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jueves, 18 de febrero de 2010












Blhoja 018.CHILE 2000 – PUNTO DE PARTIDA: SANTIAGO


El nuevo milenio traía la necesidad de volver a Ushuaia. La llegada a la ciudad mas austral del mundo entrando por el Canal de Beagle era una foto indeleble que aparecía ante mis ojos tenazmente desde aquel junio de 1982. También se sumaban las de Río Grande y el lago Fagnano, una mezcla paisajística con imborrables recuerdos. Esa nostalgia de volver al lugar amado, al lugar de la aventura, al lugar del dolor. Y era hora de cumplir algunas de las viejas promesas.
La excusa era válida para emprender el viaje pero además, podía sumarle otras ganas recientes: conocer parte del sur chileno. La situación económica se daba y no quería perder la oportunidad, así que, con la complicidad de Osvaldo, volvimos a subir al TAC y nos pusimos en marcha para cruzar por quinta vez la Cordillera de los Andes, vía Mendoza.


Ese cruce volvió a ser un nuevo descubrimiento. La atracción que tienen sobre mi esas moles rocosas es superlativa. Contemplando esa inmensidad con un vidrio como única frágil barrera, no dejaba de anhelar el poder rodar por ese profundo valle o ascender por esas empinadas laderas. Que difícil se me hace poner en palabras lo que, ahora recordando, fue ese sentimiento. Veía tanta libertad fuera de ese rectángulo móvil, si es que la libertad es enormidad, soledad, pureza…


No era una impresión de deslumbramiento. O por lo menos el deslumbramiento que te provoca el verlo por primera vez. Pase seis veces por ese lugar y en todas, mi mente se escapaba de mi cuerpo e iba mas allá de lo que marcaba el camino. Esta muy cerca el momento en que pise, toque, recorra parte de ese espacio con el viento golpeándome la cara. Pero eso será en una blhoja futura.


En ese enero del 2000, volver a pisar las calles de Santiago fue un nuevo recargue de pilas, tan necesario en alguna época del año. Esta vez el alojamiento fue un hotel a media cuadra de donde la primera vez que pise calle santiaguina, el chino/japonés/caraoriental terminó con mi incertidumbre de si me robaría, violaría o que se yo que, después de romperme la cabeza con ese palo medidor de gomas: --son veinte mil pesos-- me había dicho y me abrió la puerta hacia la ciudad por descubrir. El nombre de la calle: Mac Iver. Nada que ver con el McGuiver de la serie, pero suena parecido y divertido. Este fue un político del 1800 que participó en el derrocamiento del presidente Balmaceda por la oligarquía chilena. (Historia conocida, “héroes” que adornan con sus nombres las calles de las ciudades latinoamericanas. Tenemos a varios por estos lados, se me cruza por la mente y ya que hable de montañas, a don J.A.Roca. Parecido pero no divertido).
Volvía a estar en la Santiago vieja, con sus antiguos edificios, sus callecitas angostas, su incansable tráfico de vehículos de todos los modelos adornado con buses de un amarillo furioso. A pocos metros de una panadería que por las tardes desborda de empleados con sus trajes oscuros, señoras con sus bolsos de compras, niños golosos y transeúntes de todo tipo en busca de los berlines, cocadas, chilenos y demás exquisiteces dulces, que al parecer es el clásico de la mediatarde. Mi preferido: berlines rellenos con majar (dulce de leche).
Lo primero que hicimos fue ir a la Estación Central de Santiago o Estación Alameda, ubicada en la comuna Estación Central y sobre la Alameda hacia el oeste a unas treinta cuadras de donde estábamos. Es la terminal de trenes de la red sur que termina en la ciudad de Temuco. Tenía muchas ganas de viajar en tren. En Argentina hacía años que los trenes andaban muy mal y el gobierno que acababa de finalizar, el del innombrable turco, había terminado por destruirlos dejando a miles de trabajadores en la calle. Al llegar a la estación un mundo de gente con bolsos y mochilas merodeaba el lugar. No había un solo pasaje hasta la semana próxima. La idea era quedarse dos días, tres como máximo en Santiago, por lo tanto descartamos la idea y caminamos hasta la terminal de buses Alameda a unas cinco cuadras mas al oeste. Decidimos quedarnos dos días mas y sacamos un servicio nocturno rumbo a Puerto Montt.
En esas jornadas recorrimos sectores por los que habíamos pasado fugazmente o directamente desconocidos.

