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martes, 12 de agosto de 2014






Blhoja 94. FRAGMENTOS DEL PERU INDIO


  "Como ayer, como hoy y como mañana, el río brama contra el peñón que defiende a Calemar arriba, al comienzo del valle. El peñón resiste y nuestra tierra permanece. Pero los cholos somos de corriente mas que de la tierra pues ´no le juimos porque semos hombres y tenemos que vivir comues la vida´.
  Llegaron negociantes de ganado, esos cristianos que abundan cada vez más y se han arreado ya a la costa todas las reses de la banda del frente de manera que han pasado a la nuestra. Ningún rincón, aún el más escondido y fiero, escapará a la búsqueda. Ninguna res, aún la mas endeble y enteca, se librará de la requisa. Don Policarpio Núñez y su hijo estuvieron aquí, wínchesters a la cabezada de la montura, de paso a Marcapata, a la comunidad de Bambamarca, a Shomenate, a El Olivo, a Ciónera. Iban a juntar todo el ganado de por allí. 
  --Don Juan Plaza les vende, apuntó el viejo Matías.
 --Y los inditos también,  --replicó  don Policarpio haciendo sonar los soles en el bolsillo del chaleco. Ese don Policarpio tenía plata y seguramente la alforja estaba llena de cheques. Pasando un ojal del chaleco, brillaba a todo lo ancho de su vientre una gruesa cadena de oro. Las wínchesters respondían por todo, aunque don Policarpio debía usar su carabina en cosas que no tenían que ver nada con su propia defensa.
  --Lo pasarán ustedes el ganadito, pue, --siguió diciendo el negociante, mirándonos a todos con sus ojitos zamarros y sonriendo zalameramente con sus gruesas jetas y sus sopones carrillos trigueños.
  --Dejuro, sí lo pasamos... 

  Pero la balsa que trajo el Arturo no bastaba y fuimos por otra. En la Escalera, con el agua baja hasta dejar ver un enrizamiento de picos fluidos, nos acordamos del pobre Roge y jalamos las palas con rabia. El Arturo ajustaba las quijadas abultando la piel cetrina sobre tendones encrespados. Su cara era como el pongo mismo, torva y furiosa. Llegamos a medio día, pues salimos temprano, de modo que el sol alumbraba bien el paso. Había que vencer. La Escalera no debía jugarse con nosotros, balserazos de ley. El río dió vértigo a sus rápidos y chorreras poniéndonos sus rocas como un puñal al pecho, pero nuestros ojos vieron claramente sus lomos practicables y nuestros brazos fueron como nunca fuertes para blandir las palas en el agua voraz. Eramos solamente brazos y ojos. Ni oíamos siquiera el gran clamor del pongo y fué solo al voltear el recodo, cuando la balsa iba ya sobre aguas aplacadas, que lo sentimos a nuestras espaldas mascullando interjecciones. Nos amenazaba para la próxima vez, que acaso sería la ultima. ´Cuantas veces quieras´ respondían a un tiempo, jubilosos, nuestros corazones retumbantes.
  Nos pusimos de acuerdo con el viejo Matías sobre la llegada y él nos había esperado tres horas a la orilla. Al vernos tembló de alegría y nos recibió riendo con toda la cara.
  --Güena, homs... ya, ya... El río nues pa meter miedua los varones... Güena, homs, güena...
  Y en la noche la reunión fue como nunca emocionada y discurrió en medio de un calor que no era de valle sino de entrañas.
 Estábamos ante el mantel lleno de coca, haciendo rueda, don Matías y su hijo, el Silverio y el Encarna, los compañeros de balsa Jacinto y Santos y algunos cholos más que vinieron a celebrar el feliz arribo.
  Un poro del ´juerte´ recorría lentamente el círculo de una mano a otra mano y un fogón nos coloreaba los rostros en medio de una noche lóbrega.
  El cañazo nos hizo pronto arder la sangre y entonces fué el reír de las peripecias del viaje y las nuevas donosas de Shicún, pero después la coca nos llego al corazón como para que sintiera, una vez mas, la trizteza que dormita en lo hondo de nuestra vida, pronta a despertar y mostrarse.
  Sólo el rumor del río y el canto de los tucos nos conectaba a la naturaleza. Por lo demás, hubiérase creido a primera vista que ese grupo de hombres vivía a favor de un retazo de luz entre un apretado y tétrico mundo de sombras.
  El Arturo contó que en Shicún, un cholito que acostumbraba poner nasas en un brazo de río, fué una tarde a revisarlas y no volvió mas. Sus parientes lo buscaron varios días río abajo. En las playas anchas donde varan los cadáveres, nada hallaron. Por otra parte, no sabían fijamente si se había ahogado o no, pero de su muerte no dudaba nadie.
  --Tal vez se juyó pa otro sitio, --apuntó un cholo.
  --No, si dejó to sus cosas... ai taban. Y dijo como siempre que luego regresaba y no luizo... Se jué hasta sin poncho... Dejuro que murió.
  El viejo Matías habló entonces, pausadamente, como tomándoles sabor y peso a sus palabras:
  --¡Ah, río tan variao! No diremos que deja e ser güeno pero la bondá puera nues deste mundo... Y velay que nos tiene puacá pa hacer su gusto... Bien dijo don Oshva, anquel miraba diotra laya la cosa, perueste río es mesmo una serpiente dioro... Güinpostá serpiente dioro es.
  El viejo callóse y de sus oyentes nadie dijo una palabra. Quizá sintió que no llegábamos al fondo de su pensamiento, y explicó:
  --Catay quiuno vive aquí e güen modo. Nada falta y to es puel río. Este valle del es, lagua que balsiamos es del. Yel nunca deja e correr y los cristianos tienen po contra único al riesgo... pero cuando menos piensa, ya los mató su río lindo dentre su valle lindo, ya los mató e repente mesmo una serpiente dioro.
  --Muy verdá don Matish...
  --Muy verdá...
  El viejo siguó hablando. Sus ojillos brillaban intensamente bajo el ala agachada de su sombrero. A pesar de que los fijaba en nosotros, no parecía advertirnos. Su mirada iba mas lejos.




