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miércoles, 1 de junio de 2011











Blhoja 048 – TAHUANTINSUYU 2008 VI – Perú: Alturas del Macchu Picchu


El Machu Picchu es un lugar incomparable: por lo que es, por lo que representa y por el lugar geográfico donde se encuentra. Nadie que lo visite puede quedar indiferente a tal maravilla, pero esta vez no voy a escribir nada sobre él,  Pablo Neruda ya lo hizo en su Canto General de 1950 las ALTURAS DE MACCHU PICCHU, donde lo dice todo:



I

Del aire al aire, como una red vacía,
iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo,
en el advenimiento del otoño la moneda extendida
de las hojas, y entre la primavera y las espigas,
lo que el más grande amor, como dentro de un guante
que cae, nos entrega como una larga luna.

(Días de fulgor vivo en la intemperie
de los cuerpos: aceros convertidos
al silencio del ácido:
noches deshilachadas hasta la última harina:
estambres engreídos de la patria nupcial.)

Alguien que me esperó entre los violines
encontró un mundo como una torre enterrada
hundiendo su espiral más debajo de todas
las hojas de color de ronco azufre:
más abajo, en el oro de la geología,
como una espada envuelta en meteoros,
hundí la mano turbulenta y dulce
en lo más genital de lo terrestre.

Pula la frente entre la olas profundas,
descendí  como gota entre la paz sulfúrica,
y, como un ciego, regresé al jazmín
de la gastada primavera humana.








II

Si la flor a la flor entrega el alto germen
y la roca mantiene su flor diseminada
en su golpeado traje de diamante y arena,
el hombre arruga el pétalo de la luz que recoge
en los determinados manantiales marinos
y taladra el metal palpitante en sus manos.
Y pronto, entre la ropa y el humo, sobre la mesa hundida,
como barajada cantidad, queda el alma:
cuarzo y desvelo, lágrimas en el océano
como estanques de frío: pero aún
mátala y agonízala con papel y con odio,
sumérgela en la alfombra cotidiana, desgárrala
entre las vestiduras hostiles del alambre.

No: por los corredores, aire, mar o camino,
quién guarda sin puñal (como las encarnadas
amapolas) su sangre? La cólera ha extenuado
la triste mercancía del vendedor de seres,
y, mientras en la altura del ciruelo, el rocío
desde mil años deja su carta transparente
sobre la misma rama que lo espera, oh corazón, oh frente triturada
entre las cavidades del otoño.

Cuantas veces en las calles de invierno de una ciudad o en
un autobús o un barco en el crepúsculo, o en la soledad
más espesa, la de la noche de la fiesta, bajo el sonido
de sombras y campanas, en la misma gruta del placer humano,
me quise detener a buscar la eterna veta insondable
que antes toqué en la piedra o en el relámpago que el beso desprendía.

(Lo que en el cereal como una historia amarilla
de pequeños pechos preñados va repitiendo un número
que sin cesar es ternura en las capas germinales,
y que, idéntica siempre, se desgrana en marfil
y lo que en el agua es patria transparente, campana
desde la nieve aislada hasta las olas sangrientas.)

No pude asir un racimo de rostros o de máscaras
precipitadas, como anillo de oro vacío,
como ropas dispersas hijas de un invierno rabioso
que hiciera temblar el miserable árbol de las razas asustadas.

No tuve sitio donde descansar la mano
y que, corriente como agua de manantial encadenado,
o firme como grumo de antracita o cristal,
hubiera devuelto el calor o el frío de mi mano extendida.
Qué era el hombre? En que parte de su conversación abierta
entre los almacenes y los silbidos, en cuál de sus movimientos metálicos
vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?








III

El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable
granero de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete, al ocho,
y no una muerte, sino muchas muertes, llegaba a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte de las alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo,
el ganadero: el hijo de los puertos, o el capitán oscuro del arado,
o el roedor de las calles espesas:
todos desfallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria:
y su quebranto aciago de cada día era
como una copa negra que bebían temblando.








IV

La poderosa muerte me invitó muchas veces:
era como la sal invisible en las olas,
y lo que su invisible sabor diseminaba
era como mitades de hundimientos y altura
o vastas construcciones de viento y ventisquero.