Bajamos al subte, o mejor dicho el metro de Santiago, en la estación Universidad de Chile de la Línea 1. Imponente espacio cubierto con el gran mural del artista Mario Toral que representa la historia chilena titulado: Memoria Visual de una Nación. Embelesados por esa imponente obra nos subimos al tren rumbo a la estación Manuel Montt, en el barrio de Providencia. Aquí, lo que era la Alameda ya es Av. Providencia y se divide en un tramo formando 11 se Septiembre. Es la zona comercial por excelencia y es uno de los barrios “altos” de la ciudad. Edificios modernos y locales comerciales cambian la fisonomía de la Santiago vieja, aquí no se diferencia del centro de Buenos Aires, por ejemplo. Mientras que en el otro sector ciertos comercios son característicos, aquí está más globalizado. Por ejemplo en un “mercado” donde se pueden encontrar vinos, fiambres, quesos, conservas; la fisonomía del lugar no se asemeja en absoluto a una típica granja rosarina. En cambio en Providencia, si. La panadería de los berlines con manjar, es muy diferente a una panadería rosarina y de Providencia. Lo mismo ocurre con los bares. No he visto un bar donde tomar un café, salvo ese insólito hallazgo que comente en la blhoja anterior. Aquí el lugar del café se llama “Café con Piernas” y uno se puede tomar un café en un pequeño local con una larga barra, atendido por “niñas”, cuya vestimenta consiste en diminutas bikinis. En Providencia los bares tienen mesas, sillas y no hay niñas en bikini.





La Plaza Baquedano separa Santiago Centro de Providencia y el cambio se nota. Este es el límite entre el Santiago obrero y el adinerado. Igualmente en este sector se pueden conseguir las populares empanadas de pino, enorme empanada cocida al horno, rellena con carne vacuna, cebolla, comino, ají, aceituna, huevo y pasas de uva; muy diferentes a nuestras clásicas empanadas, que aunque con similar relleno saben totalmente distintas.
Dos empanadas de pino, un berlin con manjar, agua mineral y a la sombra de un árbol a orillas del Mapocho a saborear el exquisito almuerzo.




En Baquedano nos subimos al metro de la Línea 5 y nos fuimos de shopping, o como dicen ellos, al Mall. En un tramo sale a la superficie y se puede ver una cara mas chata de la ciudad.







La ultima mañana subimos al cerro Santa Lucía, en el que habíamos visto “La negra Ester”.
Es el corazón de la ciudad y su punto de fundación. Esta vez recorrimos sus extensos jardines y miradores. En uno de los bancos del Jardín Circular en la cima del cerro, leí mi primer obra de teatro chilena: “Tierra de nadie” de Jorge Díaz, de quien ocho años después me anime a dirigir otra de sus provocadoras creaciones.
Casi alejado del ruido del centro; de fondo un coro de pájaros, mientras el tradicional cañón del cerro anunciaba el mediodía, me iba despidiendo de Santiago hasta quien sabe cuando.

















lunes, 15 de febrero de 2010










Blhoja 017.CHILE´99 – DE NUEVO EN SANTIAGO

Hacía dos meses que había regresado de Chile y ya estaba subiendo nuevamente al TAC para volver.
Rosario, Mendoza y allí trasbordo a un colectivo mas chico para cruzar la cordillera.


