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miércoles, 13 de junio de 2012














Blhoja 067 - A 30 AÑOS DE MI VIAJE INOLVIDABLE


1982 - 2012. A 30 AÑOS DE LA GUERRA DE MALVINAS

Junio 
14

La bandera como disfraz

                                       En el día de hoy de 1982, la dictadura argentina perdio
                                    la  guerra.  Mansamente se rindieron, sin que  se  hicieran
                                    ni  un  tajito al afeitarse,  los generales  que  habían jurado
                                    dar la vida por la recuperación de las islas Malvinas, usur-
                                    padas por el imperio británico.
                                       División militar del  trabajo:  estos  heroicos  violadores 
                                    de mujeres atadas, estos  valientes  torturadores  y ladro-
                                    nes de bebés y de todo lo que pudieron robar, se  habían
                                    ocupado  de las  arengas  patrioteras, mientras mandaban
                                    al  matadero a  los jóvenes reclutas de las provincias  más
                                    pobres, que  en  aquellas lejanas islas del sur murieron  de
                                    bala o de frío.
                                                                                               Eduardo Galeano
                                                                                 LOS HIJOS DE LOS DIAS
                                                                                                                   2012



9 DE ABRIL DE 1982


Volando a Malvinas en un Focker de la Armada Argentina:






Una calle de PUERTO RIVERO (luego llamado PUERTO ARGENTINO), visto desde la caja de un camion Mercedes Benz de la Armada Argentina:




Costanera (al este de Puerto Argentino)




10 DE ABRIL DE 1982


Monte Tumbledown (al este de Puerto Argentino)













MEDIADOS DE ABRIL DE 1982


En una de las tres posiciones de Mortero 60 en la cima del Monte Tumbledown apuntando en dirección sudoeste







13 DE JUNIO DE 1982

Durante la noche del 13 de junio, cayo muerto Diego Ferreyra luego de haber recibido los impactos de las esquirlas de uno de los proyectiles que cayeron en la zona donde estaba nuestro campamento.
Sus padres en la provincia de Corrientes se enteraron de su muerte por medio de un telegrama.

Entre la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio, luego de replegarnos hacia el puesto comando, Juan Carlos Dávalos se separó del grupo y nunca mas lo volvimos a ver. Tras una intensa búsqueda y al comprobar que no se encontraba entre las listas de prisioneros, se lo dio por desaparecido y luego por muerto.
Un tiempo después de haber regresado al batallón, el teniente jefe de la compañía, acompañado por un cabo segundo, viajaron al pueblo de Juan Carlos en la provincia del Chaco, llevando una valija que era de su propiedad con ropas y regalos para sus padres (según contó muchas veces Juan Carlos), ademas de un par de zapatos, la gorra y el traje de gala de infante de marina (seleccionados entre los que se encontraban en mejor estado) y una bandera argentina.
Sus padres recibieron un par de trapos a cambio de su hijo.

Los dos cumplían con el servicio militar obligatorio.







Se asoman cada noche 

uniformados de musgo  

desde la tierra parturienta 
 
Miran las luces del muelle 
 
y todavía sueñan  

con regresar algún día 
 
Oler de nuevo el barrio 
 
y correr hacia la puerta  

de la casa más triste  

y entrar como entran  

los rayos del sol 
 
por la ventana
  
en la que ya nadie 
 
se detiene a mirar 
 
donde ya nadie 
 
espera la alegría


Gustavo Caso Rosendi
Soldados




20 DE JUNIO DE 1982

Puerto de Ushuaia. Desembarcando del Rompehielos Almirante Irizar (convertido en buque hospital durante la guerra) 

Seis días después de la rendición y tras haber estado prisioneros en el aeropuerto de Puerto Argentino, llegamos al puerto de Ushuaia en la mañana del 20 de junio, desde allí fuimos trasladados al aeropuerto y volamos a Río Grande, donde se encontraba el batallón al que pertenecíamos. BIM 5.






