políticas y las conductas, pero a cambio deja a los sobrevivientes de los procesos históricos en el lugar de la escoria de la fundición.
De seres humanos que viven sus memorias pasan a ser resabios de las ideas y residuos de los procesos históricos que se busca dejar atrás. No es justo ni para la mayoría de los compatriotas que murieron, ni para la mayoría de los que sobrevivieron. También es hacer tabla rasa con ellos.
Yo no puedo hacer eso. Yo estoy orgulloso de muchas personas y de muchas cosas.
Repudio la guerra de 1982 pero me enorgullezco de mis compatriotas conscriptos que en Malvinas encontraron tiempo –mientras padecían la ineficacia de sus mandos, a veces a sus propios oficiales, y buscaban comida-- para ser compañeros de sus compañeros y aun para combatir al ingles. Estoy orgulloso de los jóvenes conscriptos que salieron de su casa en lugares que ni siquiera figuran en los mapas porque aprendieron que era su deber. Los respeto porque después de la guerra, además, hallaron el tiempo no solo para enfrentar el silencio y la marginación, para difundir lo que habían hecho y velar la memoria de sus muertos, sino para que nadie los pisotee, ni con canalizaciones que los transforman a todos en Sargentos Cabrales en un extremo, ni con simplificaciones que los confinan a los campos de concentración presurizados de la república perfecta del otro, solo porque visiones limitadas venen ello un peligro y en cada monumento a los caídos, un homenaje a Videla.
Ambas cosas son robos y vejaciones, saqueos del campo de batalla de la memoria por los cuervos de todas las guerras.
Yo estoy orgulloso de muchas de las cosas que vivió y protagonizó mi pueblo, y avergonzado y dolorido por otras tantas, pero antes que tirar a la basura prefiero dedicarme a aportar para separar la paja del trigo, para que entre otras cosas ningún asesino sea contrabandeado entre los que deberíamos honrar. Pero, también, para que reconozcamos y respetemos con la misma intensidad a los que sintieron que todo era un despropósito y una locura, y se opusieron a eso y enfrentaron la condena social por no cumplir con ese mismo deber, porque también hubo que ser muy valiente para eso.
Para que podamos reflexionar, además, sobre las marcas comunes a lo largo del tiempo, clavos oxidados y aparentemente olvidados de los que mucha gente colgó y sigue colgando su ropa cuando vuelve de trabajar, de estudiar, o antes de irse a dormir.
Es muy fácil pedirles magnanimidad a los derrotados y a los marginados, cuando no son ni la propia vida ni la propia historia la que habrá que descartar para perdonar. Por eso, con vidas humanas de por medio, esto puede oler demasiado a una ofensa mas.
Viajar a Malvinas desde este lugar de respeto y desde el pasado vivido es para mi una tarea vital: consiste en dar pelea por símbolos que muchos compatriotas valoran, respetan y honran, y a los que atan sus formas de entender su pasado e imaginar su sociedad. Acaso, hasta de imaginar un futuro. Las islas Malvinas y los temas asociados a ellas son solo un nombre en una lista de lugares de la memoria latentes que una banda histórica de avivados sigue usando en beneficio propio para lavar culpas y mantener privilegios. Y otra, para legitimar con su omisión lugares de prestigio intelectual desde donde se fijan las reglas del arte y de la política, desde donde diseñan cartografías de la memoria donde muchos lugares y sus habitantes son el País del Nunca Jamás.
Por eso estoy sentado aquí ahora, en una camioneta con volante a la derecha, rumbo a la casa donde voy a vivir una semana en las islas.
Si eso no es una relación histórica con el pasado, no se que es.
Algunas cosas son mas sencillas de los que las hacemos. Uno de los cuentos que más nos gusta leer con mis hijos es ‘Desafío mortal’, del chaqueño Gustavo Roldán. El piojo y el puma se trenzan en un combate desigual porque el insecto se siente agraviado por algo que en realidad no sucedió: el puma pisó su sombra, el piojo lo desafió a pelear, y este se rió de su insignificancia.
--Pero, don piojo .--dijo el elefante--, un piojo no puede pelear con un puma.
--Ya sé que no, pero las cosas tienen su límite. Y creo que se estaba pasando de la raya. ¿Sabe, don elefante? A veces los bichos chicos tenemos que defender a muerte la dignidad. Si no resistimos, si no defendemos la dignidad, entonces sí que estamos listos. Y un buen piojo no puede permitir que nadie le pise la sombra.