  --Me contun señor que tiempos antiguos los peruanos adoraban comua meros dioses al río también y también a la serpiente. Y yo digo que tal vez  jué poque la iferiencia es poca yal no saber cual era mas ni menos, velay que pa los dos tuvieron adoración...
  Nos zapamos coca silenciosamente. Ni golpeabamos los checos a fin de no hacer ruido.
 --Güeno, ¿idiay?, --prosiguió el viejo-- aqui corre pa siempre nuestro río, yaveces blasfemamos contra del peruel parece que mas bien se carcajiara... pero hay ta que no le juímos: semos hombres ya que la vida hay que vivila comues y para nosotros la vida esel río... A pelialo, pué... Y que nunca, nos pesquel fiero mal ques el desaliento... ¿Saben como jué quel Diablo echó los males?
  --Yo si, --dijo el Arturo-- pero los otros tal vez no...
  --Cuente, cuente, don Matish, ..pidieron varias voces.
  Y el viejo repuso:
  --Enton voya contarles y no lolviden po ques cosa quiun cristiano debe tenela presente...
  Y relato la historia que nosotros no olvidaremos jamás y que diremos a nuestros hijos con el encargo de que la repitan a los suyos, y así continúe transmitiéndose, y nunca se pierda.
  Yera po un tiempo quel Diablo salió vender males po la tierra. El hombre ya bía pecao y taba condenao pero nuabía variedá e males yentón el Diablo, costal en el hombro, iba po to los caminos e la tierra vendiendo los males questaban enel costal empaquetaos pue los bía hecho polvo. Yabía polvos e to los colores queran to los males: ai taban la miseria y lenfermedá, y lavaricia yel odio, y la opulencia que tamién es mal y lambicia, ques mal tamién cuando nue debida, y velay que nuabía mal que faltara... Y dentresos paquetes bía uno chiquito y con polvito blanco quera puel desaliento...
  Yasies que vendió to los males y naides le quiso comprael paquetito po quera chiquito yel desaliento nuera gran mal. Yel Diablo decía: ´coneste, todos; sineste, niuno´. Y la gente más se reía pensando quel Diablo siabía güelto zonzo. Y velay que sólo quedó puel paquetito y no daban porel niun cobre... Entón el Diablo con más cólera toavía y riéndose con mera risa e Diablo, dijo: ´estes la mía´ yechó pal viento tuel polvo pa que vaya po tuel mundo...
  Yentón to los males jueron poquese mal es toítos. Solo pue hay que reparar nomá pa darse cuenta... Sies afortunao y poderoso y cae desalentao pa la vida, nada le vale yel vicio luempuña... Sies humilde y pobre, entón el desaliento lo pierde más luego toavía... Asies comuel Diablo hizo mal a to la tierra pue sinel desaliento niun mal podía pescalo a niun hombre...
  Yaitá enel mundo, yonde algunos mas, onde otros menos siempre les llega y naides puede ser güeno e verdá pue no puede resistir comues debío la lucha juerte e lalma yel cuerpo ques la vida...
Cristianos e Calemar, quel desaliento nuempuñe nunca to nuestro corazón..."