miércoles, 18 de enero de 2012












Blhoja 060 – FRAGMENTOS DEL CRUCE DE LOS ANDES


San Martín de los Andes

Para los que tuvimos la suerte de conocer nuestra hermosa provincia de Mendoza y acercarnos al pie de una de las cordilleras mas altas del mundo, la frase ‘San Martín cruzó los Andes’ dejó de ser un versito escolar. Enternece y conmueve pensar en aquellos hombres mal vestidos, mal montados, mal alimentados, pero con todo lo demás muy bien provisto como para encarar semejante hazaña. Y detrás y delante de ellos un hombre que no dormía pensando en complicarle la vida al enemigo y hacer justicia con la memoria de los que lo habían intentado antes que él.
No lo ganaba la soberbia. Podía confesarle a sus mejores amigos: ‘lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes’. (1)
Había que pensar en todo, en la forma de conservar la comida fresca, sana, proteica y calórica. Entre los aportes del pueblo cuyano, no faltó la sabiduría gastronómica expresada en una preparación llamada ‘charquicán’, un alimento preparado con carne secada al sol, tostada y molida, y condimentada con grasa y ají picante; bien pisado, se transportaba en mochilas que alcanzaban para ocho días, se preparaba agregándole agua caliente y harina de maíz.


Ante la falta de cantiploras, utilizó los cuernos vacunos para fabricar ‘chifles’, que resultaron indispensables para la supervivencia en el cruce de la cordillera.
Pocos meses antes de iniciar una de las epopeyas más heroicas que recuerde la historia militar de la humanidad y en plenos preparativos, San Martín impuso a sus soldados y oficiales el Código de Honor del Ejército de los Andes, que entre otras cosas sentenciaba:

            
             ‘La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas  
para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto mas virtuosa y honesta, cuando es creada para conservar el orden, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los malvados que serían mas insolentes con el mal ejemplo de los militares. Las penas aquí establecidas y las que se dictasen según la ley serán aplicadas irremisiblemente: sea honrado el que no quiera sufrirlas: la Patria no es abrigadora de crímenes’. (2)


A pesar de las enormes dificultades, aquel ejército popular pudo partir hacia Chile en enero de 1817. Allí iba el pobrerío armado y los esclavos liberados, todos con la misma ilusión.
El médico de la expedición fue James Paroissien, un ingés de ideas liberales radicado en Buenos Aires desde 1803. Cuando estalló la revolución, ofreció sus servicios al nuevo gobierno y fue designado cirujano en el Ejército Auxiliar del Alto Perú. En 1812 se hizo ciudadano de las Provincias Unidas y el Triunvirato le encargo la jefatura de la fábrica de pólvora de Cordoba. Allí San Martín lo invitó a sumarse a sus planes y Paroissien fue el Cirujano Mayor del Ejército de los Andes.


A poco de emprender la marcha, San Martín daba cuenta de lo precario del aprovisionamiento de aquel ejército:


              ‘Si no puedo reunir las mulas que necesito, me voy a pie… sólo los artículos que me faltan son los que me hacen demorar este tiempo. Es menester hacer el último esfuerzo en Chile, pues si ésta la perdemos, todo se lo lleva el diablo. El tiempo me falta para todo, el dinero ídem, la salud mala, pero así vamos tirando hasta la tremenda’. (3)


San Martín había ordenado que dos divisiones, una al mando del general Miguel Estanislao Soler y la otra al mando de Bernardo O´Higgins, cruzaran por el Paso de los Patos, y otra, al mando de Las Heras, marchara por el Paso de Uspallata con la artillería. Otra división ligera, al mando de Juan Manuel Cabot, lo haría desde San Juan por el Portezuelo de la Ramada con el objetivo de tomar la ciudad chilena de Coquimbo. Otra compañía ligera cruzaría desde La Rioja por el paso de Vinchina para ocupar Copiapó. Finalmente, el capitán Ramón Freyre entraría por el planchón para apoyar a las guerrillas chilenas.
En total eran 5200 hombres. Llevaban 10000 mulas, 1600 caballos, 600 vacas, apenas 900 tiros de fusil y carabina; 2000 balas de cañon, 2000 de metralleta y 600 granadas.
En varios tramos del cruce de los Andes, San Martín debió ser trasladado en camilla a causa de sus padecimientos. La salud de San Martín era bastante precaria. Padecía de problemas pulmonares –producto de una herida producida en una batalla en España en 1801-, reuma y úlcea estomacal. A pesar de sus ‘achaques’, siempre estaba dispuesto para la lucha y así se lo hace saber a sus compañeros:


      ‘Estoy bien convencido del honor y patriotismo que adorna a todo oficial del Ejército de los Andes; y como compañero me tomo la libertad de recordarles que de la íntima unión de nuestros sentimientos pende la libertad de América del Sur. A todos es conocido el estado deplorable de mi salud, pero siempre estaré dispuesto a ayudar con mis cortas luces y mi persona en cualquier situación en que me halle, a mi patria y a mis compañeros’. (4)



Los hombres del ejército libertador tuvieron que soportar grandes cambios de clima. La sensación térmica se agudiza con la altura. De día el sol es muy fuerte y se llega a temperaturas de más de 30 grados y durante la noche el viento helado, con mínimas de 10 grados bajo cero, puede llevar al congelamiento. Durante la travesía la altura promedio fue de 3000 metros, lo que provocó en muchos hombres fuertes dolores de cabeza, vómitos, fatiga e irritación pulmonar.




- (1) Carta de San Martín a Tomás Guido. Archivo Tomás Guido en el Archivo General de la Nación.
- (2) Capdevila, ob. cit.
- (3) Carta a Guido del 15 de diciembre de 1816, en Capdevila, ob. cit.
- (4) Otero, ob. cit.


FELIPE PIGNA: 
Los mitos de la historia argentina 2  (de San Martín a “el granero del mundo”)









La loca del 11


El 4 de febrero de 1817, la columna del general Gregorio de la Heras casi terminaba de cruzar los Andes por el paso de Uspallata y se acercaba al río Juncal. El regimiento 11 tomó la avanzada y debía enseñar la ruta al resto. Una noche, advertida de que estaba próxima a toparse con una guardia realista, una compañía del 11, al mando del teniente Román Deheza, se encontró en lo que parecía ser un callejón sin salida.
La expedición no daba con el paso que posibilitara franquear la montaña. Hasta que Deheza y sus hombres vieron una sombra que les hacía señas. Se acercaron con cautela y descubrieron a una mujer harapienta y de semblante tenebroso que gesticulaba, señalando un punto en la montaña. Lo tomó del brazo a Deheza y lo obligó a retroceder con ademanes desesperados. Los soldados siguieron a la mujer y al teniente por un camino que terminó desembocando en un valle, donde los patriotas divisaron los fogones del enemigo. La mujer les había salvado el pellejo porque, sin darse cuenta, estaban metiéndose en la boca del lobo.
Guardia Vieja, el lugar donde estaba la guarnición enemiga de cien hombres, era el primer puesto custodiado en el camino a Chile. El mayor Enrique Martínez tomó por asalto el reducto, con 150 fusileros, treinta granaderos y la insólita guía. En la acción, murieron 25 realistas y 45 fueron tomados prisioneros. Los patriotas no tuvieron bajas, salvo cinco soldados con heridas leves. Cuando todo terminó, los del regimiento 11 buscaron a ‘la Loca’ –así la habían bautizado-, pero había desaparecido.