Yo al férreo filo vine, a la angostura
del aire, a la mortaja de agricultura y piedra,
al estelar vacío de los pasos finales
y a la vertiginosa carretera espiral:
pero, ancho mar, oh muerte!, de ola en ola no vienes,
o como los totales números de la noche.

Nunca llegaste a hurgar en el bolsillo, no era
posible tu visita sin vestimenta roja:
sin auroral alfombra de cercado silencio:
sin altos y enterrados patrimonios de lágrimas.

No pude amar en cada ser un árbol
con su pequeño otoño a cuestas (la muerte de mil hojas),
todas las falsas muertes y las resurrecciones
sin tierra, sin abismo:
quise nadar en las más anchas vidas,
en las más sueltas desembocaduras,
y cuando poco a poco el hombre fue negándome
y fue cerrando paso y puerta para que no tocaran
mis manos manantiales su inexistencia herida,
entonces fui por calle y calle y río y río,
y ciudad y ciudad y cama y cama,
y atravesó el desierto mi máscara salobre,
y en las últimas casas humilladas, sin lámpara, sin fuego,
sin pan, sin piedra, sin silencio, solo,
rodé muriendo de mi propia muerte.








V

No eras tú, muerte grave, ave de plumas férreas,
la que el pobre heredero de las habitaciones
llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía:
era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:
un átomo del pecho que no vino al combate
o el áspero rocío que no cayó en la frente.
Era lo que no pudo renacer, un pedazo
de la pequeña muerte sin paz ni territorio:
un hueso, una campana que morían en él.
Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos
en los pobres dolores que mataban la muerte,
y no encontré en la herida sino una racha fría
que entraba por los vagos intersticios del alma.








VI

Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.

Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos de maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada salió de la vucuña
a vestir los amores, los túmulos, las madres,
el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos,
el vestigio del agua en la oquedad sonora,
la pared suavizada por el tacto de un rostro
que miró con mis ojos las lámparas terrestres,
que aceitó con mis manos las desaparecidas
maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
palabras, vino, panes,
se fue, cayó a la tierra.

Y el aire entró con dedos
de azahar sobre todos los dormidos:
mil años de aire, meses, semanas de aire,
de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos
lustrando el solitario recinto de la piedra.









VII

Muertos de un solo abismo, sombras de una hondonada,
la profunda, es así como el tamaño
de vuestra magnitud
vino la verdadera, la más abrasadora
muerte y desde las rocas taladradas,
desde los capiteles escarlata,
desde los acueductos escalares
os desplomasteis como en un otoño,
en una sola muerte.
Hoy el aire vacío ya no llora,
ya no conoce vuestros pies de arcilla,
ya olvidó vuestros cántaros que filtraban el cielo
cuando lo derramaban los cuchillos del rayo,
y el árbol poderoso fue comido
por la niebla, y cortado por la racha.

Él sostuvo una mano que cayó de repente
desde la altura hasta el final del tiempo.
Ya no sois, mano de araña, débiles
hebras, tela enmarañada:
cuanto fuisteis cayó: costumbres, sílabas
raídas, máscaras de luz deslumbradora.

Pero una permanencia de piedra y de palabra:
la ciudad como un vaso se levantó en la manos
de todos, vivos, muertos, callados, sostenidos
de tanta muerte, un muro, de tanta vida un golpe
de pétalos de piedra: la rosa permanente, la morada:
este arrecife andino de colonias glaciares.

Cuando la mano de color de arcilla
se convirtió en arcilla, y cuando los pequeños párpados se cerraron
llenos de ásperos muros, poblados de castillos,
y cuando todo el hombre se enredó en su agujero,
quedó la exactitud enarbolada:
el alto sitio de la aurora humana:
la más alta vasija que contuvo el silencio:
una vida de piedra después de tantas vidas.









VIII

Sube conmigo, amor americano.

Besa conmigo las piedras secretas.
La plata torrencial del Urubamba
hace volar el polen a su copa amarilla.