Después de pasar el complejo turístico de Penitentes y el Puente del Inca con su dorado maravilloso y su mítica leyenda que cuenta que el gran jefe inca enterado que hacia el sur, aguas mágicas podían curar a su pobre hijo paralítico, organizo una excursión con sus mejores guerreros y al llegar quedo maravillado por las aguas que brotaban de la tierra, pero para llegar a ellas debían cruzar un caudaloso río, entonces sus guerreros formaron un puente humano y así lograron, el jefe y su hijo llegar a las aguas y conseguir la cura. Cuando el jefe miró hacia atrás para agradecer a sus hombres, estos se habían convertido en piedra, formando así “el Puente del Inca”.


La aduana argentina es lenta. O había mucha gente o pocos agentes, la cosa que estuvimos como una hora esperando para pasar a mostrar los documentos y otra, para terminar la cola de los trámites de visado.
Después vinieron unos tres kilómetros de túnel y la aduana chilena.
Allí el colectivo entra en un enorme edificio y bajamos con todas las pertenencias para ser registrados. En una sala con una larga mesa revisan los bolsos de mano mientras por otro mesón van pasando los equipajes por un tipo de detector.



Ya estábamos casi listos cuando uno de los agentes de control pregunto de quien era la maleta. Yo ya me lo veía venir. Osvaldo con asombro dijo, mía, y nos acercamos. El tipo, junto a una mujer empezaban a revolver el bolso y sacar algunos de los objetos que allí había.
--Y esto?
--Películas…
--Hartas películas!
Muchas quiso decir. Y si eran muchas. Por demás tal vez.
--Coleccionistas de cine-- dijo Osvaldo y le mostró el carnetcito que lo identificaba, yo mostre el mío pero ni los miró, no le importo demasiado.
--… --mirada de “que dice?”
--Le traigo “estas” películas a un compañero coleccionista de Santiago--. “Estas” películas eran unos noventa VHS y veinte DVD (novedad, recién aparecían en el mercado). La mayoría de los títulos, clásicos estadounidenses.
--Se quedan. Tiene que pasar por censura.
Bueno.
Ya creo que en algún momento dije que mi amigo Osvaldo es un poco efervescente y no mide mucho las consecuencias.
--Como que censura si no son pornográficas, tengo que estar en Santiago, no me voy a ir sin las películas… --y esto que el otro, la cosa es que en un momento estábamos frente a la jefa de la aduana, vidrio de por medio, una carabinera no muy simpática, que con poca paciencia le decía a Osvaldo que esas películas se quedaban allí… yo tratando de calmarlo, no sea que además de las películas nos quedemos nosotros en medio de la montaña…
--Firme aquí y el lunes van al aeropuerto a buscarlas.
Discutió un rato: “como que el lunes”, “no puedo perder este material”, “que le digo a mi amigo cvoleccionista”… lo obligue a firmar y nos subimos al colectivo. La mirada de algunos de los pasajeros no era muy amistosa. Hacía mas de una hora que estábamos varados allí y Osvaldo quejándose de la injusticia cometida. Otros, seguramente acostumbrados a estos acontecimientos, ni se mosqueaban o miraban con una sonrisa cómplice: --Así que pasando mercadería de contrabando…
Y no era mercadería de contrabando, era un favor que Osvaldo le hacía a su amigo Jorge que no podía viajar y le estaba trayendo al amigo chileno este material, le pagaban el pasaje y la estadía.
El encuentro con el coleccionista chileno fue muy incómodo. Nos estaba esperando en la terminal. Veníamos atrasados y Osvaldo se deshacía en disculpas por lo ocurrido. La cara del tipo era: “no te preocupes ya sabía que iba a pasar…” pero no había forma de conformar a la negligente “mula” que había perdido su cargamento.