CIRO ALEGRIA
(Ciro Alegría Bazán; Marcabal Grande, 1909 - Lima, 1967) Novelista peruano. Ciro Alegría hizo sus estudios escolares en su misma región andina de nacimiento (donde tuvo como maestro a César Vallejo) y se comprometió temprano en la lucha política como miembro de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Su militancia en la APRA le valdrían dos estancias en prisión (en 1931 y en 1933) y su posterior exilio en Chile en 1934.
En ese periodo escribió la parte más significativa de su obra y ganó tres premios literarios con otras tantas novelas que lo consagraron como novelista. Así, Ciro Alegría publicó en 1935 La serpiente de oro, en la que relata la vida de los nativos a orillas del Marañón. En 1939 vio la luz su segunda novela Los perros hambrientos (1938), en la cual entra de lleno en el mundo de la alta sierra peruana y presenta la lucha del hombre contra la naturaleza hostil.
En 1941 Ciro Alegría obtuvo el Gran Premio de Novela Continental con El mundo es ancho y ajeno, también de tema indianista y, a no dudar, una de las mejores muestras del género: la aldea de Rumi (auténtica protagonista de la novela, cuya vida se describe maravillosamente) es objeto de la codicia del terrateniente blanco; destruida, sus habitantes se dispersan: unos mueren, otros son reducidos a esclavos o marchan a las grandes ciudades.
El mundo es ancho y ajeno es así un gran cuadro épico de las luchas de una arquetípica comunidad indígena contra los tres poderes que quieren destruirla: la oligarquía terrateniente, el Ejército y el Gobierno al servicio de los intereses estadounidenses. El uso de las técnicas narrativas modernas y el aliento heroico de la composición le permiten presentar un relato río que arrastra materiales heterogéneos para crear un mosaico tan variado y dramático como la vida indígena misma.
En 1948 volvió a su país después de permanecer en los Estados Unidos desde 1941. Se dedicó al periodismo y fue elegido diputado tras haber renunciado al Partido Aprista. En esta época publicó un libro de cuentos: Duelo de caballeros (1963).
La obra de Ciro Alegría representa, junto con la de su compatriota José María Arguedas, la expresión artísticamente más madura de la narrativa regionialista e indigenista nacional en el siglo XX. Tras su muerte, su esposa, Dora Varona, se dedicó a reimprimir las obras más conocidas del novelista y a editar todo cuanto había quedado inédito. Publicó dos novelas inconclusas tituladas Lázaro (1972), de contenido político, y El dilema de Krause (1979). También conviene destacar sus colecciones de relatos: Panki y el guerrero (1968); La ofrenda de piedra (1969), relatos andinos; Siete cuentos quirománticos (1978), escritos en Estados Unidos y Puerto Rico; y El sol de los jaguares (1979), relatos amazónicos. En 1976 aparecieron unas memorias bajo el título Mucha suerte con harto palo.





miércoles, 1 de junio de 2011











Blhoja 048 – TAHUANTINSUYU 2008 VI – Perú: Alturas del Macchu Picchu


El Machu Picchu es un lugar incomparable: por lo que es, por lo que representa y por el lugar geográfico donde se encuentra. Nadie que lo visite puede quedar indiferente a tal maravilla, pero esta vez no voy a escribir nada sobre él,  Pablo Neruda ya lo hizo en su Canto General de 1950 las ALTURAS DE MACCHU PICCHU, donde lo dice todo:



I

Del aire al aire, como una red vacía,
iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo,
en el advenimiento del otoño la moneda extendida
de las hojas, y entre la primavera y las espigas,
lo que el más grande amor, como dentro de un guante
que cae, nos entrega como una larga luna.

(Días de fulgor vivo en la intemperie
de los cuerpos: aceros convertidos
al silencio del ácido:
noches deshilachadas hasta la última harina:
estambres engreídos de la patria nupcial.)