Vuela el vacío de la enredadera,
la planta pétrea, la guirnalda dura
sobre el silencio del cajón serrano.
Ven, minúscula vida, entre las alas
de la tierra, mientras –cristal y frío, aire golpeado—
apartando esmeraldas combatidas,
oh agua salvaje, bajas de la nieve.

Amor, amor, hasta la noche abrupta,
desde el sonoro pedernal andino,
hacia la aurora de rodillas rojas,
contempla el hijo ciego de la nieve.

Oh, Wilkamayu de sonoros hilos,
cuando rompes tus truenos lineales
en blanca espuma, como herida nieve,
cuando tu vendaval acantilado
canta y castiga despertando al cielo,
qué idioma traes a la oreja apenas
desarraigada de tu espuma andina?

Quién apresó el relámpago del frío
y lo dejó en la altura encadenado,
repartido en sus lágrimas glaciales,
sacudido en sus rápidas espadas,
golpenado sus estambres aguerridos,
conducido en su cama de guerrero,
sobresaltado en su final de roca?
Qué dicen tus destellos acosados?
Tu secreto relámpago rebelde
antes viajó poblado de palabras?
Quién va rompiendo sílabas heladas,
idiomas negros, estandartes de oro,
bocas profundas, gritos sometidos,
en tus delgadas aguas arteriales?

Quién va cortando párpados florales
que vienen a mirar desde la tierra?
Quién precipita los racimos muertos
que bajan en tus manos de cascada
a desgranar su noche desgranada
en el carbón de la geología?

Quién despeña la rama de los vínculos?
Quién otra vez sepulta los adioses?

Amor, amor, no toques la frontera,
ni adores la cabeza sumergida:
deja que el tiempo cumpla su estatura
en su salón de manatiales rotos,
y, entre el agua veloz y las murallas,
recoge el aire del desfiladero,
las paralelas láminas del viento,
el canal ciego de las cordilleras,
el áspero saludo del rocío,
y sube, flor a flor, por la espesura,
pisando la serpiente despeñada.

En la escarpada zona, piedra y bosque,
polvo de estrellas verdes, selva clara,
Mantur estalla como un lago vivo
o como un nuevo piso del silencio.

Ven a mi propio ser, al alba mía,
hasta las soledades coronadas.
El reino muerto vive todavía.
Y en el Reloj la sombra sanguinaria
del cóndor cruza como una nave negra.








IX

Aguila sideral, viña de bruma.
Bastión perdido, cimitarra ciega.
Cinturón estrellado, pan solemne.
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
Serpiente mineral, rosa de piedra.
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Escuadra equinoccial, vapor de piedra.
Geometría final, libro de piedra.
Témpano entre las ráfagas labrado.
Madrépora del tiempo sumergido.
Muralla por los dedos suavizada.
Techumbre por las plumas combatida.
Ramos de espejo, bases de tormenta.
Tronos volcados por la enredadera.
Régimen de la garra encarnizada.
Vendaval sostenido en la vertiente.
Inmóvil catarata de turquesa.
Campana patriarcal de los dormidos.
Argolla de las nieves dominadas.
Hierro acostado sobre sus estatuas.
Inaccesible temporal cerrado.
Manos de puma, roca sanguinaria.
Torre sombrera, discusión de nieve.
Noche elevada en dedos y raíces.
Ventana de las nieblas, paloma endurecida.
Planta nocturna, estatua de los truenos.
Cordillera esencial, techo marino.
Arquitectura de águilas perdidas.
Cuerda del cielo, abeja de la altura.
Nivel sangriento, estrella construida.
Burbuja mineral, luna de cuarzo.
Serpiente andina, frente de amaranto.
Cúpula del silencio, patria pura.
Novia del mar, árbol de catedrales.
Ramo de sal, cerezo de alas negras.
Dentadura nevada, trueno frío.
Luna arañada, piedra amenazante.
Cabellera del frío, acción del aire.
Volcan de manos, catarata oscura.
Ola de plata, dirección del tiempo.








X

Piedra en la piedra, el hombre, donde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, donde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, donde estuvo?
Fuiste también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida…
Los días de la luz deshilachada
en ti, como la lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
                            Hambre, coral del hombre,
hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, subió tu raya de arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?

Yo te interrogo, sal de los caminos,
muestrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.

Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapos?
Carbón sobre carbón, y en el fondo la lagrima?
Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goterón de la sangre?
Devuélveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime como durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un  hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!
Antigua América, novia sumergida,
tambien tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,
también, también tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del frío, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,
también, también, América enterrada, guardaste en lo mas bajo,
en el amargo intestino, como un águila, el hambre?








XI

A traves del confuso esplendor,
a traves de la noche de piedra, déjame hundir la mano
y deja que en mí palpite, como un ave mil años prisionera,
el viejo corazón del olvidado!
Déjame olvidar hoy esta dicha, que es más ancha que el mar,
porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,
y hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo
con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas.
Déjame olvidar, ancha piedra, la proporción poderosa,
la trascendente medida, las piedras del panal,
y de la escuadra déjame hoy resbalar
la mano sobre la hipotenusa de áspera sangre de cilicio.
Cuando, como una herradura de élitros rojos, el cóndor furibundo
me golpea las sienes en el orden del vuelo
y el huracán de plumas carniceras barre el polvo sombrío
de las escalinatas diagonales, no veo a la bestia veloz,
no veo el ciego ciclo de sus garras,
veo el antiguo ser, servidor, el dormido
en los campos, veo un cuerpo, mil cuerpos, un hombre, mil mujeres,
bajo la racha negra, negros de lluvia y noche,
con la piedra pesada de la estatua:
Juan Cortapiedras, hijo de Wiracocha,
Juan Comefrío, hijo de estrella verde,
Juan Piesdescalzos, nieto de la turquesa,
sube a nacer conmigo, hermano.








XII

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterraneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brillo o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que creísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas,  los látigos pegados
a traves de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A traves de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.













martes, 29 de marzo de 2011












Blhoja 046 – TAHUANTINSUYU 2008 IV – Perú: En el ombligo del mundo




“--Papá –le dije (…) ¿No me decías que llegaríamos al Cuzco para ser enteramente felices?”  (*)


Yo estaba feliz de haber llegado a Cusco. La combi que nos trasladó al hotel tomo la avenida Pardo. Hacía unos minutos habíamos pasado por el monumento a Pachacutec, el “transformador del mundo”. El, seguido por Túpac Yupanqui, su hijo, organizo y concilió a las distintas tribus que fue dominando desde Quito, al norte, hasta el río Maule, al sur, integrando culturalmente a sus habitantes. No solo se destacó por su gran espíritu guerrero, sino que fue un gran gobernante, que luego de la planificación de la nueva ciudad de Cusco, se encargo de unificar geográfica e idiomáticamente al Tahuantinsuyu (los cuatro cuartos de la tierra) creando redes viales y de comunicación, sistemas administrativos de eficiente control y priorizo la organización del trabajo y el reparto de alimentos; le dio también gran importancia a la arquitectura, que a pesar de los conquistadores españoles, aún se conserva como muestra de su solidez.
Pronto comenzaron a rodearnos antiguas edificaciones dándonos la bienvenida al casco histórico de la ciudad. Nos detuvimos ante un enorme portón en la calle Shapi. Allí en ese moderno hotel de paredes tradicionales, estaríamos pocos días, luego nos mudarían una calle mas arriba, alejándonos así a dos cuadras de la plaza de armas.

Estábamos en el ombligo del mundo, (Qosco) y por la adoquinada calle Plateros entramos a Waq´aipata:

-- Fue la plaza de celebraciones de los incas –dijo mi padre. Mírala bien, hijo. No es cuadrada, sino larga de sur a norte.
La iglesia de la Compañía, y la ancha catedral, ambas con una fila de pequeños arcos que continuaban la línea de los muros, nos rodeaban. La catedral enfrente y el templo de los jesuitas a un costado. (…). En los portales caminaban algunos transeúntes; vi luces en pocas tiendas. Nadie cruzó la plaza.
-- Papá –le dije. La catedral parece más grande cuanto de más lejos la veo. ¿Quién la hizo?
-- El español, con la piedra incaica y las manos de los indios.
(…)
-- ¿Llueve sobre la catedral? –pregunté a mi padre. ¿Cae la lluvia sobre la catedral?
-- ¿Por qué preguntas?
-- El cielo la alumbra; está bien. Pero ni el rayo ni la lluvia la tocarán.
-- La lluvia si; jamás el rayo. Con la lluvia, fuerte o delgada, la catedral parece mas grande. (*)