A mis hijos les encanta esta historia porque relata una actitud digna. Sostener que existe una dignidad que es histórica no es ser esencialista: es reconocer que hay mujeres y hombres que la actuaron en momentos históricos concretos, y que de eso se puede estar orgulloso y se puede aprender. Y que la alimentan desde una forma de entender el mundo con la que se identifican.
El cuento de Roldán puede funcionar como un test meridiano antes de comenzar el viaje a Malvinas:
a) ¿Dónde dice ‘piojo’ tachó y puso ‘Argentina’ y donde dice ‘puma’ reemplazó por ‘Gran Bretaña’? Error.
b) ¿Dónde dice ‘piojo’ tachó y puso ‘mis compatriotas’ y donde dice ‘puma’ reemplazó por ‘los que hablan y escriben por ellos’? Vamos bien.
Elegí hace mucho tiempo no olvidar a los muertos y continuar preguntándome por el pasado. Es una disputa con los que les ponen la ropa que quieren, o los tiran a una fosa común con sus explicaciones. No es un buen lugar este, no es cómodo, pero es el que considero propio. Puede ser inclusive el más gratificante: encontrar huellas que muestran que el pasado se trasmite y se retoma, indicios de un continuum, descubrir que no todos los lazos están rotos allí donde la magnitud del daño haría pensar lo contrario.
El viaje a las islas, volver a Malvinas, me recompensó holgadamente por una gran cantidad de sinsabores. Bastó pisar ese lugar para encontrar otro espacio de mi imaginario hogar, para que las llaves, los acertijos, los mapas secretos y los santos y señas mediocres desaparecieran.
Es suficiente con llegar a las islas, y estar atento, para que el horizonte se abra ante nosotros: hay otras señales que buscar, otras consignas a las que hay que atender. Este libro de viajes se llama Fantasmas de Malvinas e invita al lector a pensarse un poco como tal, pues el viaje al archipiélago es una visita a un pasado signado por la Muerte.
Porque, entre otras cosas, para un fantasma el tiempo no es importante, pero el espacio si. El lugar, para el fantasma, es su razón de ser tanto como la muerte que lo transformó en tal y le niega el reposo. Y esto no tiene que ver con cuestiones territoriales, sino vivenciales.
La Muerte y la Historia se llevan muy bien, pero acercarse al pasado puede ser otra cosa que un funeral. Puede ser la posibilidad de que un relámpago ilumine los ojos de los idos, convocados por una pregunta, que abra sus bocas cegadas por el barro o el agua. Nadie puede robarnos un lugar si lo vivimos de ese modo. Un lugar que no necesariamente es físico, sino más bien nuestro sitio en la historia.
Los diálogos con los muertos, o sus visitas, son uno de los temas más viejos de la literatura. Sarmiento evocó al fantasma de Facundo, y sentó la matriz para pensar la política argentina vigente aún hoy; Shakespeare hizo que el fantasma de César visitara a Bruto en la víspera de su muerte.
La Primera Guerra Mundial, con su horrorosa e inédita masividad, estimuló la imaginación de soldados y poetas, que recordaron ese viejo tráfico con los caídos. Entre los cráteres de la artillería y el barro pestilente, paridos entre las alambradas, nacieron nuevos modos de contar la masacre y pensar la guerra. Pero fue sobre todo el paisaje bélico el que se modificó para siempre.
También se siente allí la presencia de los idos. Es otro puente con el pasado. Arthur Conan Doyle perdió a su hijo durante la Gran Guerra: dedicó el resto de su vida a impulsar estudios espiritistas, acaso para seguir junto a él, tal vez para pedirle perdón. Rudyard Kipling, otro escritor británico, la pluma del Imperio, escribió a favor de la guerra y utilizó cuanto medio tuvo hasta que su hijo fue enviado al Frente Occidental, solo para que muriera a los pocos días de llegar. Parece que era muy corto de vista y se asomó por un talud para espiar las trincheras alemanas.
Tras la guerra, Kipling escribió epitafios para los caídos. Uno de ellos dice:
SI ALGUIEN PREGUNTA POR QUE MURIERON,
CONTESTENLE: PORQUE NUESTROS PADRES NOS MINTIERON.
Es bueno preguntárselo: ¿qué se frustró en Malvinas? ¿Algo se realizó? ¿Vuelvo, efectivamente, a un lugar en el que nunca estuve? Visitar Malvinas, ¿es una forma de enterrar a nuestros muertos, los de esa guerra y los de otras? Visitar el cementerio de Darwin, ¿impedirá que la guerra siga matando en cada suicidado?
Hay muchas cosas por responder, muchas respuestas por escuchar. Muchas preguntas por hacer. Un viaje, sin duda, es una forma de pregunta. Volver a Malvinas es otra, teñida del regreso a un pasado propio y extraño a la vez.
Esta, lector, es la invitación. Pero antes, dos preguntas: ¿Qué hay en tus valijas? ¿Para qué, para quienes, dejaste lugar?”
FANTASMAS DE MALVINAS, un libro de viajes de Federico Lorenz