Llegamos a la zona del centro santiaguino, a pocas cuadras del hotel en el que nos habíamos alojado en el viaje anterior. Entramos a un local de ventas de VHS. Después de mostrarnos su comercio, el “coleccionista”, nos condujo a pocos metros de allí, a un residencial que tenía reservado, en frente del Parque Forestal.
A la mañana siguiente se dilucidó el episodio. No había ningún coleccionista sino un comerciante que necesitaba las películas enviadas por Jorge para aumentar su colección de clásicos y así tener a la venta mas material que otros videoeditores. Recorrimos su salón de edición y nos regaló unas cuantas películas entre ellas Gringuito, una muy buena película chilena. Ese primer mediodía nos invitó a comer a un restorán chino en el barrio Brasil. Brindamos con pisco sauer y acordamos que el lunes comenzaríamos los trámites en el aeropuerto (sede central de la aduana) para recuperar las películas. Nos acompañaría Rosa?, creo que así se llamaba, una simpática señora, muy amable y solícita con un grave defecto: pinochetista. No me pude contener y como muchas veces no comprendo como la clase trabajadora apoya a los dirigentes antipopulares, le pregunté el por que y sin muchas convicciones me dijo que había sido el gran libertador de la amenaza comunista. No creí conveniente seguirla y la deje tranquila con sus “convicciones” al ver su incomodidad frente a dos extraños aparentemente amigos de su patrón que, ferviente defensor pinochetista nos dejó con el pollo Szechuan atragantado, que ni la cerveza Cristal pudo bajar.
El barrio Brasil es un barrio viejo. Las casonas y palacetes estaban descuidados y el abandono se veía en general, aunque se intentaba resurgirlo edilicia y culturalmente con la intención de atraer familias jóvenes al centro de la ciudad. Decidimos abandonar a nuestro anfitrión y caminamos un poco, hasta que llegamos a Alameda.
El lunes por la mañana el taxi tomo San Pablo rumbo al este. Nos íbamos para el aeropuerto. Los tramites nos llevaron tres días de largas esperas y al final no conseguimos que nos entreguen los VHS, a pesar de los contactos amigos de don “coleccionista”.
Al fin nos desembarazamos de tan engorrosa gestión y tuvimos unos días para disfrutar Santiago.


Una de estas últimas noches subimos al Cerro Santa Lucía a ver teatro. Era una enorme carpa montada en la cima del cerro cubriendo las gradas que servían de plateas. Un amplio escenario con tres niveles tenía al fondo una representación de una antigua casa de dos plantas, a la derecha bajaba una escalera, una pequeña tarima a la izquierda y en el centro el espacio central:

LA NEGRA ESTER, un gran espectáculo lleno de picardía y con mucho ritmo. Una obra popular de Roberto Parra, uno de los hermanos de la Violeta, que cuenta su historia de amor con una prostituta. Ya habíamos disfrutado del teatro chileno en lugares no convencionales como un gran salón en la estación Mapocho donde vimos una moderna versión de Calígula de Camus. En un galpón detrás de la misma estación donde disfrutamos una excelente obra con actores, títeres y muñecos llamada GEMELOS. Y en una carpa detrás del Museo de Arte Contemporáneo en el Parque Forestal, donde en una pista de sal, actores y músicos deslumbraron con una trágica historia en UNA CASA VACIA.


Esa mañana salimos a buscar un desayuno argentino con medialunas o bizcochos, muy difícil de encontrar. En el residencial lo mas cercano eran las tostadas y la mayoría de los bares, sanguches calientes o fríos con harto mayo y picante. Creo que por Ahumada cruzamos Alameda y en alguna esquina cercana vimos un característico bar al estilo nuestro. Altas puertas, altas ventanas a la calle y mesitas cuadradas de madera y las típicas sillas de bar. El mostrador de madera como los pisos. El olor a café de máquina y una bandeja repleta de medialunas. Esto si era desayuno!!!.









Caminamos hasta la Iglesia San Francisco y descubrimos una callecita que luego de una curva se transformaba en otra ciudad. París Londres es un pequeño barrio con estilo europeo, puramente turístico, con escaso tráfico vehicular, donde el ruido de la ciudad desparece y aflora la nostalgia de cierta clase social de pertenecer a una “ralea superior”.