Para la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, San Martín dispuso a su ejército en dos grandes columnas, comandadas por Miguel Estanislao Soler y Bernardo O´Higgins. En el grupo de Soler  venía Las Heras con los del 11. El plan de San Martín era que O´Higgins atacara de frente a los realistas y que en medio del entrevero apareciera de costado la columna de Soler para definir la batalla.
Pero O´Higgins no esperó la señal que debía anunciarle que la otra columna ya estaba lista. Atacó yendo más allá de lo establecido y su negligencia pudo haber comprometido la victoria. San Martín se enfureció con el chileno y tambien con Soler porque no caía sobre el enemigo, como estaba programado. No sabía que estaba retrasado porque se había topado con una quebrada que no lograba atravesar. Los del 11 se lamentaban que no estuviera por allí la baqueana que los había ayudado en Guardia Vieja. En medio del desconcierto, una vez más, la salvación llegó de la mano de la misteriosa mujer.
-¡La Loca! ¡La Loca! –gritaron los soldados del 11 cuando la vieron asomarse entre las rocas.
La harapienta les mostró el camino. Barajaron al campo, emparejaron las fuerzas y resolvieron la batalla.
Al día siguiente, en el hospital de campaña, reapareció la baqueana. Acompañaba el cadáver mutilado de un oficial español. Reía a carcajadas y le besaba las heridas. El espectáculo era macabro y los patriotas decidieron enterrar al muerto. Ella acompañó a los cavadores y cuando todos se retiraron, se quedó bailando alrededor de la tumba.
La lúgubre historia recorrio el campamento y, al salir el sol, un contingente de soldados curiosos se encaminó a la ya famosa tumba. Allí estaba la Loca; había desenterrado el cuerpo y lo contemplaba con regocijo. Un soldado del batallón 1º de los Cazadores de los Andes, Francisco Vasconcellos, gritó estupefacto: ‘¡Niña Blanca!’.
La ‘Loca del 11’ era Blanca Riquelme, una chilena que había visto morir a sus padres degollados por los realistas, luego del desastre de Rancagua, en 1814. Con un shock emocional a cuestas, había estado vagando por la cordillera. Vasconcelos, quién la reconoció, había sido peón en la hacienda de don Riquelme.
Y el cadáver era de un oficial español del feroz regimiento Talaveras, responsable del degüello de los padres de Blanca.


DANIEL BALMACEDA: 
Espadas y corazones (Pequeñas delicias de los héroes y villanos de la historia argentina)





















sábado, 29 de enero de 2011











Blhoja 042 – TAHUANTINSUYU 2008 II: Bolivia











A media mañana del último día de marzo estábamos cruzando el puente que une a La Quiaca con la población boliviana de Villazón. Mientras recorría esos, quizás, cincuenta metros me detuve a ver el río que hace de frontera y me acorde del maestro Saramago cuando le preguntaba a los peces del río Duero o Douro, según el país en que estaba: España o Portugal, “en que lengua habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas…”; aquí si bien no había problema de idioma el fuerte olor me insinúo que en esas escasas aguas podridas no había ser que pudiera vivir, por lo tanto, sin peces a quienes hacerle esa pregunta, se me ocurrió otra, pero esta fue al río: ¿cual es la población que mas contamina tus infortunadas aguas?, con la respuesta pendiente y seguro que nadie me la iba a responder, seguí camino y continué con los papeleos del caso.
Ni bien se sale de la aduana, comienza el principal atractivo de este poblado. Coloridas viviendas de dos y tres plantas, dan marco a la calle de los comercios. Uno tras otro se amontonan sobre las dos veredas y durante varias cuadras ofreciendo todo tipo de mercaderías: ropas, juguetes, electrónica, zapatillas, ponchos, artesanías, verduras, devedés, carritos cargados con “detodo”… mujeres ofreciendo sus atributos culinarios, desde sopas hasta salteñitas, empanadas que nada tienen que ver con las empanadas salteñas del norte argentino, sino que son una explosión líquida que consigue, si no mancharte la ropa, si enchastrarte los dedos, pero con un sabor exquisito.
Uno de los tantos taxis nos acercó hasta la estación de trenes y compramos los pasajes, dejamos los bolsos en un depósito y volvimos a la calle comercial.
Luego de un paciente recorrido entre relojes, zapatillas, radiodespertadores, jeans, muñecas barbies, perfumes e infinidad de objetos de importantes marcas pero de dudoso certificado original,  una joven nos invitó a pasar por un rico almuerzo y tras subir unas estrechas escaleras nos encontramos con un pequeño comedor atendido por su dueña. La especialidad: empanadas.