Se cava un pozo para seguir con vida




Se cava otro pozo


para el que no le sirvió de nada cavar











GURKAS
Mercenarios de perfil bajo  
(los únicos que los vieron   
ya no están)    
 
Cuchillos fantasmales  
cortando los sueños    
 
¿Pero acaso nosotros   
no veníamos del país de   
las picanas sobre panzas   
embarazadas?    
 
¿Quién le tenía que tener    
miedo a quién?




Cuando cayó el soldado Vojkovic
dejó de vivir el papá de Vojkovic  
y la mamá de Vojkovic y la hermana  
También la novia que tejía  
y destejía desolaciones de lana  
y los hijos que nunca  
llegaron a tener  
Los tíos los abuelos los primos  
los primos segundos  
y el cuñado y los sobrinos  
a los que Vojkovic regalaba chocolates  
y algunos vecinos y unos pocos  
amigos de Vojkovic y Colita el perro  
y un compañero de la primaria  
que Vojkovic tenía medio olvidado  
y hasta el almacenero  
a quien Vojkovic  
le compraba la yerba  
cuando estaba de guardia    
 
Cuando cayó el soldado Vojkovic  
cayeron todas las hojas de la cuadra  
todos los gorriones todas las persianas





A veces mirábamos nuestra sombra  
sobre el camino escarchado  
para cerciorarnos de que aún estábamos  
Entonces sí  
bebíamos de la cantimplora  
el agrio sabor de la existencia





MAOL-MHIN
Era terriblemente bello  
mirar en pleno bombardeo  
la suavidad con que caían  
los copos de la nieve





POR ROBAR COMIDA
¿Y si no fuera la atadura
que hizo el cabo y si yo fuera
un bicho verde sostenido por
alfileres y si fuera Gulliver
en el país de los enanos
y si fuera Jesús y si fuera el
costillar al asador del último
cumpleaños y si fuera el cordero
que maté esta mañana
y aún me mira y no me quita
ni un pecado y si fuera el mismo
cielo que se mete por los ojos
con este dolor titilando de tobillos
y muñecas y si yo fuera
todas las estrellas estaqueadas
constelando el desamparo
de esta noche?