Nos volvimos sin que “la censura” le haya entregado los VHS al guatón “coleccionista” y unas semanas después, supimos que al fin las recuperó luego de pagar un dólar por cada título.











lunes, 25 de enero de 2010












Blhoja 013. CHILE´99 – SANTIAGO II


Estoy frente a la Iglesia de San Francisco. Sus paredes moradas y su alta torre arrastran larga historia desde el nacimiento de Santiago de la Nueva Extremadura, hoy es Monumento Nacional, pero a mi las iglesias no me gustan mucho para no decir nada, ya que he entrado a algunas. Esta en particular no me interesa. La Alameda nos separa, avenida principal y la mas antigua de la ciudad que corre de este a oeste, es el principal corredor del transporte público. Yo estoy en la Santiago vieja, llena de lugares históricos, antiguos edificios. Camino hacia el oeste y veo enfrente la Universidad de Chile. Aquí comienza el Paseo Ahumada, una de las peatonales. Mucha gente andando, muchos comercios.
La Plaza de Armas.
El Mercado Central. El olor es desagradable. Los puestos de pescados y frutos de mar, los puestos de comida, todo mezclado en un espacio colmado de gente que vende, que compra, que pasea. Salgo de allí a un parque verde y fresco: el Parque Forestal.


Al cruzarlo, el Río Mapocho: "… cuando la noche llega / y como negra estatua echada / duerme bajo tus puentes con un racimo negro / de cabezas golpeadas por el frío y el hambre / como dos inmensas águilas, oh río, / oh duro río parido por la nieve, / por que no te levantas como inmenso fantasma / o como nueva cruz de estrellas para los olvidados? ." *

Piedra y un hilo de agua marrón “…agua fría y secreta…” *


Ahí mismo, la Estación Mapocho, un centro cultural enorme construido en la vieja estación de trenes que viajaban al norte. Salas de teatro, exposiciones, ventas de artesanías. Un imponente andén central al que se baja por una gran escalera y al fondo cerrando el espacio, en lo que fue la boca de salida de los trenes, una mampara de vidrios que ilumina el lugar.
El Parque Forestal es un extenso parque que corre paralelo al Río Mapocho. A cuatro o cinco cuadras de la Estación, dentro del parque se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo.


Cruzando el río, frente a la Estación, por calle Bandera empieza la comuna de Independencia y la avenida que lleva el mismo nombre que va de norte a sur y fue el antiguo Camino del Inca.





Pero cruzando el río por Pío Nono, unas cuadras hacia el este, comienza el bohemio barrio Bellavista en la comuna de Recoleta. Gran cantidad de bares y restaurantes ofrecen sus servicios, mesas en las veredas y mozos desesperados invitándote a sentar en el mejor lugar de Santiago, cachai.




Centros culturales y salas de arte for export y La Chascona:
"La piedra y los clavos, la tabla, la teja se unieron: he aquí levantada / la casa chascona con agua que corre escribiendo en su idioma, / las zarzas guardaban el sitio con su sanguinario ramaje / hasta que la escala y sus muros supieron tu nombre / y la flor encrespada, la vid y su alado zarcillo, / las hojas de higuera que como estandartes de razas remotas / cernían sus alas oscuras sobre tu cabeza, / el muro de azul victorioso, el ónix abstracto del suelo, / tus ojos, mis ojos, están derramados en roca y madera / por todos los sitos, los días febriles, la paz que construye, / y sigue ordenada la casa con tu transparencia." **


La Chascona (despeinada) es la casa que construyó Neruda para vivir con su gran amor clandestino Matilde Urrutia, aunque esa clandestinidad duró muy poco; en 1955 cuando se separa de su esposa va a vivir con Matilde que hacía poco tiempo que estaba instalada allí.
Ahora es un museo de la Fundación Pablo Neruda donde se exponen algunas de sus extrañas colecciones. Desgraciadamente estaba cerrada, así que no pude visitar la casa del poeta que una vez muerto fue atacada y destrozada por el ejército de Pinochet. A pesar del vandalismo, Neruda fue velado en el lugar y desde allí salio el cortejo hacia el cementerio, acto considerado como la primera manifestación pública de repudio contra el golpe militar.