Alguien que me esperó entre los violines
encontró un mundo como una torre enterrada
hundiendo su espiral más debajo de todas
las hojas de color de ronco azufre:
más abajo, en el oro de la geología,
como una espada envuelta en meteoros,
hundí la mano turbulenta y dulce
en lo más genital de lo terrestre.

Pula la frente entre la olas profundas,
descendí  como gota entre la paz sulfúrica,
y, como un ciego, regresé al jazmín
de la gastada primavera humana.








II

Si la flor a la flor entrega el alto germen
y la roca mantiene su flor diseminada
en su golpeado traje de diamante y arena,
el hombre arruga el pétalo de la luz que recoge
en los determinados manantiales marinos
y taladra el metal palpitante en sus manos.
Y pronto, entre la ropa y el humo, sobre la mesa hundida,
como barajada cantidad, queda el alma:
cuarzo y desvelo, lágrimas en el océano
como estanques de frío: pero aún
mátala y agonízala con papel y con odio,
sumérgela en la alfombra cotidiana, desgárrala
entre las vestiduras hostiles del alambre.

No: por los corredores, aire, mar o camino,
quién guarda sin puñal (como las encarnadas
amapolas) su sangre? La cólera ha extenuado
la triste mercancía del vendedor de seres,
y, mientras en la altura del ciruelo, el rocío
desde mil años deja su carta transparente
sobre la misma rama que lo espera, oh corazón, oh frente triturada
entre las cavidades del otoño.

Cuantas veces en las calles de invierno de una ciudad o en
un autobús o un barco en el crepúsculo, o en la soledad
más espesa, la de la noche de la fiesta, bajo el sonido
de sombras y campanas, en la misma gruta del placer humano,
me quise detener a buscar la eterna veta insondable
que antes toqué en la piedra o en el relámpago que el beso desprendía.

(Lo que en el cereal como una historia amarilla
de pequeños pechos preñados va repitiendo un número
que sin cesar es ternura en las capas germinales,
y que, idéntica siempre, se desgrana en marfil
y lo que en el agua es patria transparente, campana
desde la nieve aislada hasta las olas sangrientas.)

No pude asir un racimo de rostros o de máscaras
precipitadas, como anillo de oro vacío,
como ropas dispersas hijas de un invierno rabioso
que hiciera temblar el miserable árbol de las razas asustadas.

No tuve sitio donde descansar la mano
y que, corriente como agua de manantial encadenado,
o firme como grumo de antracita o cristal,
hubiera devuelto el calor o el frío de mi mano extendida.
Qué era el hombre? En que parte de su conversación abierta
entre los almacenes y los silbidos, en cuál de sus movimientos metálicos
vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?








III

El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable
granero de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete, al ocho,
y no una muerte, sino muchas muertes, llegaba a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte de las alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo,
el ganadero: el hijo de los puertos, o el capitán oscuro del arado,
o el roedor de las calles espesas:
todos desfallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria:
y su quebranto aciago de cada día era
como una copa negra que bebían temblando.








IV

La poderosa muerte me invitó muchas veces:
era como la sal invisible en las olas,
y lo que su invisible sabor diseminaba
era como mitades de hundimientos y altura
o vastas construcciones de viento y ventisquero.

Yo al férreo filo vine, a la angostura
del aire, a la mortaja de agricultura y piedra,
al estelar vacío de los pasos finales
y a la vertiginosa carretera espiral:
pero, ancho mar, oh muerte!, de ola en ola no vienes,
o como los totales números de la noche.

Nunca llegaste a hurgar en el bolsillo, no era
posible tu visita sin vestimenta roja:
sin auroral alfombra de cercado silencio:
sin altos y enterrados patrimonios de lágrimas.

No pude amar en cada ser un árbol
con su pequeño otoño a cuestas (la muerte de mil hojas),
todas las falsas muertes y las resurrecciones
sin tierra, sin abismo:
quise nadar en las más anchas vidas,
en las más sueltas desembocaduras,
y cuando poco a poco el hombre fue negándome
y fue cerrando paso y puerta para que no tocaran
mis manos manantiales su inexistencia herida,
entonces fui por calle y calle y río y río,
y ciudad y ciudad y cama y cama,
y atravesó el desierto mi máscara salobre,
y en las últimas casas humilladas, sin lámpara, sin fuego,
sin pan, sin piedra, sin silencio, solo,
rodé muriendo de mi propia muerte.