FANTASMAS DE MALVINAS



PEDRO
“’More argentine dead are found an buried’. Fueron hallados y enterrados más muertos argentinos. En noviembre de 1982, el Penguin News informaba que desde el final de la guerra se habían encontrado y sepultado los cadáveres de cuarenta argentinos, que se agregaban a las fosas comunes ya identificadas construidas después de los combates.
Hasta llegar al cementerio de Darwin, los muertos argentinos estuvieron un tiempo en tumbas cavadas inmediatamente después de los combates, o quedaron a la intemperie varios meses porque era difícil llegar hasta ellos, o simplemente se desconocía su ubicación. Después de la guerra, se les hizo costumbre a muchos isleños coleccionar recuerdos de la batalla, más o menos grandes, importantes o peligrosos. Muchos isleños guardan fotos encontradas entre los despojos argentinos; otros, distintos objetos: cubiertos del rancho, balas, armas, cartas y partes del uniforme, o curiosidades como las cajitas de fósforos celestes y blancas con los barcos de la Armada Argentina coleccionables.
A finales de 1982, en un lugar del Monte Tumbledown conocido como ‘la terraza’, unos isleños que paseaban buscando souvenirs de la guerra encontraron el cuerpo de un combatiente argentino. Protegido por las rocas, estaba allí desde el final de la guerra, dizque aún en posición de tiro y con un balazo en la cabeza. Los pobladores avisaron a los Ingenieros Reales, que marcaron el lugar, y son quienes, finalmente, meses después, lo levantaron y trasladaron para enterrarlo en Darwin.
El Tumbledown es otro de los montes que hacen anillo alrededor de Puerto Stanley, y la historia de la batalla librada allí es la del Batallón de Infantería de Marina 5, el BIM 5. Esa unidad está orgullosa de ella. Su jefe durante la guerra, Carlos Robacio, escribió un libro minucioso donde relata la actuación de los infantes de marina en las islas, que entre muchas cosas sirve para ver las diferencias entre una unidad entrenada y con espíritu de cuerpo, y otros cuerpos menos preparados que en otros casos los conductores militares argentinos armaron y enviaron a las islas. Robacio permaneció en las Malvinas como prisionero hasta julio de 1982. En el ínterin, tuvo que enterrar junto a otros prisioneros a muchos de sus propios hombres.
--El BIM 5 no se rindió –dicen sus apólogos.
Y se aferran de esa idea, también, los que sostienen que la guerra se podría haber ganado.
La frase da idea de la desconexión del mando y los celos entre las fuerzas que imperaron durante toda la guerra. Lo cierto es que para el 14 de junio el BIM 5 había tomado nuevas posiciones, tras defender duramente el Monte Tumbledown, que a decir de los ingleses estaba formidablemente fortificado. Los infantes de marina del BIM 5 tienen asiento en Río Grande. Se trata de un batallón aclimatado y pertrechado para la guerra en el Sur, y que por eso sabía cosas tan elementales como que el terreno de Malvinas no se entrega si no se usan barretas de hierro para cavar las posiciones.
El BIM 5, cuentan propios y ajenos, combatió muy bien. Hay una fotografía frente a los galpones del muelle en la que se ve su última formación, pasando lista antes de entregar las armas y volver al Continente. Jóvenes soldados aplomados y barbudos, serenos y con la cabeza alta, algunos aún con las cintas de ametralladora alrededor del cuello. El BIM 5 se replegó en formación y bajo el fuego de la artillería británica rumbo a Stanley, cuentan los testigos, mientras los demás se desbandaban.
Pero si el gobernador militar de las islas se rindió, el BIM 5 también.
Sucede que cuando terminó la guerra, salvo el hundimiento del Belgrano, quedó la sensación de que la Marina no había hecho nada. Si el Ejército se autocriticó en su Informe de 1983, y la Fuerza Aérea salió indemne por propio mérito, si el Informe Rattenbach es un modelo de investigación y autojuzgamiento, lo mejor que produjo la Armada, como en tantas otras ocasiones, fue un eufemismo: es un libro que se titula No vencidos.
¿Qué quiere decir?
¿Que empataron?
¿Que vencieron?
--No nos derrotaron, pero perdimos.
--No está ni vivo ni muerto, está desaparecido.
La historia del BIM 5 es una forma de decir que la Marina también hizo su parte. Las hazañas de la aviación naval, también.
En el mismo libro donde Robacio describe los combates librados por la infantería de marina, defiende acaloradamente a algunos de sus subordinados, cuestionados por violaciones a los derechos humanos. No se puede criticar a ‘soldados con mayúscula’, dice Robacio, que hicieron lo que la Patria les ordenó. Uno de ellos, que estuvo en Malvinas a las órdenes de Robacio es Antonio Pernías, encargado de la Inteligencia en la ESMA, es decir, de torturar.
Robacio tiene razón. Fue en nombre de la Patria que hombres como Pernías perpetraron las atrocidades que perpetraron, y fue en nombre de la misma Patria que arriesgaron su vida en Malvinas. Por eso su libro, y tantos otros, son molestos: porque muestra la zona gris en la que está instalada la historia de Malvinas.
La cuestión será establecer si invocar el nombre de la Patria habilita para cualquier cosa, si no hay límites morales que una sociedad quiere establecer para quienes actúan en su nombre. Porque entonces, merecen ser honrados los que, frente a una orden inmoral, rechazan cumplirla: se constituyen, también en un ejemplo.
La cuestión es central para la memoria de Malvinas, porque no hubo unas fuerzas armadas que torturaron y otras que combatieron: fueron las mismas. Y fue una sociedad que vivió ambas experiencias, aunque con distintos grados de responsabilidad y distinto conocimiento y vivencia de ellas.
Hubo en Malvinas, eso sí, oficiales y suboficiales de carrera con mayor o menor jerarquía y por lo tanto grado de participación en la represión ilegal, y una masa abrumadoramente mayor de soldados conscriptos: ciudadanos bajo bandera.
Pero fue la concepción que pensó y ejecutó la represión ilegal la que produjo la guerra de Malvinas. Y la sociedad que apañó y se reflejó en fuerzas armadas que planificaron la masacre civil es la que avaló la recuperación de las islas.
La sociedad que muchas veces, todavía hoy, no se pregunta nada acerca de los límites morales que le permitirán identificar a aquellos a quienes quiere honrar.