La casa está al borde del cerro San Cristóbal, donde se encuentra el observatorio astronómico que en una época fue considerado el mayor del Hemisferio Sur y ahora desvalorizado científicamente por la contaminación lumínica. Además se encuentra el santuario de la Inmaculada Concepción cuya estatua se puede ver desde gran parte de la ciudad, considerada como un símbolo de Santiago.


No subí por el santuario, claro está.


El cerro y un conjunto de cerros aledaños forman el Parque Metropolitano considerado el parque urbano más grande del mundo. Allí está el zoológico y un funicular que recorre parte del parque y da una vista espectacular de la ciudad.

A la vuelta, un mote con huesillos en las puertas del parque y a descansar.





* - Oda de invierno al río Mapocho (Canto General.1950) Pablo Neruda ** - La Chascona -fragmento de AMORES: MATILDE (Memorial de Isla Negra, volumen V: SONATA CRITICA.1964) Pablo Neruda













lunes, 18 de enero de 2010












Blhoja 012. CHILE ‘99 – SANTIAGO I




Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.
Yo vendré del desierto calcinante
y saldré de los bosques y los lagos,
y evocaré en un cerro de Santiago
a mis hermanos que murieron antes.
Yo unido al que hizo mucho y poco
al que quiere la patria liberada
dispararé las primeras balas
más temprano que tarde, sin reposo.
Retornarán los libros, las canciones
que quemaron las manos asesinas.
Renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.
Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos,
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en
La Moneda.
Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.







Claro que fue lo primero que se me cruzo por la cabeza. Claro que tampoco la cante toda… fueron algunos párrafos y una emoción muy profunda. Estaba viendo la Casa de La Moneda. Apareció así, de repente. No la busqué, es mas tenía un cagazo por lo que estaba pasando, pero cuando la vi, me olvide de todo y me acorde de mucho. Un símbolo de la libertad, de la entrega personal (la vida de Allende), muy diferente a la entrega del país a los intereses extranjeros que auspició su matador, su verdugo, su ladrón; el matador, el verdugo, el ladrón de muchos chilenos: el asesino Pinochet.


Hacía no mucho mas de treinta minutos el TAC nos había dejado en la terminal internacional de buses de Santiago. Corría la mitad de la tarde y venía de otra emoción fuerte, el cruce de los Andes.
Llegar a otro país era mi primer experiencia. Como me había pasado en Puerto Stanley o Puerto Argentino, me sentía extraño. Y no se si la sensación es la de “ser extranjero” o el saberse en “ese” lugar lo que te modifica.





El idioma español era distinto. Si bien tenía mi oído acostumbrado por mirar mucha Tve. Nacional de Chile, estos chilenos hablaban más rápido que los de la tele y se entendía poco, de igual forma no fue lo mas inquietante: quien tenía que buscarnos no estaba por ningún lado. Ya no quedaba nadie en el andén y el cartelito no aparecía. Se fueron yendo todos y quedo entre algunos pocos un chino/japonés/caraoriental ofreciendo el servicio de remises. Un poco… apremiante el muchacho, insistía en llevarnos al hotel o donde quisiéramos.
Osvaldo (mi compañero de viaje) mucho, pero mucho mas impaciente que yo, ya era la cuarta o quinta vez que marcaba el número telefónico, que nos habían dado en la agencia de Rosario, de nuestro contacto en Santiago. En ninguno de los intentos dio con el, ni con nadie. De pronto lo veo acercarse al chino/japonés/caraoriental; yo que me había alejado del chino/japonés/caraoriental para que no me siga taladrando los oídos con su insistente cantaleta, me estaba perdiendo el arreglo que estaban haciendo y el no veía mis gestos desesperados de desaprobación. No soy de juzgar por el aspecto físico, pero al estar en otro lugar me sentía desprotegido, quizás eso era ser extranjero. La cosa que al cabo de unos segundos viene Osvaldo, seguido por el chino/japonés/caraoriental y dice –vamos, nos lleva al hotel.
Cuando quise quejarme veo al chino/japones/caraoriental agarrar el bolso de Osvaldo y partir raudamente, lo seguimos y yo mientras tanto –pero es seguro…por que no esperamos un rato más…