V

No eras tú, muerte grave, ave de plumas férreas,
la que el pobre heredero de las habitaciones
llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía:
era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:
un átomo del pecho que no vino al combate
o el áspero rocío que no cayó en la frente.
Era lo que no pudo renacer, un pedazo
de la pequeña muerte sin paz ni territorio:
un hueso, una campana que morían en él.
Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos
en los pobres dolores que mataban la muerte,
y no encontré en la herida sino una racha fría
que entraba por los vagos intersticios del alma.








VI

Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.

Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos de maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada salió de la vucuña
a vestir los amores, los túmulos, las madres,
el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos,
el vestigio del agua en la oquedad sonora,
la pared suavizada por el tacto de un rostro
que miró con mis ojos las lámparas terrestres,
que aceitó con mis manos las desaparecidas
maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
palabras, vino, panes,
se fue, cayó a la tierra.

Y el aire entró con dedos
de azahar sobre todos los dormidos:
mil años de aire, meses, semanas de aire,
de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos
lustrando el solitario recinto de la piedra.









VII

Muertos de un solo abismo, sombras de una hondonada,
la profunda, es así como el tamaño
de vuestra magnitud
vino la verdadera, la más abrasadora
muerte y desde las rocas taladradas,
desde los capiteles escarlata,
desde los acueductos escalares
os desplomasteis como en un otoño,
en una sola muerte.
Hoy el aire vacío ya no llora,
ya no conoce vuestros pies de arcilla,
ya olvidó vuestros cántaros que filtraban el cielo
cuando lo derramaban los cuchillos del rayo,
y el árbol poderoso fue comido
por la niebla, y cortado por la racha.

Él sostuvo una mano que cayó de repente
desde la altura hasta el final del tiempo.
Ya no sois, mano de araña, débiles
hebras, tela enmarañada:
cuanto fuisteis cayó: costumbres, sílabas
raídas, máscaras de luz deslumbradora.

Pero una permanencia de piedra y de palabra:
la ciudad como un vaso se levantó en la manos
de todos, vivos, muertos, callados, sostenidos
de tanta muerte, un muro, de tanta vida un golpe
de pétalos de piedra: la rosa permanente, la morada:
este arrecife andino de colonias glaciares.

Cuando la mano de color de arcilla
se convirtió en arcilla, y cuando los pequeños párpados se cerraron
llenos de ásperos muros, poblados de castillos,
y cuando todo el hombre se enredó en su agujero,
quedó la exactitud enarbolada:
el alto sitio de la aurora humana:
la más alta vasija que contuvo el silencio:
una vida de piedra después de tantas vidas.









VIII

Sube conmigo, amor americano.

Besa conmigo las piedras secretas.
La plata torrencial del Urubamba
hace volar el polen a su copa amarilla.

Vuela el vacío de la enredadera,
la planta pétrea, la guirnalda dura
sobre el silencio del cajón serrano.
Ven, minúscula vida, entre las alas
de la tierra, mientras –cristal y frío, aire golpeado—
apartando esmeraldas combatidas,
oh agua salvaje, bajas de la nieve.

Amor, amor, hasta la noche abrupta,
desde el sonoro pedernal andino,
hacia la aurora de rodillas rojas,
contempla el hijo ciego de la nieve.

Oh, Wilkamayu de sonoros hilos,
cuando rompes tus truenos lineales
en blanca espuma, como herida nieve,
cuando tu vendaval acantilado
canta y castiga despertando al cielo,
qué idioma traes a la oreja apenas
desarraigada de tu espuma andina?

Quién apresó el relámpago del frío
y lo dejó en la altura encadenado,
repartido en sus lágrimas glaciales,
sacudido en sus rápidas espadas,
golpenado sus estambres aguerridos,
conducido en su cama de guerrero,
sobresaltado en su final de roca?
Qué dicen tus destellos acosados?
Tu secreto relámpago rebelde
antes viajó poblado de palabras?
Quién va rompiendo sílabas heladas,
idiomas negros, estandartes de oro,
bocas profundas, gritos sometidos,
en tus delgadas aguas arteriales?

Quién va cortando párpados florales
que vienen a mirar desde la tierra?
Quién precipita los racimos muertos
que bajan en tus manos de cascada
a desgranar su noche desgranada
en el carbón de la geología?

Quién despeña la rama de los vínculos?
Quién otra vez sepulta los adioses?