Cuando se vuelve a las islas, cuando se camina entre las rocas duramente disputadas, frente a las cruces blancas, una pregunta asalta la fortaleza de las convicciones:
¿Qué cosas honra una nación cuando homenajea a sus muertos, a sus héroes, a sus valientes?
¿Qué están dispuestos a hacer los hombres en nombre de ella?
¿Qué es lo que hizo que el soldado Rolla muriera congelado en su puesto, montando guardia?
Volver a Malvinas es una forma, acaso la más complicada y contradictoria, de volver a pensar en la Argentina.
Esos pensamientos, que son generalizaciones abstractas, al mismo tiempo, no tiene mucho que ver con las historias individuales que los cerros cuentan. Pero son esos valores, contradictorios desde el presente, los que leídos y actuados de un modo único hicieron que muchos dejaran allí su vida o aceptaran arriesgarla.
Como el soldado que unos isleños encontraron montando guardia en el Monte Tumbledown. Al día de hoy, no se conoce su nombre. Después de que lo hallaron, tuvo que quedarse hasta enero de 1983 allí, cuando los restos argentinos fueron enterrados en el cementerio argentino de Darwin.
Por la posición y el difícil acceso al lugar, quienes lo encontraron pensaron que era un francotirador. En realidad, parece ser que durante la batalla, y a medida que sus compañeros caían o se replegaban, este soldado argentino fue cambiando de posición y disparando a los atacantes negándose a rendirse, hasta que finalmente fue muerto, no de un tiro en la cabeza, sino con una ametralladora y un cohetazo, menos romántico pero más eficaz. Parece ser, también, que los ingleses le pidieron a un oficial argentino capturado que lo convenciera de entregarse, pero el infante o suboficial de bigote continuó disparando hasta que lo mataron.
Es otro ‘soldado argentino solo conocido por Dios’, pero ignoramos su nombre, quien era. Para honrarlo, para saber por qué combatió del modo en que lo hizo. Debe de haber sido un suboficial, porque dicen los isleños que le pusieron ‘Pedro’, por el bigote y los rasgos, ‘bien latinos’.
‘Bien latinos’ para los descendientes de anglosajones o escoceses isleños que lo encontraron.
Las caricaturas británicas de los tiempos de la guerra están llenos del arquetipo del suboficial argentino, de mostacho grueso y rasgos aindiados, perezoso como los ratones de Speedy González. A veces los bautizan ‘Pedro’, la mayoría ‘Pancho’, pero todas son el modelo de la pereza con ponchos y sombreros de charro. No importa la mezcla.
Hay un chiste que muestra a dos de estos bigotudos en una cama matrimonial, y uno le dice al otro:
--¡Que pesadilla Pancho! Soñé que los ingleses tomaban Puerto Stanley.
El chiste está en que la cama va cargada arriba de un camión que dice ‘Argentinos atrapados durmiendo la siesta’, que rumbea a un campamento de POW (prisioneros de guerra).
Malvinas, para el común de los ingleses, estaba tan dentro de la misma bolsa del ‘resto del mundo que fue colonia’ que ni siquiera existía hasta la guerra. Los argentinos tampoco.
Una vez, de visita en la casa de un amigo, en Kent, me mostró que su vecino tenía una llama de mascota. Entre setos cortados al milímetro y casas que parecían las de los hobbits, un animal blanco y grande rumiaba con nostalgia. También se llamaba ‘Pedro’. Era ‘Pedro the lama’.
Y ni siquiera Pedro, sino ‘Pidro’.
A lo mejor, no se les puede pedir otra cosa a los educados en un Imperio.
Pero seguramente ahora mismo, mientras pienso todo esto mirando al Tumbledown, alguien anota que ‘tengo un amigo en Kent’, o sea que seguramente soy un agente pagado por los ingleses, o acaso se regodee mientras escribe la palabra cipayo, y se enoja porque no puedo ‘mezclar a Malvinas con la política’, y encima cuestiono a la Patria.
Son los mismos cretinos que se refugian en esa retórica aintiimperialista y nacionalista pero sostienen la estructura de la dependencia que dicen aborrecer. Nacionalistas del Jockey Club y del Círculo de Oficiales, que ayer salían a cazar bolcheviques, luego peronistas, y hoy arman páginas de Internet para denunciar a los traidores a la patria.
Los que dicen que es mejor tener ‘conscriptos del interior’ porque son más sumisos y obedientes.
Los que siguieron estaqueando a su gente como en tiempos de paz, si cabe la expresión, para que vieran quien manda, cuando las bombas inglesas caían sobre ellos.
Los oficiales que comían distinto que sus hombres, porque hay raciones para oficiales y raciones para la tropa.
Y porque en tiempos de paz también hay raciones de primera, de segunda, y ni siquiera raciones.
Porque en última instancia lo que hay que defender son las jerarquías.
Primos hermanos de los que desde la vereda opuesta arrojan a Malvinas, a los vivos y a los muertos a las aguas del olvido, porque desde que la rancia derecha se cargó a los símbolos y a la Historia no se atreven a dar batalla por recuperarlos.
Los profesores y leguleyos que siempre tienen la patria a mano y se saben el mapa de Malvinas de memoria, pero piensan que sus alumnos no merecen lo que enseñan porque se imaginan a la Patria rubia y de ojos verdes. Como ese docente de Rosario que en 2005 les dijo a sus alumnos, entre los que estaba el hijo de un ex combatiente:
--Esos negritos de mierda que trajeron del Norte solo servían para hacer mate cocido. Después, los llevaron allá y se cagaron muriendo.
José Chaparro, el chico que lo escuchó, lo increpó, los padres protestaron, pero por supuesto al profesor ‘lo sacaron de contexto’, y ‘si tenía que pedir disculpas lo hacía, pero él no había dicho eso’.
A lo mejor, no se les puede pedir otra cosa a los educados en un Imperio.
Mario Chaparro, el papá de José, también fue infante de marina en Malvinas, como ‘Pedro’.
Hay un lugar en el que los extremos opuestos se tocan, porque lo son solo en apariencia. La patria que es una y para todos como lo aprendimos se nos queda corta cuando nos metemos con los privilegios y las diferencias de clase.
Aunque ya lo hayan enterrado, ‘Pedro’ sigue en su puesto en el Tumbledown escuchando las historias que se arman a costillas de él, que hizo lo que había aprendido a hacer. Me gusta imaginarlo aún en su posición, entre las rocas, disparando preguntas molestas sobre nosotros.”
FANTASMAS DE MALVINAS, un libro de viajes de Federico Lorenz