                             


A las 15,30 partió el “Wara Wara del Sur” rumbo a Oruro. Teníamos más de quince horas de trayecto y las ganas del viaje en tren se satisfacían plenamente.
En un momento comenzamos una discusión con unas pasajeras que despreciaban en gran forma al presidente Morales y a su ministra de Cultura “una colla que ni siquiera se saca el sombrero en las reuniones” dijo una de ellas que no tenía otra pinta mas que de una colla sin la típica vestimenta pero que evidentemente renegaba de su origen. No pasó a mayores, pero quedó en claro que adheríamos fervientemente al gobierno de Evo y su reforma del Estado donde el poblador originario comenzaba a recuperar su dignidad. Por esos días había una fuerte lucha de clases en la zona de Santa Cruz, donde los “blancos” golpearon a mansalva a muchos aborígenes en clara advertencia  a Evo por sus decisiones políticas de igualdad.


Oruro nos recibió por unas horas y junto a Mariela y a Ernesto, una pareja de Buenos Aires que conocimos en el tren, recorrimos sus calles principales luego de un reconfortante almuerzo.



Aquí comencé a sentirme extranjero. Si bien era mi primer viaje al NOA y por el presuroso paso por sus importantes capitales no logre reconocer a sus pobladores, que en su mayoría son descendientes de pueblos originarios o mestizos, sabía que estaba en mi país. El paso a Villazón, a otra nación, no lo distinguí salvo por la rutina de la aduana, ya que no se ve tanta diferencia con su vecina La Quiaca, mas que por el prolífico comercio. En cambio Oruro era distinta. Había otro olor, otro color, otro cielo. Fue como la puerta de entrada a otra cultura que poco a poco, en el transcurrir del viaje me fue atrapando y sorprendiéndome gratamente hasta dejarme prendado. El Tahuantinsuyu me abría las puertas de su maravilloso encanto. Auque aún, no lo sabía.





El sol se estaba ocultando y apareció La Paz a un lado del colectivo. La imagen fue impactante. Como en un hondo plato la ciudad descansaba en el fondo y en sus bordes. Predominaba el color naranja y aparecían manchones de color verde y miles de pequeños puntos blanquecinos



De pronto el sol se ocultó y de entre unos nubarrones apareció majestuoso el Illimani con su cima blanca, como un anciano protegiendo a sus pequeños.




Nos alojamos a dos cuadras de la Plaza Murillo, esa mañana al llegar nos encontramos con un puñado de periodistas con cámaras fotográficas y filmadoras, siguiendo pertinazmente a un político que caminaba desde el edificio del Poder Legislativo hasta el Palacio Quemado, media cuadra de hostigamiento a este hombre que seguramente trataba de mejorar esta dura situación política que estaba atravesando Bolivia, entre tanta intención de mejorar la realidad de los mas postergados y la dura lucha que peleaba el sector del poder económico para que todo siga en su sitio, que nada cambie.


 Ajenas o no a tanta tensión, envueltas en su blanca y rígida postura, ocho hermosas damas giraban alrededor del monumento central de la plaza, acompañadas de cientos de palomas que revoloteaban en esta cálida mañana paceña, en busca de algunos paseantes bondadosos que les provea algún alimento, quienes ya a esta hora encontraban descanso en los bancos de madera lustrada. La típica foto de una plaza central rodeada de los mas importantes edificios de la ciudad: El Palacio de Gobierno, el Congreso Nacional, la Catedral Metropolitana y otras tantas antiguas construcciones  que conforman el Casco Viejo de Nuestra Señora de La Paz.








En la esquina que forman la Catedral y el Museo Nacional de Arte, la calle Socabaya cae por el sudoeste y desparece dejando ver al fondo, enmarcada por estos edificios, centenares de viviendas que se elevan y se pierden en el nuboso cielo. Allí mismo la calle Comercio se transforma en peatonal, que a esta hora está casi vacía, salvo algunos transeúntes y muchos policías que impiden el paso de quienes no trabajen por la zona y que no tengan cara de turista.