Amor, amor, no toques la frontera,
ni adores la cabeza sumergida:
deja que el tiempo cumpla su estatura
en su salón de manatiales rotos,
y, entre el agua veloz y las murallas,
recoge el aire del desfiladero,
las paralelas láminas del viento,
el canal ciego de las cordilleras,
el áspero saludo del rocío,
y sube, flor a flor, por la espesura,
pisando la serpiente despeñada.

En la escarpada zona, piedra y bosque,
polvo de estrellas verdes, selva clara,
Mantur estalla como un lago vivo
o como un nuevo piso del silencio.

Ven a mi propio ser, al alba mía,
hasta las soledades coronadas.
El reino muerto vive todavía.
Y en el Reloj la sombra sanguinaria
del cóndor cruza como una nave negra.








IX

Aguila sideral, viña de bruma.
Bastión perdido, cimitarra ciega.
Cinturón estrellado, pan solemne.
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
Serpiente mineral, rosa de piedra.
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Escuadra equinoccial, vapor de piedra.
Geometría final, libro de piedra.
Témpano entre las ráfagas labrado.
Madrépora del tiempo sumergido.
Muralla por los dedos suavizada.
Techumbre por las plumas combatida.
Ramos de espejo, bases de tormenta.
Tronos volcados por la enredadera.
Régimen de la garra encarnizada.
Vendaval sostenido en la vertiente.
Inmóvil catarata de turquesa.
Campana patriarcal de los dormidos.
Argolla de las nieves dominadas.
Hierro acostado sobre sus estatuas.
Inaccesible temporal cerrado.
Manos de puma, roca sanguinaria.
Torre sombrera, discusión de nieve.
Noche elevada en dedos y raíces.
Ventana de las nieblas, paloma endurecida.
Planta nocturna, estatua de los truenos.
Cordillera esencial, techo marino.
Arquitectura de águilas perdidas.
Cuerda del cielo, abeja de la altura.
Nivel sangriento, estrella construida.
Burbuja mineral, luna de cuarzo.
Serpiente andina, frente de amaranto.
Cúpula del silencio, patria pura.
Novia del mar, árbol de catedrales.
Ramo de sal, cerezo de alas negras.
Dentadura nevada, trueno frío.
Luna arañada, piedra amenazante.
Cabellera del frío, acción del aire.
Volcan de manos, catarata oscura.
Ola de plata, dirección del tiempo.








X

Piedra en la piedra, el hombre, donde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, donde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, donde estuvo?
Fuiste también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida…
Los días de la luz deshilachada
en ti, como la lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
                            Hambre, coral del hombre,
hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, subió tu raya de arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?

Yo te interrogo, sal de los caminos,
muestrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.

Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapos?
Carbón sobre carbón, y en el fondo la lagrima?
Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goterón de la sangre?
Devuélveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime como durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un  hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!
Antigua América, novia sumergida,
tambien tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,
también, también tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del frío, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,
también, también, América enterrada, guardaste en lo mas bajo,
en el amargo intestino, como un águila, el hambre?








XI

A traves del confuso esplendor,
a traves de la noche de piedra, déjame hundir la mano
y deja que en mí palpite, como un ave mil años prisionera,
el viejo corazón del olvidado!
Déjame olvidar hoy esta dicha, que es más ancha que el mar,
porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,
y hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo
con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas.
Déjame olvidar, ancha piedra, la proporción poderosa,
la trascendente medida, las piedras del panal,
y de la escuadra déjame hoy resbalar
la mano sobre la hipotenusa de áspera sangre de cilicio.
Cuando, como una herradura de élitros rojos, el cóndor furibundo
me golpea las sienes en el orden del vuelo
y el huracán de plumas carniceras barre el polvo sombrío
de las escalinatas diagonales, no veo a la bestia veloz,
no veo el ciego ciclo de sus garras,
veo el antiguo ser, servidor, el dormido
en los campos, veo un cuerpo, mil cuerpos, un hombre, mil mujeres,
bajo la racha negra, negros de lluvia y noche,
con la piedra pesada de la estatua:
Juan Cortapiedras, hijo de Wiracocha,
Juan Comefrío, hijo de estrella verde,
Juan Piesdescalzos, nieto de la turquesa,
sube a nacer conmigo, hermano.








XII

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterraneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brillo o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que creísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas,  los látigos pegados
a traves de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A traves de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.













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