Ya estábamos en la calle, desolada ella, cuando el chino/ japonés/caraoriental que estaba adelantado unos metros nos señala una camioneta doble cabina, tal vez ¿Chevrolet?… y deja el bolso de Osvaldo en la caja de carga. Cuando llegamos me agarra la mochila y hace lo mismo, intente quejarme pero ya había comenzado a seguir con su parloteo. ¿Un remis camioneta? Nos abrió la puerta trasera y sorpresa cuando veo a un conductor: --buenas—dije tímidamente y el cagazo y la bronca hacia la ocurrencia de Osvaldo subían aceleradamente.
Arrancamos y salimos. Osvaldo no me miraba. Dio unas vueltas en varias esquinas y llego a una avenida muy transitada. Osvaldo no me miraba. Yo lo miraba a Osvaldo (lo quería matar), miraba al conductor (que no tenía cara de chino, de japonés ni de oriental), lo miraba al que si y miraba hacia atrás, a la cajuela abierta donde descansaban a mano de cualquiera nuestros bolsos.





--No hay peligro que nos manoteen los bolsos…
Me arrepentí de decir lo que dije antes de que el semáforo nos diera paso.
Veo la luz verde… el coche comienza a doblar hacia la derecha… y el chino/japonés/caraoriental empieza a hablar y a romperme el corazón. La rotura de corazón no fue en el sentido de: ternura, como se dice habitualmente, sino que mi corazón empezó a romperse literalmente, a caérseme en pedazos cuando veo al chino/japonés/caraoriental levantar un palo (esos que usan los camioneros para controlar el aire de las gomas) y mientras golpeaba la palma de la mano libre decía:
–No se preocupen que con esto le damos a quien lo intente…
¡No!... el no preocuparme de quien lo intente era mi menor preocupación. En ese momento me olvidé de los bolsos y me preocupe por no sacarle la vista de encima al chino/japonés/caraoriental y su cachiporra de madera. El paisaje urbano: con sus edificios modernos, antiguos, viejos; la gente: jóvenes y viejos; los vehículos: nuevos y viejos, algunos no tanto, pasaban a nuestros lados sin que yo lograra prestarle atención. Anduvimos unas cuantas cuadras y el chino/japonés/caraoriental dale que dale a la lengua cuando me señala a mi derecha. Antes de girar la cabeza pensé que se venía el palazo y fue ahí que la vi. ¡La Casa de la Moneda!, por lo tanto circulábamos por “la alameda” y me sentía como que volvía a pisar las calles nuevamente...






En ese momento me hice amigo del chino/japonés/caraoriental que me decía algo sobre La Moneda y su historia que me gustaba... cuando de repente, la camioneta giró a la derecha y se detuvo a unos metros de la esquina. La calle, angosta, estaba vacía. Un enorme paredón a nuestra derecha.
--Allá está el hotel Libertador, cruzando la avenida, son veinte mil pesos. --Dijo poniendo fin a su parloteo, su función y su negocio.
Ahí se le fue un poco la mano, ¿veinte mil pesos?... me lo devolverá el contacto que nos dejó clavados. Le pagué, nos bajamos, nos dio los bolsos y una tarjeta que si lo necesitábamos que lo llamáramos que nos llevaba a cualquier lado.
Con la Iglesia San Francisco a nuestras espaldas, cruzamos la Av. Libertador General Bernardo O´Higgins, mas conocida como Alameda y al hotel.
Aunque insisto que no fue por prejuicio lo del chino/japonés/caraoriental, me sentí inseguro por la situación; pero como todo es tan relativo, en el momento en que estaba mas seguro, sentado en el bidet del cuarto del hotel, fue donde sufrí el peor ataque: el chorro de agua pasó a ser tan caliente que aún recuerdo la quemazón.
Eso de la pica entre chilenos y argentinos me estaba afectando.


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