Angostas calles suben a los costados de la gran catedral donde la piedra inca se mezcla con los edificios coloniales. A su llegada, en 1532, los españoles destruyeron las edificaciones incas, especialmente las de uso religioso, utilizando las piedras para hacer sus propias construcciones.
Por calle Triunfo se llega a San Blas o el barrio de los Artistas, donde una gran cantidad de tiendas y talleres de artesanías repartidos en sus callecitas retorcidas y apretadas hacen que este sea el lugar de visita imprescindible para el que llega a la ciudad. 
El barrio, el “Balcon del Cusco”, con sus paredes blanquecinas y amarillentas construidas sobre muros incas, balcones azules con sus geranios y sus techos de tejas a desnivel, sus calles escalonadas hacen que penetres en un mundo mágico. Y aún más, disfrutando de ese exquisito calzón elaborado a unos pasos de la mesa, por las expertas manos de ese muchachito panadero, mojado de sudor debido a esos malabares con sus manos y brazos, y por el calor del horno de barro que tenía a un lado. En ese pequeño saloncito con paredes gruesisimas y techos altos, atendido por su propia dueña, que nos contó, que en ese lugar, hacía unos cuantos años, había estado, ni mas ni menos, que don Fabio Zerpa; seguramente, buscando influencias extraterrestres para justificar tanta magnificencia incaica que brota por los poros del maquillaje colonial.

Y alli está, la angosta Hatun  Rumiyoc, la callecita que enmarca al palacio del Inca Roca (gobernador inca entre 1350 y 1380) transformado por el español y ahora Palacio Arzobispal. El muro está formado por piedra de diorita finamente pulida y con efecto de altorrelieve como un almohadillado. Las piedras de las construcciones de Cusco, son la mejores trabajadas de todo el Tahuantinsuyu. Allí se encuentra la famosa piedra de 12  ángulos.



--¡Mira al frente! –me dijo mi padre. Fue el palacio de un inca.
(…)
Formaba esquina. Avanzaba a lo largo de una calle ancha y continuaba en otra angosta y más oscura, que olía a orines. Esa angosta calle escalaba la ladera. Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba unos pasos, lo contemplaba y volvía a acercarme. Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca. En la calle oscura, en el silencio, el muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de las piedras que había tocado (…) la corriente que entre el y yo iba formándose.
(…)
Eran mas grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado que por el lado de la calle angosta, era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase patética constante: ‘yawar mayu’, río de sangre; ‘yawar unu’, agua sangrienta; ‘puk´tik, yawar k´ocha’, lago de sangre que hierve; ‘yawar wek´e’, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse ‘yawar rumi’, piedra de sangre, o ‘puk´tik, yawar rumi’, piedra de sangre hirviente?. Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman ‘yawar mayu’ a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman ‘yawar mayu’ al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.
--¡Puk´tik, yawar rumi! –exclame frente al muro, en voz alta.
(…)
Mi padre llegó en ese instante a la esquina.
(…)
--(…) ¿Alguien vive en este palacio de Inca Roca?
--Desde la conquista.
--¿Viven?
--No has visto los balcones?
La construcción colonial, suspendida sobre la muralla, tenía la apariencia de un segundo piso. Me había olvidado de ella. En la calle angosta, la pared española, blanqueada, no parecía servir sino para dar luz al muro.
--Papá  –le dije. Cada piedra habla. Esperemos un instante.
--No oiremos nada. No es que hablan. Estás confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan.
--Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se están moviendo.
Me tomó del brazo.
--Dan la impresión de moverse porque son desiguales, más que las piedras de los campos. Es que los incas convertían en barro la piedra. Te lo dije muchas veces.
--Papá, parece que caminan, que se revuelven, y están quietas.
Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho contemplé nuevamente el muro.
--¿Viven dentro del palacio? –volví a preguntarle.
--Una familia noble.
(…)
-- (…) Son nobles, pero también avaros, (…) Todos los señores del Cuzco son avaros.
-- ¿Lo permite el Inca?
-- Los incas están muertos.
-- Pero no este muro. ¿Por qué no lo devora, si el dueño es avaro? Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver. ¿No temen quienes viven adentro?. (*)