Entre el caos vehicular y humano que se mueve alocadamente se eleva la Basílica de San Francisco que data de mediados del siglo XVIII. Hombres, mujeres, niños y turistas se entrecruzan en el apurado tráfico  de taxis, colectivos y vehículos particulares que poco obedecen a las pobres cebras acaloradas que intentan poner un poco de  educación vial a tanto desorden. De pronto un oasis junto a la basílica, una calle empedrada sube sin prisa y transforma el barullo en un paseo de edificaciones antiguas transformadas en comercios de artesanías donde se mezclan lo moderno con lo ancestral, coches último modelo y collas con sus significativas vestimentas. Pero a unas pocas cuadras, el automóvil toma el poder de las callecitas empedradas y se afana por llegar primero a ninguna parte y se forma un tejido tan apretado que cuesta mucho desatar esa maraña de chapa. Y uno se acostumbra y se va metiendo en esta babel fascinante que particularmente me dejo prendado, y que en los días que disfruté esta ciudad, nunca falte a la cita con este barrio, ya sea de mañana, de tarde o de noche.

                      








El corazón de la ciudad es la Plaza del Estudiante, al final del Prado. 
El Paseo del Prado es una popular avenida con un gran cantero central donde se unen el sosiego y el gran número  de transeúntes que recorren sus cuadras repletas de negocios, bares, restaurantes, museos. 
Numerosas estatuas a los héroes del país desfilan por el paseo, desde la de Simón Bolívar, la Madre Patria, al Soldado Desconocido en homenaje a los miles de muertos en la infame Guerra del Chaco, donde con su país hermano de Paraguay prestaron sus hombres para morir por peleas de empresas petrolíferas extranjeras como la Standard Oil y la Royal Deutch Shell. 
También está la estatua de Cristóbal Colón, en estos tiempos, tal vez, como otro símbolo de la destrucción

En la Plaza Isabel La Católica, un bus turístico sale para recorrer la ciudad hasta el Valle de la Luna: a unos 10 km. del centro de La Paz, uno se encuentra con cuadro extraño y desconcertante, mucho mas si luego se entera que eso fue parte de una montaña que con el correr de los siglos se fue erosionando debido a su formación arcillosa y se transformó en este paisaje semidesértico con curiosas formaciones que se elevan en forma de tubo como un gran campo colmado de estalagmitas blancuzcas.


Antes de partir hacia Copacabana, a orillas del Lago Titicaca sector boliviano, comprendí perfectamente eso de que La Paz, “es una ciudad que te mantiene sin aliento”.


Temprano por la mañana del 3 de abril, partimos hacia Copacabana. Luego de unas horas de viaje llegamos al Estrecho de Tiquina. Aquí la ruta terrestre termina y se transforma en ruta acuática. El Lago Titicaca se angosta hasta algo mas de 700 metros y un grupo de lanchones se encargan de cruzar los mini buses, mientras que por otro lado, los pasajeros, son transportados en grupos de 20 o 30 por unas lanchas mas pequeñas. Estaba muy nublado esa mañana y ver las aguas oscuras del lago a mayor altura en el mundo, era de no creer, principalmente por que fue una marca importante en la niñez, eso de tener oculta una mala palabra lo hacía mas sugestivo.


Si bien Copacabana es una importante población ribereña sobre el Lago Titicaca y capital de la provincia de Manco Capac, además de ser un centro de peregrinación a la virgen de Copacabana, españolizada de la diosa andina Copakawana, similar a la griega Afrodita; mi interés principal era visitar la Isla del Sol. Según la mitología, es aquí donde Manco Capac y Mama Ocllo salen con sus varas mágicas y fundantes en busca de tierras fértiles y así llegan al Cuzco, que según Gracilaso de la Vega (1609), esta palabra proviene del quechua Qosqo y siginifica “ombligo del mundo”, centro que se transformó  en el eje fundamental del crecimiento del “imperio” Inca.


Difícil de describir este sublime paisaje, lleno de verdes y azules en todas sus gamas que predominan por doquier. Sería muy pretencioso querer referir con palabras lo que la maravilla de la naturaleza brinda en ese lugar, quizás las fotos que acompañan este relato ayuden a tener una mínima noción, es que va mucho mas allá de una imagen, se suman olores, sabores, piel, y la transmisión apasionada de una historia que en el transcurrir del viaje me fue embriagando de emociones. No se si voy a lograr transmitir todo eso en estas blhojas, es que hubo mucho mas que un viaje a una zona específica; hubo un viaje a un mundo paradójico, pero a la vez tan real. 




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A TREINTA Y CUATRO AÑOS DE MALVINAS

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