EL ÚLTIMO ENEMIGO
Jorge se despertaba
entre la tempestad del fuego
con esa tos de cañoneo
que no se le iba nunca
y antes del desayuno
se afeitaba en un pedazo
de espejo que latía
 
Esa mañana besó
a sus hijos a su mujer
besó como el sueño
profundo y suave
besó de una manera
imperdonable y dulce
 
Más tarde en el baño de un bar
sacó un revólver y disparó
justo en el lugar donde
se apostaba la tristeza












BRINDIS
Subía y bajaba colinas
hasta llegar al soldado Sañisky
Le daba un abrazo
le ponía entre las manos
mi paquete de Marlboro
esto es tuyo -le decía-
es todo lo que tengo
y nos dedicábamos a echar humo
igual que aquellos agujeros
que de pronto aparecían
en la turba como un
acné irremediable
 
Hoy cuando nos juntamos
en algún cumpleaños
y enciendo un cigarrillo
sentimos que estamos allá de nuevo
Entonces mi amigo
–que ya no fuma-
me pone en la mano
una copa de vino
y miramos cómo corren
nuestros hijos
cómo hablan nuestras mujeres
 
Y porque aún nos perdura
la tristeza es que estamos felices
y porque sabemos que de alguna
manera no nos han vencido
es que brindamos

Los poemas pertenecen al libro inédito SOLDADOS de Gustavo Caso Rosendi.



SOLDADOS - Gustavo Caso Rosendi

FEDERICO LORENZ

TUMBLEDOWN


PACHACUTEC

PACHACUTEC

ARGENTINA ES TU MUNDO. DATE UNA VUELTA

A TREINTA Y CUATRO AÑOS DE MALVINAS

115 NIETOS RECUPERADOS

SOLO VOS