Por la avenida El Sol, a pocas cuadras de la plaza, un gran parque descansa junto al gran templo Inca, el Koricancha, uno de los mas importantes donde se adoraba al Sol, a la Luna, a las Estrellas, al Arco Iris. Los españoles encontraron en ese lugar una gran mina de oro, ya que había estatuas, replicas de plantas, animales y de sus deidades, paredes, todas echas o cubiertas en ese preciado metal. Los incas solo lo utilizaban como ornamento, gala para sus dioses; pero el conquistador lo transformó en lingotes y se lo llevo a España. Pero también destruyó sus paredes y edifico sobre ellas, lo que hoy es, el convento de Santo Domingo. Gracias al terremoto de 1950, quedaron al descubierto grandes fragmentos de las estructuras del santuario original, que hoy están a disposición de todo aquel que quiera ver esa monumental obra.




Una mancha de árboles apareció en la falda de la montaña.
--¿ Eucaliptos? –le pregunté
-- Deben de ser. No existían antes. Atrás está la fortaleza, el Sacsayhuaman. (…) Las murallas son peligrosas. Dicen que devoran a los niños. (…)
-- ¿Cantan de noche las piedras?
-- Es posible.
-- Como las más grandes de los ríos o de los precipicios. Los incas tendrían la historia de todas las piedras con “encanto” y las harían llevar para construir la fortaleza. (*)
Lo que queda de Sacsayhuaman contempla herida, desde arriba, a la cosmopolita metrópoli.

En 1536, Manco Inca utilizo el lugar como base táctica para luchar contra el invasor Pizarro, pero fue derrotado y también la fortaleza. Destruyeron sus torres y edificaciones quedando hoy, solo un 20% de lo que fue. Construida en el período del Inca Pachacutec, se utilizaron 20000 hombres durante mas de 50 años. La piedra mas grande mide 8,5 metros de altura y pesa 361 toneladas; las tres murallas paralelas distribuidas en 22 zig zags, fueron diseñadas de tal forma que cualquier atacante podría ser detectado inmediatamente. Desgraciadamente no pensaron, ni siquiera imaginaron que tendrían algún día un enemigo con armas tan características:

 Blas Valera (**), (citado por Garcilaso de la Vega) al comentar esta tremenda desproporción bélica y el valor de los peruanos, dice: ‘En lo que toca al arte militar, tanto por tanto, igualadas las armas exeden los del Perú a los de Europa. Por que dénme los capitanes más famosos franceses y españoles, sin los caballos, arneces, armas, sin lanza ni espada, sin bombardas y fuego, sino con sola una camisa y sus pañetes y por cíngulo una honda y una cabeza cubierta, no de celadas y yelmos, sino de guirnaldas de plumas y flores, los pies descalzos por entre las breñas, zarzas y espinas; la comida yerbas y raíces del campo; Por broquel un pedazo de estera en la mano izquierda, y de esta manera entraran en campo a sufrir las hachas y los tridentes de bronce, las piedras tiradas con la honda, las flechas enarboladas y los flecheros que tiran al corazón e a los ojos. Si de esta manera saliesen vencedores, diriamos que merecían fama de valerosos entre los indios. Más así como fuera posible poder sufrir ellos tal género de armas y batalla, así también, humanamente hablando, era imposible poder salir con la victoria. Y, en contra, si los indios tuvieran la potencia de las armas que los de Europa tiene con industria y arte militar, así por tierra como por mar fueran más dificultosos de vencer que el gran Turco. De lo cual es testigo la misma experiencia, que la vez que se hallaron españoles e indios iguales en armas murieron los españoles a manadas…”




Lo sagrado del Valle de los Incas, seguramente se debió a la gran riqueza que aportó a la comunidad. El verde intenso que cubre los lados adyacentes del río Vilcanota fue un emporio estratégico para la región, con su clima privilegiado y sus fértiles suelos proveyeron abundantes frutas, plantas alimenticias especialmente el maiz y también la Coca, hoja utilizada en ceremonias religiosas y otros actos rituales. Quizás a esta altura del viaje, ya estaba tan compenetrado en la cultura inca, que este valle, que seguramente en Argentina tenemos por doquier y que había visto a montones, saber que para aquellos pueblos que vivían sobre montañas no tan benignas con la fertilidad del suelo era tan augusto, me alegro sobremanera y disfruté mas aún de esa belleza. Y todavía faltaban muchas mas historias para enamorarme de esa cultura; historias sobre el valle y el tratamiento de la tierra fértil y la no tan fértil en las laderas de las fríos y áridos cerros andinos.
Ollantaytambo fue el lugar del encanto. Luego de recorrer parte de ese verde valle y ver de lejos los famosos andenes agrícolas. Contemplar los pintorescos pueblitos que surgieron a la orilla del preciado río, llegamos a este pueblo que conserva casi intactas sus calles de piedras y sus construcciones incas. Aquí se puede ver la organización de lo que era una ciudad inca. También aquí se encuentra una de las mas espectaculares construcciones: la gran Fortaleza de Ollantaytambo.
Nuestro guía estaba enamorado del lugar y todo ese amor lo transmitía. Como dije en algún momento, las historias muchas veces no coinciden, se entremezclan los testimonios que dejaron escritos los españoles que vieron otra cultura con los ojos de su propia cultura; los cuentos que pasaron de boca en boca y que con el paso de los siglos se fue trastocando; los mitos que se crearon alrededor de tantos símbolos desparramados por doquier y los que antropólogos, arqueólogos, historiadores fueron armando de esa cultura ágrafa  que tanto testimonio material han dejado.
Nuestro guía enamorado se perdía en relatos de cómo habían posicionado tal o cual piedra, tal o cual escalón para que en cierto y determinado momento del día o de un día del año en particular, el sol formara sombra para indicar tal o cual cosa. Que tal construcción o aquel monumento fue construido pacientemente tras largos tiempos de estudio para que en su entorno natural, haciendo uso de luces y sombras les recordara a sus pueblos su condición de sobrenatural. Pero también alegaba con pasión esa aptitud de convivir con la naturaleza, respetarla y condicionarse a sus reglas. Como aceptarla y como tratar de convivir sin que arruine sus sembradíos que tanto trabajo les costaba ya que esos suelos rocosos no producían alimentos. Y de esa necesidad y ese respeto surgieron los famosos andenes, construidos sin destruir las laderas y sin que las laderas que desaguaban las aguas de lluvia destruyeran su producción. Por eso la admiración por esas obras de ingeniería fabulosas que aun persisten.
Arriba de la fortaleza y como cierre del espectáculo una enorme piedra a medio tallar. No fue a propósito, alguien no los dejo terminar su obra. Pero gracias a ese abrupto final muchas cosas se aprendieron; también te descubren que allá, al otro lado del río, en las montañas de Cachicata estaba la cantera de piedras con que se construyó la fortaleza, y un camino de rocas, enormes rocas abandonadas, demuestran que no es como algunos quieren imponer diciendo que fueron extraterrestres los que transportaron esas pesadas moles, despreciando así, un intenso y costoso trabajo de miles de hombres que dejaron su sudor y hasta su sangre quizás, para que en este 2008, pudiéramos admirar esa prodigiosa epopeya.



Esa última noche en Cusco, sentado a la mesa del pequeño restaurante de la calle Plateros donde comí por primera vez carne de alpaca, saboreando una exquisita sopa de quinoa, me acorde de Saramago que en su “Viaje a Portugal” reflexionaba: “Hay que darles la vuelta con toda calma, esperar callado a que las piedras respondan, y, si hay paciencia, cada vez saldrá de alli arrepentido el viajero, éste o cualquier otro. Arrepentido por no quedarse más tiempo, pues no está bien quedarse sólo un cuarto de hora junto a una construcción que tiene (quinientos) setecientos años…”


(*)   Jose María Arguedas, del libro “Los ríos profundos” - 1956
(**) Blas Valera: cronista de la orden jesuita.





















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